Entrevista inédita a Hugo Midón, a seis años de su muerte
“Los chicos van dejando de jugar”
El creador de La vuelta a la manzana y Vivitos y coleando repasa en este reportaje nunca publicado su infancia de juegos, la cercanía del río, sus maestros y las experiencias que desplegó en obras de teatro, libros, guiones para TV y participaciones en cine.
A partir de sus propuestas estéticas, Midón cambió de raíz el teatro para chicos. A partir de sus propuestas estéticas, Midón cambió de raíz el teatro para chicos. A partir de sus propuestas estéticas, Midón cambió de raíz el teatro para chicos. A partir de sus propuestas estéticas, Midón cambió de raíz el teatro para chicos. A partir de sus propuestas estéticas, Midón cambió de raíz el teatro para chicos. 
A partir de sus propuestas estéticas, Midón cambió de raíz el teatro para chicos.  

-¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

-Nací en Valentín Alsina, partido 4 de junio, pertenecía a Lanús Este cerca del Puente Alsina, al lado del Riachuelo. Después me mudé a San Isidro, la parte de la rivera como se llama el Bajo, cerca de donde está la estación de San Isidro, ahora el Tren de la Costa. El río era todo. Durante el verano en las vacaciones la pasábamos como si estuviésemos tres meses en la playa. Shorcitos y río, pesca, botes, barcos de todo tipo, areneros, teníamos amigos en el puerto y después nos bañábamos en el río, lo que llamábamos el espigón que quedaba frente al Náutico de San Isidro. Otro lugar era el arroyito porque se formaba una especie de pileta, lugares que no transitaban mucho los turistas y que nosotros conocíamos porque había que meterse por los juncos, por adentro.

-¿De esa época había una barra, un grupo de amigos?

 -Sí. Un grupo grande, ahí viví desde los siete hasta los veinte años. Ahí estuvo toda la barra que fue cambiando. Nosotros jugábamos en la calle. Nos gustaba mucho armar un circuito automovilístico para coches chiquitos, ahí hacíamos nuestras carreras. Los días de lluvia hacíamos barquitos en la canaleta que se formaba al lado del cordón, hacíamos carreras náuticas. Los barcos estaban hechos con cucharitas de helado, escarbadientes, una banderita, después como estábamos cerca de las barrancas jugábamos con los carritos de rulemanes.

- En ese entonces perder el tiempo era ganarlo.

-Todo el tiempo en la calle, el juego  y teníamos un lugar que después se loteó que llamábamos “la selva”, que quedaba a una cuadra de mi casa, que eran dieciséis manzanas que estaban entre la vía y el río. Ahí había de todo. Nos metíamos en la selva y en las escondidas era muy difícil encontrarse, duraban horas.

-”Que la infancia sea poética es una fantasía de la edad madura”, dijo el poeta Jacques Prévert. ¿Usted qué piensa?

-No me parece una fantasía.  En ese momento uno no es consciente

de lo poético de las situaciones, de la manera que uno nombra la realidad, de lo poético de las relaciones que uno puede establecer con las personas. De la poética de lo que uno hace en ese momento. Digo que la infancia me parece un momento muy poético pero mientras uno la vive no tiene conciencia, no estoy de acuerdo con Prévert. Teníamos relaciones muy verdaderas, no era todo juego. Se establecían relaciones muy maduras, donde uno puede ir cambiando, tomando conciencia pero en ese entonces se vivían con mucha intensidad.

-¿Qué era lo que más le daba alegría?

-Llegar de la escuela, tirar la valija y salir a juntarme con los otros chicos del barrio. En esa época nosotros escuchábamos de cinco a cinco y media de la tarde Tarzán y de cinco y media a seis Poncho Negro. Eran dos programas de radio y nos juntábamos todos en una casa, estábamos al lado de la radio y escuchábamos sin mirarnos, estábamos ahí viviendo cada parte del relato. Terminaba esa hora y salíamos gritando todos a la calle y ahí se armaban los juegos con  las bolitas, las figuritas, los cochecitos.

-¿Tiene hermanos?

-Tengo uno mayor. El se fue de Argentina a los dieciocho años, siempre vivió en Estados Unidos, se dedica a la producción de conciertos de ópera en Santa Fe, Nuevo México. Cuando era chico tenía mucha admiración por sus aventuras, a los dieciocho años se fue como bailarín y bailó hasta los treinta en gira por Latinoamérica y toda esa cosa que vivió de trabajo, de idas y vueltas, una vida que a mi fascinó.

-¿Cuáles fueron las primeras lecturas que lo influenciaron para escribir?

