Querida Florence, espero no haberte abrumado con mis cartas, prometo que esta es la última vez que te escribo. Retomo, aquello de lo que te venía hablando en la epístola anterior: ¿Cuál es la “vida útil” de quienes trabajamos en el cuidado? Gastón González, colega y amigo, siempre me decía que deberían ser algo así como unos 10 años, y yo, inocentemente, se lo discutía. Pero ahora, habiendo superado por mucho tiempo esa fecha de vencimiento hipotética, le doy la razón. En mi caso (y me atrevo a sospechar que en el de muchxs) aparece un “desgaste” en torno a las condiciones laborales y “lo institucional” (desarrollar todo esto ameritaría al menos diez cartas), que a veces impacta, lamentablemente, en un dejo de desencanto para con la profesión. Por suerte existen siempre cómplices con lxs cuales tejer redes, acompañamientos y utopías. Aún no me siento “vencida”, voy regulando, como puedo, las energías. Intento, por lo pronto, esbozar una caracterización en dónde (a pesar del cansancio) prime la ternura como apuesta política (el personaje que ofrezco es un híbrido entre una azafata y un chamán). Cuando cada tanto me pregunto si me gusta mi trabajo, la respuesta continúa siendo afirmativa, y creo que eso es lo importante. Hay algo que sucede en el flujo de la interacción humana con unx otrx dentro de una situación de cuidado en torno a la salud, algo cálido en ese compartir, que me llena el alma (que no tengo, pero puedo jugar a imaginar).

No me gustaría despedirme sin antes hablarte de algunas cosas acerca de un tópico: la educación. Nuevamente ojeando tu historia, me saco “la cofia”. Tuviste un rol trascendental en el desarrollo teórico de la enfermería, se podría decir que terminaste de dar forma a una nueva profesión para las mujeres de ese entonces. Escribiste ensayos y libros que modificaron la sanidad militar, los hospitales, las estadísticas médicas y el cuidado. Fundaste escuelas (que proliferarían en otros países creando una red internacional). Conceptualizaste una educación (sistema que luego llevaría tu nombre) laica (paradójicamente con una fuerte presencia de religiosas) y remunerada, en un tiempo en el que los médicos decían que no necesitábamos más instrucción que la de una criada. Todo esto que escribo tan lineal no fue así, existieron un sinfín de frustraciones y contratiempos, pero luego de tus infortunios en torno al trabajo sobre la sanidad militar, sabías que el proceso sería largo. Rehuiste de alguna forma al rol docente porque como expresabas en tus cartas, a tu criterio, sólo podía enseñar quien ejercía el quehacer. De tu vasta escritura sólo pude acceder a “Apuntes sobre enfermería: Qué es y qué no es”. Te nombramos mucho (te has convertido en sinónimo de lo políticamente correcto), pero te leemos (y conocemos) poco Florence, aún no nos adentramos a escuchar tu voz en primera persona.

Seguro te preguntarás por mi formación, debo confesarte que no he continuado mis estudios “formales”, pero no es pereza, tengo mis razones. La licenciatura en enfermería se orienta en complejizar los cuidados críticos (mayoritariamente en la dimensión biológica), responde a la necesidad de los mercados en producir administradorxs, y también docentes que perpetúen esa producción en cadena. Por supuesto que existen personas que se escapan de ese triste destino, pero en términos académicos, esa es la propuesta. Mi curiosidad me ha llevado por otros sitios, hacia todo eso que no me enseñaron en materia de género, disidencia sexual, feminismos, filosofía, derecho, neoliberalismo y violencia. Allí encuentro los conocimientos para repensarme, pensar el mundo y nuestra profesión. Así que continúo estudiando, si eso es lo que te preocupa. Cuando la formación espeje las luchas sociales, cuando en las casas de estudio circulen las preguntas y consignas que se gritan en la calle, seré entonces la primera persona en alistarme ¡Te lo prometo!

