A 65 años del golpe contra Perón  

Memoria del 55 

El discurso del Jefe del Cuerpo de Cadetes tenía todos los ingredientes para impresionar: el tono marcial y las solemnes referencias a nuestro compromiso con la Patria resultaban aún más impactantes en la oscuridad de esa madrugada. La emoción fue fuerte, pero para convencernos plenamente, la arenga debió aclarar en qué bando íbamos a combatir. Luego de tres días de tensa espera, el 19 de septiembre de 1955, los cadetes de los años superiores del Liceo Militar General San Martín marchamos en formación por la ruta 8, unos 20 kilómetros, hasta llegar a un aserradero en el que acampamos todo el día sin que nos dijeran a quienes apoyábamos. Ya era noche cuando volvimos al cuartel sin ninguna información. Lo mismo hicieron ese día, el Colegio Militar y la Escuela de Suboficiales: ese paseo era un alistamiento por si teníamos que intervenir. Mientras, los jefes del golpe negociaban con la Junta de generales leales. Perón ofreció a esa Junta su renuncia, pero durante unas horas no quedó claro si la confirmaba. Entonces, la Armada que ya había atacado Mar del Plata amenazó con bombardear las destilerías de La Plata y Dock Sud. Después del ataque aéreo en junio sobre la Plaza de Mayo, nadie dudó que lo anunciado podía cumplirse.

Cuando trascendió la definitiva renuncia del presidente, rápidamente se escucharon manifestaciones de júbilo. Este estado de ánimo no era general, sin embargo, porque del pabellón de suboficiales no se escuchaba nada parecido. De pronto, apareció el teniente Varela, un oficial bajito y esmirriado, de rostro trigueño, cabello y bigote muy oscuros, y un grupo numeroso comenzó a gritarle “peronista”. Confirmando los dichos de un teórico reaccionario sobre el comportamiento de las multitudes, cada vez eran más los que gritaban y lo hacían más fuerte, mientras Varela, molesto y humillado, no negaba su condición de peronista. Todavía recuerdo esa mirada digna de quien, acosado, no parecía tener miedo.

Al día siguiente, el patio de estudios vivía la misma euforia: profesores que nunca hablaban de política lucían escarapelas y se esforzaban por mostrarse alegres. Me sorprendió la aparición del docente de Cultura Ciudadana, conocido peronista, quien me saludó vivando a la Libertad. Cuando le pregunté por su súbito giro político hizo referencia al conflicto con la Iglesia: no fueron pocos los que obraron como él, pero recordé sus brillantes alegatos sobre las transformaciones sociales impulsadas por el justicialismo y no me cayó simpática esa súbita conversión.

En esos días tuvimos visitas y mi padre, un hombre ajeno a las estridencias y los gestos ampulosos, entró revoleando su sombrero Orión y gritando a voz en cuello “Viva la Libertad”. Yo parecía contento como los otros, al fin y al cabo no era peronista. Sin embargo, algo de esa euforia me parecía obscena. Lo entendí mejor meses después cuando frente a la Facultad de Derecho ví como decenas de estudiantes, varones y mujeres, insultaban al hijo de un ministro del gobierno derrocado con tal saña que recordé al teniente Varela.

Lo entendí un poco más el 9 de junio, cuando el levantamiento del general Valle. La curiosidad me llevó a Plaza de Mayo, donde un grupo de manifestantes coreaba. “Con Rojas y Aramburu, el pueblo está seguro”. ¿Cómo aprobar la muerte de los que no podían ser más subversivos que quienes habían derrocado al gobierno constitucional? Me pregunté el porqué de tanto odio, tan fuerte como para que los altos jefes militares fusilaran a sus compañeros de armas. Años después, leí Operación Masacre y en ese texto de Walsh que entonces tampoco era peronista, sentí inequívocamente que el antiperonismo era tan ajeno a la democracia como a la justicia social.

