Aislamiento 5

Aquella mañana yo me retiré al monte. El Anuncio fue la señal que activó mi decisión de vivir como siempre había querido. Me metí, con lo imprescindible, en el monte chaqueño. A los pocos días ya me había hecho una choza con ramas y hojas de palmera. Todos estos años viví de la caza y de la pesca. Las pocas veces que sentí una presencia humana me recluí en la espesura para no ser visto. A medida que iban pasando los meses, contrario a lo que hubiera pensado, me sentía cada vez más fuerte. Fue el primer invierno de toda mi vida en que no me resfrié. Me hice un calendario, como los de los presos. Marcaba líneas en un tronco de mi choza. En ocasiones me preguntaba si era el único sobreviviente.

Fue una sorpresa al encontrar de vuelta a mis semejantes, ver que ya no estaban tan dormidos, como los recordaba. Y quiso la vida que ustedes recayeran aquí justo el mismo día que yo. Así que cuando me preguntan qué puedo decir de mi experiencia, les digo que la libertad no es guiada, la libertad es un chicotazo.

Fijate lo que es esto, mirá la cara de esas criaturas, escuchá sus risas. Pensar que antes los adiestrábamos como esclavos en la escuela.

Pensábamos que era todo carne, todo máquina, todo repuesto. Salir del trance de la carne fue liberador y eso es lo que siento.

Creo que no importa. Yo me preguntaba lo mismo esa mañana. Pero si una mentira nos hace descubrir la verdad: ¿qué es? Mirá ese lapacho florecido. Mirá esa rosada luminiscencia, ahora te pregunto: ¿importa si alguien lo plantó o si creció guacho?

+++

No me filmes. No me filmes la cara. Ah, bueno, bueno, si le ponés píxeles no hay problema. ¿Seguro no?

Está bien, te creo (risas). No, yo no me arrepiento de nada. ¿Sabés por qué? Porque los primeros seis meses fue el período más feliz de toda mi vida, lejos. No teníamos reloj, no teníamos trabajo, no teníamos familia. Ninguno de los tres problemas (risas).

Sí, obviusly, que fuimos felices en Trenque Lauquen. La ciudad estaba desbordada, gente de todas las edades, había gente de plata, gente pobre, hombres, mujeres, nosotras. Niños no. No estaba permitido.

Dormíamos donde queríamos. No era un problema dónde dormir ni tampoco con quién (risas). Había mucha oferta, y mucha demanda también. Mucho de todo. Todo lo que te puedas imaginar. Me acuerdo que yo me hice amiga de un... de un anestesista cordobés (silencio). ¿Te imaginás?

Al principio había de sobra, como en toda fiesta, pero ya después del cuarto mes empezó a escasear. Ahí se empezó a poner más turbio.

Conocí gente que estuvo en esos rituales que vos decís, hubo canibalismo y cosas peores también.

Fueron unos cuantos meses de éxtasis en continuado. Pero después con la escasez vino el miedo, las ilusiones ingenuas, y el invierno. Lo que pasó es que cuando iba faltando poco para que se cumpliera el año, algunos se intentaban escapar. No se sabía qué carajo iba a pasar en esa fechas. Pero es arduo vivir cuando sabés que vos y todas y todos vamos a morir tal día, y no hay nada que hacer. Y cada vez falta menos para ese día. Yo misma, cuando quedaban semanas, pensé en saltar el cerco.

Hubo mucha gente que corría hacia el campo, y lo intentaba (silencio), y claro pisaban los alambres que circundaban Trenque, y quedaban fritos como moscas. No se cuánto voltaje pero se sacudían como si les hubiera caído un rayo.

Para escarmentar, los alambres estaban conectados a unos enormes reflectores y entonces cada vez que alguno se electrocutaba, un fogonazo de cuarenta millones de watts se encendía en la plaza. A esa luz la empezamos a llamar El Alma o The Soul, decían algunos. Ahí fue que se desató toda la cuestión mística, las sectas y la abolición de todos los tabúes que aún permanecían (silencio), había casas en la que se comía carne humana. Una de las antropófagas era una mujer hermosa, una de las más bella que conocí, salía en la tele antes del Anuncio. Y esta mujer, me acuerdo, que ofrecía sexo a quien le diera sus muslos para comer, los muslos era lo que le gustaba. Y hubo quienes entregaron gustosamente sus gambas, con tal de satisfacer su apetito. "Total me voy a morir cojo o no, es lo mismo. Mejor, cojo", me dijo mi amigo, el anestesista cordobés (risas).

No, no, yo no perdí las piernas de esa manera. No, te lo juro (risas). Fue acá, debido a las temperaturas extremas. No te das una idea lo que son diez años en Marambio. No sé qué es peor, si el frío o la oscuridad. Tal vez lo peor sea la soledad.

¿Qué voy a sentir? ¡Frío! (risas). Y hablando en serio, si me preguntás qué es lo que siento: decepción. Yo hubiera preferido que nos pasen con una topadora, chau Trenque Lauquen.

Nos engañaron, nos dijeron que si deseábamos pasar nuestro último año de vida, de patria decía el comunicado, en el frenesí lujurioso de Trenque Lauquen podíamos hacerlo pero que después nos esperaría el infierno eterno. Yo lo tomé en términos bíblicos, y me chupó un huevo, pero después me entero que era un error de tipeo en el comunicado oficial. Este invierno eterno, este mambo con el que nos esperaron a la vuelta del Jardín de las Delicias, ya duró suficiente. Diez años es mucho tiempo. Yo pido por favor, la amnistía y el perdón, estoy dispuesta a plantar tomatitos orgánicos, lo que la patria necesite (silencio). Pero no me arrepiento de nada, yo fui feliz en Trenque Lauquen.

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