-Empecé a escribir a los trece, catorce años. Empecé con la poesía, en esa época estaba muy impactado con los surrealistas, con Prévert, Bretón, con los españoles, recuerdo Hernández, Neruda y además tenía un amigo que escribía poesía, era más grande que yo, estaba muy enganchado con los surrealistas, un impacto fuerte fue (César) Vallejo, y lo analizábamos, a los quince, dieciséis años, empezamos a sacar una revista literaria con un grupo de amigos.

-¿Cuál fue la primer obra que lo marcó?

-El debut de la piba de Roberto Cayol. En los veranos en San Isidro los chicos de mi edad, catorce, quince años acostumbrábamos a dar la vuelta al perro que era ir de una estación a otra, de la del Bajo a la del Alto. Esas cosas de ir y venir, tratando de relacionarse con algunas chicas y de repente en el centro de San Isidro donde se estaba haciendo esa obra a la noche, todo eso estaba iluminado, el escenario, toda la gente que había dejado de andar de un lado para el otro.

Estaban concentradas, había ochocientas personas atraídas por eso y la sensación que tuve es que había bajado un plato volador por la intensidad de la luz y me quedé fascinado con eso.

Me fascinaba el hecho social que se había producido, que nos había sacado de la rutina, de los que hacían las compras, de los que venían del trabajo.

-¿Cómo hace para sobrevivir económicamente en nuestro país?

-Desde los 23, 24 años me dediqué al teatro de manera integral escribo, soy actor, soy director, fui promotor de mis propias obras, me conectaba con empresas, y me ocupaba de que las escuelas vengan al teatro y luego fui productor o coproductor de las obras. Tuve la suerte de que me fuera bien con las obras, de ir haciéndome de un público estable. Desde hace quince años me dedico a la docencia teatral.

-¿Los chicos le temen a la muerte?

-No. Es el temor de algunos adultos, otros no le temen. Para los chicos es algo que tiene que ver con esa sabiduría infantil que después se pierde y después se recupera, que tiene que ver con ver la muerte como algo que forma parte de la existencia como algo natural, que las cosas nacen y después se mueren para que después nazcan otras. Un hecho más natural no tan traumático.

-¿Qué cosas de los conflictos de los adultos puso en una obra para chicos?

-Todos. Todos los temas que los abordé desde mí y fueron temáticas mías porque cuando yo empecé a escribir teatro ya era un adulto y busqué contársela a los chicos y que a mi criterio son temáticas comunes.

Mis primeras obras estaban muy relacionadas con la libertad. Me parece que ese es un tema de los chicos.

-¿Para usted la escuela educa, deforma o sólo socializa a un chico?

-Muchas cosas de las que nombrás. Socializa por un lado. Produce rebelión porque la escuela es orden, disciplina, acatar reglas, horarios y tareas que hay que cumplir en la casa. Todo eso los chicos lo rechazan porque quieren una vida más anárquica.

- ¿Como maestro en qué escuelas trabajó?

- Mi primer trabajo fue en una escuela que concurrían chicos del Hogar Preventorio Roca. Eran chicos pupilos, en situaciones de emergencia. De familias numerosas, algunos abandonados, de la calle, algunos con pequeños delitos. Estuve dos años allí, fue una experiencia maravillosa. Después trabajé como maestro especial, con chicos discapacitados, en colegios de curas, institutos privados.

-¿El chico travieso a usted le atraía, el que se tuvo que hacer solo a usted le dedicaba un esfuerzo más?

-Sentía un atractivo por la indisciplina. Me parecía una expresión de algo, un pedido del algo. Lo vivía así, atendía el pedido y a partir de ahí se solucionaban muchas cosas. Los chicos en relación a la institución educativa en especial de los del Preventorio Roca sienten que están en una cárcel o algo por el estilo. Necesitaban la libertad y la buscaban por cualquier medio, si era necesario de manera violenta y si no había que ofrecérsela. Lo que hicimos con los maestros que me tocó trabajar es ofrecerles alternativas donde tenían responsabilidades creativas.

-¿Cómo despertaba en ese chico rebelde el acto creativo?

-Una de las cosas que hacía, utilizando el recurso del teatro, era llevar a situaciones teatrales cualquier cosa vinculada con la geografía, la historia, las matemáticas, la geometría.  Armar una verdulería, una panadería, que uno vaya a comprar, que otro venda, divertirnos con las situaciones cotidianas. Me acuerdo un gesto que tenían los chicos cuando empecé a trabajar en el Preventorio que cuando un adulto se acercaba se protegían la cara con las manos, esperando el cachetazo, la trompada. Pero llegaba una caricia, una mano en el hombro, ahí bajaban la guardia.

-¿Se acuerda de algún alumno, algún chico, de algún caso especial con el que usted tuvo una buena experiencia como docente?

