Depurado film de Sofia Bohdanowicz y Deragh Campbell, en Mubi

"MS Slavic 7": cartas de un amor oculto

A partir de las cartas que entre 1957 y 1964 Zofia Bohdanowiczowa le envió al poeta Józef Wittlin, las directoras montan un dispositivo de ficción sobre esa realidad documental.
Campbell es Audrey, el alter ego de la correalizadora Sofia Bohdanowicz. Campbell es Audrey, el alter ego de la correalizadora Sofia Bohdanowicz. Campbell es Audrey, el alter ego de la correalizadora Sofia Bohdanowicz. Campbell es Audrey, el alter ego de la correalizadora Sofia Bohdanowicz. Campbell es Audrey, el alter ego de la correalizadora Sofia Bohdanowicz. 
Campbell es Audrey, el alter ego de la correalizadora Sofia Bohdanowicz.  

MS Slavic 7               7 puntos

Canadá, 2019

Dirección, producción, guion y montaje: Sofia Bohdanowicz y Deragh Campbell.

Fotografía: Sofia Bohdanowicz.

Intérpretes: Deragh Campbell, Aaron Danby, Elizabeth Rucker, Mariusz Sibiga.

Duración: 64 minutos.

Estreno: exclusivo en la plataforma Mubi.

Construida con apenas una docena de secuencias que no exceden en total de los 64 minutos, títulos incluidos, MS Slavic 7, que hoy estrena la plataforma Mubi, es un ejemplo de síntesis, de austeridad y a la vez de elocuencia. El punto de partida no podría ser más simple y, al mismo tiempo, le permite a la película abrirse paulatinamente a una complejidad cada vez mayor, que nunca le hará perder su espíritu joven, de búsqueda constante de nuevos sentidos.

En la primera jornada de un film que se desarrolla en apenas tres, Audrey (la actriz Deragh Campbell, también co-realizadora junto a Sofia Bohdanowicz, ver entrevista aparte ) llega a la biblioteca de la Universidad de Harvard para consultar el archivo cuyo código le da su título a la película y que contiene las cartas que entre 1957 y 1964 su bisabuela Zofia Bohdanowiczowa le envió al poeta Józef Wittlin. Ambos eran polacos de origen judío que llegaron a América del Norte escapando de la guerra y la persecución racial: ella se radicó en Toronto, Canadá, mientras que Wittlin lo hizo en un pequeño, idílico pueblo rural en el estado de Nueva York, en los Estados Unidos. Wittlin era ya por entonces un poeta reconocido, que llegó a ser considerado para el Premio Nobel, mientras que Zofia, también poeta, le hace saber a través de sus cartas su admiración, teñida de cierto amor tácito, romántico, platónico, que asoma entre los pliegues de sus textos.

Si algo queda claro desde el inicio es que las cartas existen, están allí frente a la cámara, expuestas en toda su materialidad. Y que por supuesto existen también la remitente y su destinatario, la lectora devota y el poeta famoso, tanto como para merecer que su correspondencia haya sido conservada por la biblioteca de una de las universidades más prestigiosas del mundo. Hay sin embargo un dispositivo de ficción que se monta sobre esa realidad documental. Audrey es un personaje en todas las de la ley, una suerte de alter ego de Sofia Bohdanowicz, la verdadera bisnieta de Zofia Bohdanowiczowa. Y es Audrey quien se sumerge en ese archivo no sólo para intentar echar algo de luz sobre Zofia, que nunca alcanzó el reconocimiento de Józef, sino también para reflexionar sobre esos textos confesionales y sobre las cartas en sí mismas, hoy objetos extraños en la era digital, delicadas reliquias, jirones de un pasado remoto.

Lo de “echar luz” es literal: Audrey investiga la caligrafía de Zofia en el proyector de la biblioteca, que amplifica esas cartas íntimas hasta darles una dimensión épica, cinematográfica. De alguna manera, el procedimiento es equivalente al que Bohdanowicz y Campbell ya habían explorado en sus dos films previos como cómplices, el largo Never Eat Alone (2016) y el corto Veslemøy's Song (2018), ambos protagonizados por el personaje de Audrey, una suerte de “private eye” sin impermeable ni pistola, que investiga en soledad vidas del pasado en archivos cinematográficos o bibliotecas.

El hecho de que en la Universidad de Harvard solamente estén las cartas que Zofia le enviaba a Józef, pero no aquellas con las que el poeta sin duda le respondía, genera tanto en Audrey como en el film todo no sólo un misterio sino también un potente fuera de campo. Ese fuera de campo está correspondido por unos monólogos en los que Audrey reflexiona sobre el objeto de su investigación, pero que no son tales. Ella está en un bar, pero no necesariamente sola: se dirige a alguien a quien el espectador no ve ni escucha.

Este recurso, tan intenso como disruptivo, funciona mucho mejor que unos flashbacks en los que Audrey asiste a una celebración familiar de fuerte impronta polaca y donde discute con su tía por la herencia literaria de Zofia. Ese enfrentamiento, algo exagerado, es quizás la única nota discordante de un film por lo demás siempre preciso, compacto, despojado, aunque no exento de melancolía, e incluso, hacia el final, de alguna dosis de fino humor. 

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