Martín y Ellos

Microrrelatos de la pandemia

Primer microrrelato

MARTÍN


De casualidad no me tomé nada para dormir. No sé cómo fue pero veo el teléfono a las cinco de la mañana y tengo ochenta llamadas perdidas de Sofi. Desbloqueo el celular y veo por todos los grupos que hubo un accidente en el aeropuerto de Esquel. Empiezo a leer la nota en modo automático: un jet que hacía vuelos sanitarios se prendió fuego en la pista de Esquel al intentar aterrizar. Me llama su hermana. Martín está ahí. No le puedo decir mucho, ella llora, grita y no entiende nada. Corto. Me tiemblan las piernas. Voy al baño y vomito. Pienso en setenta cosas por minuto y no sé bien para dónde encarar. ¿Se murió? ¿Está vivo?
Llamo a Meli, mi hija más grande, y entre llantos y ataques me dice lo único que tomé con claridad en el medio de la confusión: ”vos tenés que ir a Esquel”. Yo voy a ir a Esquel, definitivamente. Ahora, que alguien me explique cómo hago para estar ahí en una hora en el medio de una pandemia, aislamiento obligatorio y restricciones por todos lados. Hago miles de llamados. Puedo ir en un vuelo humanitario con toda la familia de él para allá. Sí, voy ya.
Me subo al avión y no escucho a nadie. Nadie sabe nada. Todos opinan. Necesito verlo. Yo sé que no está bien. Un médico y un enfermero murieron en el acto, dicen.
Miro el apoya brazo y pienso en esa vez en la que Frida te dijo: “¿Te puedo decir papá?” Estaba todo mal pero a vos se te llenaron los ojos de lágrimas. Te pido perdón, Martín. Por todo. Me hubiese gustado enamorarme de vos una y otra vez pero no pude. Cada vez que paso por el bar en el que te dije que no iba más y vos no podías con tu tristeza, dudo. Dudo de todo. Me mandaste un mensaje hará unos diez días con cierta esperanza de un sí que decía que me habías comprado diez botellas del vino que me gusta. Todo era mucho, yo era “Colores” para vos. Me diste todo el amor que tenías, de una y mil maneras posibles. ¿Qué pasó, Martín?
Llego a Esquel, nos bajamos y tomamos un remís. Todos gritan de nuevo, me preguntan y sí, es verdad, soy médica pero magia no puedo hacer y no tengo idea de qué pasó. Quiero llegar lo antes posible y mientras, desespero, siento que es eterno. Yo sé que no está bien y que no lo voy a poder salvar.
LLegamos y la terapista me dice: “Vos ya sabés cómo es esto, solo queda esperar”. Es verdad, tiene el ochenta por ciento del cuerpo quemado. Ochenta. Con criterio le amputaron una pierna por debajo de la rodilla y la otra por arriba para que su cuerpo pueda, de milagro, sanar. Es mucho.
Entro y te veo. Estás todo cubierto de gasas, casi que no tenés espacio para que te toque y bese. Te bajo la sedación a ver si me escuchás, pero no creo. “Hola, Martín, acá estoy. Soy Colores. Vos me dijiste que si te pasaba algo alguna vez, querías que yo estuviese con vos y acá estoy. Te lo prometí.”
Solo queda esperar. Me vuelvo en el único avión de vuelta a aeroparque. ¿Estoy haciendo bien? La cantidad de gente que me habla, porque sos importante, Martín, no me deja pensar. Creo que podés curarte y tomarnos los diez vinos que compraste para mí. Pero no. Te moriste, un poco después de las doce. “Este Martín, no hay que volar de noche” dijo Frida. No te cremaron como querías, quizás lo hagan en algún momento. Te sueño todos los días. Meli anda con la bicicleta que me regalaste y todas las semanas viene y me dice: “No puedo creer que se haya muerto”. Yo tampoco.