-Si, guardo cosas que ellos escribieron sobre las clases, los compañeros y los maestros. Ese trabajo era muy agotador, muy intenso, pero florecían cosas todos los días. Ellos me enseñaron bastante sobre la creación automática, ese recurso que tenían los surrealistas, los chicos la tenían bastante clara. Escribían guiados por el impulso, escribían, escribían páginas sin puntos ni comas donde la expresión iba más allá del renglón y del tamaño de la hoja.

-¿Le parece que la escuela  estimula ese florecimiento artístico para que el chico escriba o pinte?

-La escuela favorecía poco esas cosas, son cosas que se salen del margen, da miedo a un adulto, no se sabe cómo manejar lo creativo, los maestros hoy día cuando empiezan a hacer teatro hacen una cosa muy convencional a mi criterio, porque no saben manejar lo artístico, no tienen preparación para aprovechar lo creativo. Toman el afuera del asunto y no pescan al vuelo ciertas cosas que son de una creatividad muy grande en los chicos.

-¿En la escuela no se le da valor a la creación artística?

-Los chicos van dejando de jugar. El tiempo que les queda para jugar es cada vez menos. Las limitaciones de la calle, de la plaza. Antes era natural, ahora que un chico vaya a un potrero, a una plaza solo, los padres están con temor, hay un problema de seguridad. Las condiciones no son las mismas para que haya esa libertad creativa.

-¿Es cierto que su mayor frustración es no haber sido cantante de tangos?

-Cuando era pibe me identificaba mucho con (Raúl) Lavié, cuando él cantaba con la orquesta de (Osvaldo) Pugliese. Me engancho mucho con un tipo como (Atahualpa) Yupanqui o (Alfredo) Zitarrosa. En la escuela secundaria los que tocaban la guitarra siempre ganaban con las chicas. Yo decía “si yo tuviera una guitarra”.

-¿Qué siente cuando ve Chiquititas por televisión?

-Veo algunas cosas, no vi un programa entero de Chiquititas, ni de Cebollitas. Me da un poco de lástima que a lo mejor con la mejor buena voluntad, porque no creo que haya mala intención, no sé, no puedo presuponer que hay mala intención, se pueda generar un producto televisivo con golpes bajos, con una estrategia de situaciones como para enganchar al chico sin importar si esto es bueno, es malo, si le permite un crecimiento a los chicos o los agarra con cosas que todos sabemos que los chicos se enganchan. No se cree a fondo en las capacidades que tienen los chicos, en las capacidades imaginativas, de humor, en la sensibilidad donde no tienen lenguaje verbal para expresar todo lo que les pasa pero tienen un mundo interno muy rico. Hay una cosa que me da pánico de los programas infantiles que es la búsqueda del rating, que está en primera instancia. Buscan donde están los ganchos y el gancho me hace acordar al pirata, al gancho del pirata.   

-¿Las obras destinadas a los chicos deben tener moraleja o sólo contener historias?

-Un espectáculo o programa para chicos debe contener todas las lecturas posibles, cada chico hace la suya de acuerdo a su experiencia, a su realidad, a su personalidad. Pero se trata de nivelar todo lo conceptual, también en la escuela se hace mucho, van a ver una obra de teatro y dicen “qué quiso decir el autor”. Se busca una síntesis que empobrece. Quizás a los chicos lo que más le gusta de un espectáculo es un detalle, una zapatilla, un color, un gesto de un actor.

-¿Qué implica ser actor de teatro para chicos?

-Trabajé con actores que tienen una muy buena formación integral. También son buenos cantantes y bailarines. Para lo que yo hago necesito un actor que haga un trabajo asociativo, que no sólo aprenda la historia, que pueda encontrar elementos de juego en todo, en la acción, en el espacio, con los otros actores, en el texto en sí mismo. También el texto de una obra es un elemento de juego. Además de lo que las palabras quieren decir, tienen una sonoridad. Se las pueda alargar, acortar, se puede ir y venir con ellas. Lo único que les pido es que no piensen que actuar para los chicos es diferente que actuar para los grandes, decir que para chicos hay que actuar más “dulce, simple, aniñado”. Tiene la misma complejidad hacer un personaje para adultos que hacerlo para chicos.

-¿El Estado apoya el teatro para chicos?

-No apoya al teatro, no apoya a la cultura, se desentiende de las mayores responsabilidades, la educación, la salud o lo hace mal, no lo hace con ganas.