Volviendo al Liceo, la última experiencia que recuerdo ocurrió días después del golpe, cuando el Ejército controlaban San Martín y las zonas aledañas donde se temían reacciones del activismo peronista. Me asignaron un grupo de cuatro conscriptos –bastante mayores que yo- con un Fusil ametrallador Madzen 1926, a mi cargo. Era razonable que tuviera esa misión porque ninguno de los conscriptos conocía el arma y los cadetes habíamos tirado con el fusil ametrallador en más de una ocasión. Pero los soldados me recibieron como a un pibe, me armaron una cama y dormí con el compromiso de que me avisaran de cualquier incidente. Oímos algunos tiros lejanos. Ahora pienso que habría patrullas cortando el tránsito en la ruta, lo que reducía la posibilidad de un enfrentamiento. Mejor así, porque no estaba anímicamente preparado para un combate, pero más me preocupaba –dentro de la irrealidad de todo el cuadro- que aquellos a quienes podríamos enfrentar no eran soldados de ningún ejército sino habitantes de los barrios más humildes.

En septiembre de 1955 fue derrocado un gobierno que el año anterior había logrado más del 60 por ciento de los votos. Durante mucho tiempo se discutió si Perón había hecho bien al renunciar, cuando aún lo seguía la mayoría del Ejército, para evitar lo que imaginó como una cruenta guerra civil. Es absurdo que se haya atribuído a este presidente, benevolente con quienes en 1951se alzaron contra su gobierno y en junio de 1955 bombardearon al pueblo, la responsabilidad histórica por la violencia argentina. Después de Perón se gestó una tradición que alejó a las Fuerzas Armadas del pueblo, que las acostumbró a la represión y naturalizó la intervención militar en la política no para ayudar al crecimiento del país y a la felicidad de su pueblo sino para favorecer otros intereses, no los de la Nación.

Ernesto Sabato es autor de El otro rostro del peronismo, libro que intenta diferenciarse pero termina pagando tributo al dominante discurso antiperonista. Sin embargo, recoge un episodio emblemático, siempre recordado. El golpe de septiembre encontró a Sábato en Salta, en casa de una familia tradicional que celebraba con los mejores vinos el “fin de la tiranía”. En la cocina, el escritor verá un espectáculo distinto, caras aborígenes teñidas de tristeza y algunas lágrimas. Aunque muchos intelectuales tardaran en advertirlo y las clases medias se creyeran grandes protagonistas, pocas veces fue tan claro el sentido de un cambio político, lloraban los más humildes y celebraban los más ricos.

Después hubo otros golpes, los militares no fueron los únicos responsables ni los grandes beneficiarios. El país nunca salió de esas experiencias más rico ni más igualitario y los uniformados fueron llevados a tomar el poder una y otra vez –en palabras de un ex jefe del Ejército sobre a dictadura de 1976- “abandonando el camino de la legitimidad institucional”, y obteniendo “información por métodos ilegítimos, llegando incluso a la supresión de la vida”.

Cuando se conoció esa Autocrítica del genera Balza, advertí la significación de ese cuestionamiento, pero –como la gran mayoría de los militantes por los derechos humanos- no celebré ese texto. Bregábamos entonces por anular las leyes de impunidad y podía temerse que Menem utilizara ese texto de Balza como el cierre de un debate. Hoy, cuando siguen desarrollándose los juicios por delitos de lesa humanidad con alto consenso social y –como siempre recuerda el Presidente- todos los oficiales han iniciado su carrera en democracia, en unas Fuerzas en la que participan las mujeres y se avanza en la perspectiva de género, es bueno recordar que la máxima autoridad del Ejército, hace ya un cuarto de siglo, señaló que las Fuerzas no podían actuar fuera de un marco de dignidad. No es necesario compartir las opiniones de Balza sobre los orígenes del conflicto armado, para revalorizar ese documento.

Los años 70 parecen resumir lo bueno y lo malo, gobierno popular con gran respaldo y después la dictadura más feroz. Todos debemos revisar esa historia, en un diálogo abierto, porque ningún gobierno puede imponer los consensos de la sociedad. Pero para que esa discusión sea fecunda, en un país aún atónito por la liviandad con que un ex presidente anunció un golpe y por el inadmisible cerco policial a la residencia de Olivos, resulta necesario hoy profundizar el consenso democrático. Esto requiere unas Fuerzas Armadas comprometidas con la democracia y los Derechos Humanos, con el desarrollo argentino y la soberanía nacional. El recorrido por mis experiencias juveniles fue el modo muy personal de plantear una esperanza que comparte hoy la gran mayoría de los argentinos.

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