Segundo microrrelato

ELLOS

Ayer a la noche salí al balcón a fumarme un cigarrillo y trataba de escuchar qué le pasaba al vecino. No entendí muy bien pero su perro no paraba de ladrar y me molestaba sobremanera. Nunca me gustaron los animales, menos los ladridos. Miraba las plantas del balcón. Me angustié. No puedo con la jardinería tampoco. No tuve energía para regarlas, si sobreviven es de milagro. Me preguntaba quién las había puesto ahí. Siempre vuelvo acá.

Pensé instantáneamente en cuánto odiaba que él se tomara el tiempo para regar las plantas. Me molestaba que estuviera inmerso en las plantas. Solo plantas. El cuidado extremo de cada hoja y el ruido del agua correr, me irritaba. También cómo quedaba la manguera que daba al exterior que nunca tuvo un lugar muy atinado. Estaba pegada a la canilla con un pastiche horrible. No era tan terrible como los huevos revueltos a la mañana. Yo nunca hubiese cocinado nada y él lo sabía, y se encargaba. Él tomaba cerveza, yo vino. Yo leía, él miraba videos. Por momentos me olvidaba y lo amaba y lo quería tocar y envolverme en la cama y que el día pase así, tapados bajo la frazada bordó que compré cuando me mudé porque odiaba la marrón oscura que él tenía. No se podía dormir a la noche y yo me moría de sueño pero no podía dormir si él no se dormía. Cuando en el medio de la noche me levantaba a hacer pis y me daba cuenta de que estaba despierto, lo odiaba de nuevo. Me levantaba al día siguiente y me molestaba. Cuando veía el hilo dental en el baño que él no había tirado de la noche anterior, lo despreciaba. Qué tonta. No me gusté. Yo me quejaba, él sostenía. El día 91 de cuarentena, no aguanté más. Con culpa y tristeza, fui al supermercado con un barbijo y compré un pack de bolsas de consorcio, de las grandes. Llegué, las puse en la mesa del living y le dije: “¿Qué hacemos?“ “Qué vas a hacer vos, dirás“ fue la respuesta. Y ahí otra vez. Yo me quejaba, él me sostenía. “Me voy, por los dos“. Mi llanto y su enojo no nos permitían hablar. Todo era gritos, llanto, y patadas a una mesa que terminó con una pava y dos vasos rotos. ¿Era el límite? ¿Quién tenía la responsabilidad de todo esto? ¿Era yo conmigo misma y mi eterna disconformidad de estar viva o era él? Era el encuentro de los dos. Le quiero pedir perdón, pero no sé por qué. Cuando ya no nos dio más el cuerpo, la cabeza y la vida, nos fuimos a dormir. Él se fue al sillón, yo me quedé en la cama, vestida. Creo que en un momento él pudo dormirse. Yo no podía parar de mirar todas las bolsas llenas con todas mis cosas que me rodeaban. Era inminente. Me iba. Sentía que mi cuerpo no podía más de tristeza y de incertidumbre. También pensaba en la logística del día siguiente porque cruzar la General Paz no era algo simple como lo había sido toda la vida. Me levanté, molesta, triste, siendo la mitad de mí y fui al sillón. “¿Dormís?“ y él se despertó muy enojado porque ya estaba soñando y yo no podía con nada. Se levantó, fue al baño, discutimos, gritamos, lloramos, y volvió al sillón. Eran las cuatro de la mañana. Me tomé una pastilla para dormir porque despierta no podía estar. Necesitaba que el (mi) mundo se calle por unas horas. Al otro día, muy temprano, a eso de las ocho de la mañana, me desperté. Fui al sillón. Creo que ya estaba despierto y los dos todavía no sabíamos si efectivamente todo lo que había pasado la noche anterior iba a seguir vigente a la mañana. Levanté la frazada, me acosté al lado de él y nos abrazamos. Sentí alivio, había vuelto a casa. Pero ya me iba. Nos besamos y fuimos a la cama. Seguimos abrazados por muchas horas en el medio de todas las bolsas de consorcio, valijas y la mitad del placard vacío. En un momento, casi impulsivamente, me levanté, y le mandé un mensaje a mi madre. “¿Me podés ayudar? Me voy para tu casa, me separé.“ “¿Estás segura? Paso a las 4.“ “Sí.“ Crucé la General Paz y no nos volvimos a ver. 


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