El último abrazo

Imagen: DPA

No recuerdo bien la fecha en la que huí de Treinta y Tres, tampoco me importa demasiado, en el infierno no existen almanaques. Pensiones frías como celdas, celdas duras como bancos, bancos rígidos como umbrales, fueron hogares sin leña en mi camino de piedras. Al caminante solitario difícilmente lo detenga un amor, sólo es permeable al sentimiento más noble, la amistad. Cuando lo conocí al “Camello" Darío me conmovió su historia, no es fácil vivir en la calle, lo vi tan frágil que me anclé junto a él en su territorio, hay soledades que piden ser acompañadas, aunque sea en el último tramo. En cada borrachera me repetía, "gracias uruguayo por quedarte conmigo a vivir en el pozo". Aguantó un año su enfermedad en condiciones extremas, cuando partió, me dejé caer, me salvaron la vida en el Alberdi. 

Una mañana me visitó un desconocido, “Un vino más y te cortan la patita", me dijo sonriente, su posterior prédica no pareció la de un pastor, estaba mechada con palabras extraídas del asfalto más que de la biblia. Terminó de ganar mi atención cuando me advirtió: “Te puedo tirar una soga para sacarte del pozo, pero depende de vos, de que la quieras tomar, en la Iglesia apoyamos a la víctima, no a la victimización... pensalo". 

En lo que no pude dejar de pensar fue en la mediación de un dromedario alado en esta oportunidad, tal vez la última. Me prestaron un cuarto en el templo, me regalaron una agenda, en donde tenía que escribir al final de cada día la tarea lograda, “hoy tampoco tomé alcohol". Me obligaron a salir todos los días a ganarme la diaria y por las noches cocinar para los pobres. Al cabo de los 100 días, mi rescatista me pidió el cuaderno, lo leyó y pensó en voz alta, "No me podía equivocar, fuiste mejorando día a día al igual que tu letra. "Ambos estábamos satisfechos, era tiempo de redoblar la apuesta", ahora estás para levantar vuelo, en el barrio se te va hacer difícil, hay gente que no juzga, crucifica, aquí siempre serás el borrachín, hagas lo que hagas. Mañana llegate a la Mariano Moreno, hablá con el más viejo de los maleteros, un tal Oliveto, le dicen el Cordobés, parece un hombre malo, pero no lo es, decile que vas de parte mía".  

Me explicó el trabajo hablándome en imperativo, a cara de perro, si algo me enseñó la calle es a distinguir con claridad el hilo de las caretas. Al poco tiempo me comenzó a tratar como al hijo que todos sabían que tenía, pero del que nunca hablaba. Me ilustró sobre la historia de la estación de trenes "La Francesa" y acerca de la bella torre de los cuatro relojes, el maestro decía que era imposible amar aquello que no se conoce y que uno tenía la obligación de interesarse sobre el devenir histórico para pertenecer y honrar dicho origen. 

Una fría mañana de agosto, mientras cargaba en soledad el baúl de un colectivo con destino a Puerto Madryn, noté que mi compañero miraba perplejo a un hombre acariciar y besar los cabellos blancos de una anciana de mirada perdida dispuesta a emprender el viaje. Al arrancar el motor, el acompañante se puso a llorar desconsoladamente en el andén. Fue cuando Oliveto entró en acción mintiéndole al chofer: "Negro, te llaman de la boletería... dicen que te olvidaste unos papeles". Al abrir la puerta del micro aprovechó el hijo para subir y fundirse con su madre en el último abrazo. Al valijero no le importó la amenaza del conductor a su regreso. "¿Así que sos vivo? A la vuelta arreglamos este asunto". 

Al rato lo encontré en el baño lagrimeando, al verme entrar se lavó la cara de inmediato, después algo dijo sobre una basurita y una alergia, lo cierto es que, desde aquel momento, lo sentí mi amigo. Empezamos a almorzar juntos, compartíamos la vianda. Le gustaba filosofar con el cigarrillo de sobremesa. “Terminal es sinónimo de final, pero no de olvido. ¿Qué es la vida sino un constante terminar y empezar de diversas situaciones? Los pasajeros con sus valijas cargadas de sueños son seres vulnerables. Los micros son cápsulas de tiempo que los transportan en el espacio, hacen posible el milagro, el reencuentro. Sus abrazos en las llegadas o despedidas son tan genuinos, tan distintos a los ceremoniales saludos a los que estamos acostumbrados en nuestras relaciones rutinarias. Los ejecutivos son la excepción que confirma mi regla, ellos usan un maletín liviano que eligen llevar upa y en sus ojos de vidrio patina cualquier emoción. Los rastrillos, pungas y arrebatadores saben sobre la fragilidad de los nómades. ¿Te das cuenta pibe, de la importancia de nuestro laburo?". 

Nuestra complicidad en los silencios me autorizaba a romperlos con el primer recuerdo que me asaltaba, de la misma forma que lo hacía con Darío. "Hace muchos años, mientras paraba en un conventillo en Paraná, empecé a extrañar de mi pueblo natal sus amaneceres con cantos de gallos. Me compré un bataraz que encerré en una jaula debajo del piletón del patio. ¿Sabés una cosa, viejo? Así como dicen que una golondrina no hace verano, un gallo no hace un amanecer. Aprendí que lo que extrañaba realmente era la sinfonía de gallos en el horizonte, los ecos de mi propio gallo en otros gallos, el telar tejido por los cantores flotando en el alba. Aturdido, tomé de las patas al preso, lo balanceé como a un péndulo emplumado sobre mi costado izquierdo, un segundo antes de acallarlo para siempre, me arrepentí de hacerle pagar con su vida mi propio error, lo dejé libre y volví a escapar para adelante. Aquella madrugada terminé de acogotar a mi nostalgia". 

Lo despedimos en el camping municipal con un asado. Como siempre, cumplió con su palabra: "Ni bien me salga la jubilación, dejo paso a los más jóvenes". Después de escuchar atentamente mi agradecimiento me miró a los ojos y me regaló tres frases que llevo tatuadas en el alma como el legado del padre que nunca tuve: "Portate bien. Caminá derecho. No pierdas tu camino". No sé si había pasado un año cuando lo volví a ver pisar la Estación acarreando una valija con rueditas, acompañando a una mujer con grandes lentes negros y un pañuelo en la cabeza. "Te presento a mi hermana”, fueron sus palabras en un tono apagado. La mujer me tendió su mano débil a modo de saludo y ensayó una sonrisa cansada. Como buen changarín, subí el bulto al buche del interno de la empresa General Urquiza con final de línea en Cruz del Eje, para después conservar prudente distancia con todos los pasajeros. Al arrancar el motor de la nave, golpeé la ventanilla del conductor para avisarle de una chispa en el motor. Sólo vi subir a mi amigo con la velocidad de un rayo, presto a unirse en un último abrazo, cuando descendió yo ya estaba en el baño.

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