En treinta años de actividad no tuve nunca tuve el apoyo del Estado para hacer una obra. Ni siquiera me pidieron una opinión por teléfono que es más barato, más cómodo, “qué se te ocurre que se puede hacer”, para ayudar a los elencos, a sostener a los artistas. Sabiendo que acá la producción teatral para chicos es una de las más valiosas del mundo, hay una decena de obras por temporada que no las vas a ver en ningún teatro del mundo. Hay una gran variedad de estéticas.

-¿Qué escritores lo conmueven?

-Hay cosas que quizás te suenan raras. Tuve poca lectura de literatura infantil, el tipo que me deslumbró fue Gianni Rodari en su Gramática de la Fantasía.

Me gustan las canciones de María Elena Walsh recopiladas por el conjunto Pro- Música de Rosario; todas esas cosas que tenían que ver con el absurdo, con el juego de palabras, Elsa Borneman, Graciela Montes. El impacto para mí fue Ariel Bufano y algunas cosas que aprendí en el Instituto de Teatro de la Universidad de Buenos Aires con Oscar Fessler, todo lo que tenía que ver con la transformación del objeto cotidiano. Que las cosas son lo que son y además pueden ser otra cosa. Tal vez un cenicero pueda ser un plato volador.

-¿En qué se parece usted a Nicolás el espantapájaros que en La vuelta a la manzana decide cambiar de trabajo?

-En el 1970 volvía de un viaje que hice por Latinoamérica, las últimas monedas las gasté en Madrid y volví como me había ido, sin un peso. Llegué, me ocupé de conseguir trabajo y surge esta temática bastante autobiográfica, muy relacionada con el barrio de San Isidro, al lado de casa teníamos un terreno muy grande donde papá tenía una huerta y había espantapájaros, cuando era chiquito me daban mucho miedo.

-¿Qué le aporta la TV al chico?

-La televisión no le aporta nada. Socava la imaginación, los embrutece, los masifica. No les da tiempo para pensar, ni para enhebrar historias.

-Les agudiza la soledad.

-Los aplana en una chatura que si fuera por la TV los convierte en imbéciles. El medio es interesante para decir vamos a juntarnos y ver tal película, tal programa, este noticiero, pero no. Se apaga la tele y no se saca ninguna conclusión. Por eso la experiencia del teatro es tan rica porque queda picando en el alma de los chicos bastante tiempo y les sugiere preguntas, con la televisión no se preguntan nada. Es un rol pasivo.

-¿Le gusta su tarea como docente?

-Me encanta, es una tarea que me mantiene muy activo con la creación. Todos los días dar clases, imaginar cosas junto con otros. Con los chicos me llama la atención el hecho de poder crear una ficción y que tenga tanta realidad. Esas cosas que a los adultos nos cuesta tanto y por eso vamos a las escuelas de teatro para aprender a actuar. En los chicos es natural esa lógica fantástica de la que habla Rodari. Ellos animan objetos, distorsionan, se sabe que un perchero no habla pero dentro de esa lógica el perchero tiene carácter. Los chicos tienen conciencia de eso y no funciona en ellos como una distorsión sino que está dentro de sus códigos.

-Su padre era capataz de obra. ¿Lo suyo, sus oficios, se le parecen un poco?

-Puede ser. Soy medio capataz de obra, sí. Mi padre era capataz de obras públicas y mi madre era modista, confeccionaba algo que estaba en el papel y que después tomaba cuerpo.

-¿El artista siempre trabaja con desechos, siempre tiene pajaritos en la cabeza y siempre está vivito y coleando? 

-Es la estética de la pobreza. De arreglarse con lo que uno tiene, de tratar de hacer mucho con poco, que es la estética que yo aprendí en mi casa con mi mamá que con poco hacía mucho. Transformaba las cosas, las camisas de manga larga en manga corta. Después se le daba vuelta el cuello, después esas camisas eran repasadores y luego terminaban siendo patines para que el piso brille.

-¿Como se le ocurren los títulos de sus obras?

-Vivitos y Coleando salió de una canción. No es raro que en mi lenguaje aparezcan frases hechas, esas cosas que decía mi mamá como “el blanco es sucio”, refranes que eran todo un vocabulario. Hay mucha poesía en eso, en las frases cortas como por ejemplo “apretá fuerte el vuelto”. Una vez hicimos una recopilación de cosas que decían las mamás y ahí surgió “si tomás un taxi, fijate que el chofer sea un hombre mayor”; “cualquier cosa metete en un negocio”.

-¿Quién dijo que las gitanas son monjas de colores?

-Mi hija a los tres años explicándole a una prima que vivía en Suecia qué eran las gitanas. Esa cosa de decir “cantar las cuarenta” o los “los ojos son el espejo del alma”. El artista es memoria activa. Tiene locos recuerdos en el sentido de que crear una obra implica estar muy cuerdo.