Opinión

Coronavirus, desigualdad y neoliberalismo

Imagen: Télam

Las emergencias siempre ponen sobre la mesa lo que cotidianamente permanece invisible, oculto o naturalizado. Si algo dejó expuesto de manera dramática el coronavirus es la realidad en la que vive (o sobrevive) una parte no menor de nuestra sociedad, librada a su suerte, en la total informalidad, en muchos casos en condiciones extremas, sin ni siquiera tener existencia en las bases de datos del Estado.

Décadas de neoliberalismo, políticas pro mercado y planificación de la pobreza, dejaron como saldo cifras brutales: casi un 30 por ciento de nuestros compatriotas con problemas habitacionales, un 7 por ciento viviendo en asentamientos (3 millones), un 16,7 por ciento sin saneamiento (7,3 millones), un 8,1 por ciento con baños sin descarga de agua (3,5 millones) y un 11,8 por ciento sin acceso a agua corriente (5,1 millones).

Como contraste (pero también como su reverso), el poder económico más concentrado y las corporaciones mediáticas, mostraron toda su voracidad, haciendo lobby contra la cuarentena, presionando al Gobierno y especulando con la vida humana para poder seguir haciendo sus negocios. Como dijo hace días el inefable Bolsonaro: “Es más importante la libertad que la vida”. Reclamo de libertad que, como siempre, sólo tiene que ver con la libertad de mercado y el funcionamiento de las condiciones de reproducción de la tasa de ganancia de unos pocos.

Por eso, nada más falso que la idea de que el coronavirus nos iguala o ataca a todos de la misma manera, sin importar condición social, económica o geografía, en otro recurso para seguir invisibilizando la matriz de desigualdad que explica las verdaderas grietas que desgarran nuestra sociedad, re-silenciando las realidades y voces de los postergados de siempre.

Por el contrario, la emergencia sanitaria pega de lleno en los que menos tienen, deteriora las condiciones de vida de la gran mayoría de la población y profundiza la desigualdad. Lo vemos todos los días en la multiplicación de los comedores y la cantidad de nuevas familias que se acercan por un plato de comida.

Si después de esta pandemia las cosas no van a volver a ser nunca más como antes, como se repite por todos lados, el desafío pasa por construir una transformación virtuosa y positiva, frente a los que quieren aprovechar la escena actual para profundizar lo peor, el individualismo, el sálvese quien pueda, la desconfianza hacia el otro, la apatía, los dispositivos de control y mercantilización de la vida.

Un nuevo paradigma político urge. Es tiempo de volver a pensarlo todo y de manera audaz. Un nuevo humanismo militante es el desafío que tenemos frente al neoliberalismo del siglo XXI, que se nos presenta más salvaje, autoritario, elitista, tecnocrático y antidemocrático que nunca. Una política más sustantiva, situada, presencial y afectiva frente al vaciamiento, formalización y colonización de la política por el esteticismo de las redes sociales.

Un Estado al que hay que volver a repensar, demasiado anquilosado y atado a lógicas tan poco sensibles e inscriptas en la realidad concreta, que en tiempos de urgencia y necesidad de respuesta rápida muestra todas las dificultades juntas para poner en práctica y llegar a quienes más lo necesitan, más allá de las buenas decisiones e intenciones del Presidente que en buena hora supimos elegir.

Ahora bien, volver a pensar el Estado no significa la mera reposición del Estado de Bienestar de posguerra del siglo XX, surgido en otro tiempo y contexto. Es necesaria una nueva imaginación estatal, como construcción democrática, social, dinámica, un Estado siempre abierto al protagonismo popular, a la creación comunitaria y a las demandas ciudadanas, capaz de alojar la pluralidad constitutiva de nuestras sociedades.

Un nuevo paradigma político fundado en una ética de la igualdad, como acto, principio y punto de partida, y no como como un fin o promesa que nunca termina de llegar. Una política de la igualdad frente a la política elitista, en sus formatos de derecha o progresistas.

En este marco, un impuesto que grave las fortunas extraordinarias de los más ricos del país y el debate pendiente sobre la necesidad de un sistema impositivo progresivo son puntos de partida necesarios (desde lo material pero también desde lo ético) para avanzar hacia una matriz de distribución justa de la riqueza e igualación de oportunidades que nos permita construir formas de vida más dignas y una sociedad mucho más democrática.

* Sebastián Artola es Doctor en Ciencia Política y docente de la UNR.

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