La entrañable amistad entre Lacan y Pichon Riviére

El lazo tejido por una pasión

El psicoanalista francés y el psiquiatra argentino nacido en Suiza establecieron un diálogo pleno de sorpresas y afecto
Pichon Riviere ponderó sus coincidencias con LacanPichon Riviere ponderó sus coincidencias con LacanPichon Riviere ponderó sus coincidencias con LacanPichon Riviere ponderó sus coincidencias con LacanPichon Riviere ponderó sus coincidencias con Lacan
Pichon Riviere ponderó sus coincidencias con Lacan 

El día de la amistad es una oportunidad para recordar esas anécdotas de encuentros. Los nuestros y la de aquellos hombres que nos nutrieron.

Me encuentro con una perla preciosa; esos hallazgos que emergen para encandilar con su frescura. Perla que merece ser revivida como tal. Una anécdota de Pichon Rivière haciendo una semblanza del lazo de amistad que lo unió a Jacques Lacan.

Lo describe como alguien muy simpático, comunicativo y sumamente afectuoso. Una amistad que se fundó fuera de las identificaciones y en el remanso de las coincidencias y discrepancias. Ambos se unían en la pasión por el psicoanálisis y su desarrollo que, poco a poco, se abría a la influencia de otras corrientes filosóficas dominantes; momento fecundo para incorporar nuevos marcos de referencia, entre ellos, los aportes de Sartre, Merleau Ponty, Lefevbre, Politzer.

Pichon decía que Lacan era un tipo de convicción única, muy creativo y alguien con el que se podía establecer un profundo diálogo. Sus posibilidades eran inmensas y eso despertaba pasiones. Había un antes y un después cuando entablaban una conversación.

El psicoanalista argentino aseguraba: “Lacan me sintió lacaniano, así como yo lo sentí pichoniano”, aunque ambos sabían que no eran ni lo uno ni lo otro; las diferencias teóricas se hacían evidentes pero con la salvedad de que Lacan se encargaba de valorar las coincidencias fundamentales. Eso lo hacía original, sabía lo que decía y también hasta donde llegar con sus interlocutores.

Cuenta Pichon que ni bien llegó a Paris se dirigió en búsqueda de la figura del Conde de Lautreamont, sobre quien había investigado. Eso lo llevó a una dirección: 5 de la Rue de Lille. Al día siguiente, en un Congreso de psicoanálisis, se encontró con Lacan quien le dijo, invitándolo a su casa: “tengo una sorpresa para usted”, con esa picardía que lo caracterizaba. Se trataba de la presencia de Tristán Tzara. Pero la sorpresa fue mayor cuando vio que la dirección de la tarjeta que le había entregado Lacan, era la misma dirección a la que él había ido buscando al Conde.

El asombro fue inolvidable. Él podía crear un momento mágico en un clima de asociaciones, haciendo que el conde Lautremoniano, se instalara entre ellos. Eso era posible -comenta Pichon- porque era un hombre amable, sutil y generoso, que demostraba interés en las investigaciones que se le compartían.

Lacan sabía lo que significaba para él conversar con Tzara -máximo exponente del dadaísmo- y aún antes de conocerlo personalmente, arregló ese encuentro en su casa de París.

La hondura que emanaba de su presencia iba acompañada de bromas y largos relatos, en un ambiente de calidez reconfortante.

Cuando abría las puertas de su casa podía sentirse el sentimiento de familiaridad que transmitía. Era un lugar con paredes forradas de cuadros de Masson, donde el surrealismo palpitaba, entre muebles antiguos y libros apilados en cada rincón de la casa. Ese también era Lacan; un hombre capaz de hacer de su lugar y tiempo, un motivo más para el reencuentro.

Esta anécdota, tan rica en detalles, me recuerda a las tantas que podría evocar cuando repaso las amistades que nos brinda la pasión por el psicoanálisis; esos amigos con los que compartimos un lugar y un tiempo en el cual los reencuentros pueden volverse mágicos.

*Psicoanalista. Integra EOL. TyA.

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