Me doy cuenta que de tan crítica, en esta oportunidad, no te conté nada lindo, un bajón. Me gustaría, ya que hablamos de la formación, presentarte a alguien muy especial, a una docente: Olguita Moyano. Durante las clases, me encantaba verla apasionada, arremangándose la camisa o el pulóver, como quien se prepara para explorar territorios inhóspitos. La seguí consultando, de forma esporádica, luego de graduarme, y siempre, generosamente, me envía correos llenos de insumos. Voy a contarte una anécdota para que puedas formarte una idea sobre ella. Hace un tiempo coincidimos en un espacio sobre educación sexual integral, es hermoso hallarla en lugares de activismo, recuerdo que tuvo un enorme impacto en mí imaginario profesional conocer su militancia por la Memoria, la Verdad y la Justicia en torno al terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico-militar. Verás, Olguita fue unx de lxs muchxs enfermerxs secuestradxs en los centros clandestinos de detención. Fue testigo en los juicios, y ha reclamado públicamente por la investigación de la complicidad civil de quienes administraban los espacios de salud durante esa época. Vuelvo a esa tarde en que nos cruzamos y me dice: “Te voy a ir a ver”, en referencia a una exposición que yo iba a dar en un congreso de enfermería sobre la temática de aborto. Me puse contenta de saber su compañía en ese espacio que podía no ser fácil, pero también me entró miedito de hablar frente a ella. Cuando llegó el día, allí estaba en la primera fila con un anotador. Aproveché su presencia y antes de arrancar la disertación dije algo así como: “Durante mi formación muchas personas nos decían cómo teníamos que ser, pero hubo alguien que no depositó en nosotrxs sus expectativas, nos habilitó rumbos, nos mostró como transitarlos… necesitamos más personas en educación como Olga Moyano”. Entre todxs la aplaudimos, ella por supuesto estaba muy incómoda, porque es un ser generosx y tímidx. Cuando terminé la disertación se acercó a felicitarme y me entregó un papel que empezaba con un “Sabés que te quiero un montón, hoy me enseñaste mucho…”. A continuación hacía referencia a que se había cumplido lo del “Frankenstein Educador” de Philippe Meirieu y más abajo me invitaba a complejizar algunas cosas sobre las que había disertado y me dejaba una lista de textos para explorar. ¡Sin palabras!

Pero, bueno, ¡basta! ya ha sido suficiente, amiga. ¿Puedo llamarte a esta altura de la escritura “amiga”? Perdón por ser tan larguera, ¡es que tenía tanto para contarte! Voy a dejarte con un dato muy extraño. En los años 50 comenzó a circular por los espacios de salud de todo el mundo un cuadro, con la foto de (dicen) una modelo argentina. El retrato la muestra con una cofia en referencia a la enfermería, y cubre sus labios con el dedo índice pidiendo eternamente silencio. Aparentemente, dicen también, la culpa de ese estereotipo, titulado “silencio hospitalario” se lo debemos a la genial mente de un visitador médico, y la idea se le ocurrió, ni más ni menos, que estando en la ciudad de Rosario (desde donde te escribo). Bueno Florencia Ruiseñor ¿puedo ”españolizarte”? Voy a contarte algo que tal vez pueda sonarte increíble. En las últimas décadas, aunque aún no se quitan las cruces y las vírgenes de los laicos espacios de salud, sí, han comenzado a desaparecer los cuadros de la enfermera que te chista. Y los pocos que quedan han comenzado a… “cambiar”. El dedo índice, lento pero sin pausa, se desliza hacia abajo. Y la enfermera ha empezado a hablar. La mayoría de la gente se asusta cuando presencia este suceso, y salen corriendo. Es que la enfermera tiene muchas cosas para decir desde ese tiempo en blanco y negro, hasta llegar al día de hoy. Todavía no hay muchxs dispuestxs a escucharla, pero mientras tanto, ella comienza a ensayar discursos sobre la garganta reseca de tantos años de silencio forzado. Afina el oído, y comienza a practicar el sentido de la audición, porque sabe que tal vez las respuestas se encuentren, también, en la escucha.

¡Cariños!

Saulo (Saulito para vos)

PD (extensísima): Voy a dejarte un pedido, en caso de que estén en contacto, ¿le mandarías un saludo a las enfermeras doradas del salón de la fama estadounidense? Dale un afectuoso abrazo sobre todo a Virginia Henderson, Dorothea Orem, Martha Rogers y a la Peplau. Deciles que las quiero a ellas también, aunque sigan siendo nodales en nuestra formación, desde un lugar que cada vez más me deja un sabor amargo a colonialismo. Pero la culpa no es de ellas, atesoro sus aportes. No quiero abrumarte con más pedidos, pero seguramente vos tendrás facilidad para hablar con lxs muertxs y yo quiero emprender el desafío de recuperar a todxs lxs enfermerxs sudacas que han contribuido a nuestra profesión, ¿podrías en sueños pasarme sus nombres? hace poco me regalaron uno: ¡Rosa Farías! y me explotó el corazón al conocer su historia.