Presenta el documental "Historia de mi nombre"

Karin Cuyul, entre la historia familiar y el pasado político de Chile

En su ópera prima, que recorrió el año pasado numerosos festivales internacionales, la directora aborda de manera fragmentaria hechos relacionados con la dictadura y la militancia.  
En el medio de la foto, la realizadora chilena Karin Cuyul. Su film se estrena este jueves. En el medio de la foto, la realizadora chilena Karin Cuyul. Su film se estrena este jueves. En el medio de la foto, la realizadora chilena Karin Cuyul. Su film se estrena este jueves. En el medio de la foto, la realizadora chilena Karin Cuyul. Su film se estrena este jueves. En el medio de la foto, la realizadora chilena Karin Cuyul. Su film se estrena este jueves. 
En el medio de la foto, la realizadora chilena Karin Cuyul. Su film se estrena este jueves.  

“Si no hubiera conocido al papá de Karin yo no estaría buscando nada”, dice la realizadora chilena Karin Cuyul en un momento de su documental Historia de mi nombre, que este jueves estrena la plataforma nacional Puentes de Cine. Programada en buena cantidad de festivales internacionales a lo largo de 2019, la ópera prima de Cuyul recibió una mención especial en el de Rotterdam, uno de los más prestigiosos del cine independiente. Tal como su título indica, el disparador de Historia de mi nombre es el momento en que, siendo pequeña, Cuyul --cuyo apellido significa “carbón” en lengua mapuche-- se enteró de que había otra Karin, una ex militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez secuestrada y torturada durante la dictadura pinochetista, en cuyo homenaje sus padres le habían dado su nombre. En el trayecto, Cuyul descubre que la historia de sus propios padres esconde no pocos secretos relacionados con la dictadura y la militancia.

-¿Fue cuando supiste de la existencia de Karin Eitel que tuviste claro que había una conexión entre su historia y la tuya?

-A los ocho años supe de ella, pero en mi cabeza debe haber quedado resonando la idea de que había una razón para que mis padres me hubieran dado ese nombre. Quedó dando vueltas esa idea de que “mi nombre no era mío”. Además ocurrió otra cosa: en ese momento su padre me sacó una foto para llevársela a Karin y mostrarle que había alguien que llevaba su nombre, en homenaje a ella. Mis padres nunca fueron muy afectos a conservar documentos de época, de modo que la única foto mía de pequeña que sobrevive es la que tiene Karin Eitel. Eso me pareció alucinante. Entonces me puse a investigar qué le había sucedido. En Santiago me junté con ella y tuve una impresión de familiaridad que aún hoy me cuesta describir. De alguna manera era la pieza que venía a ordenar esta historia, y las conexiones de su historia con la mía resultaron mucho más profundas que el mero hecho de mi nombre. Sin embargo tuve que hacer todo este viaje enorme para conocerla.

-No es fácil armar un documental sobre la propia historia cuando prácticamente no se cuenta con imágenes del pasado. ¿Cómo decidiste qué materiales utilizar para dar cuenta de ella, y qué estructura darles?

-Siempre fue claro para mí que iba a trabajar con archivos ajenos, y que éstos iban a ser fundamentales para construir la película. Antes de comenzar el rodaje lanzamos una campaña por Facebook para recibir archivos familiares de los 90: viajes, cumpleaños, actos escolares. Todo lo que fueran archivos domésticos. Además conté con los archivos de mi escuela primaria, que eran muy abundantes. El resultado es que tuve frente a mí un sinnúmero de posibilidades para trabajar, lo que en un principio me parecía una idea fascinante pero pronto se convirtió en una tarea enorme. Tan enorme como indagar en mi historia familiar. Luego realicé la investigación sobre los archivos oficiales y sobre estos tenía más certezas porque eran recuerdos concretos sobre cosas que sucedieron, como por ejemplo el hallazgo --en el desierto, en 1990-- de cuerpos de desaparecidos durante la dictadura.

-La película no se atiene a un orden cronológico. ¿Eso responde a la forma en que se presentan los hechos en la memoria?

-Sí, y eso es porque la memoria fluctúa mucho, es muy versátil. Esa aleatoriedad propone muchas opciones para el relato y para mí era muy importante rescatar eso, pasar de una cosa a otra, ese vértigo propio del recuerdo.

-Chile es un país propenso a las catástrofes naturales. Da la impresión de que vos y tus familias las sufrieron todas.

-El hecho de ser un país sísmico hace que todos sepamos que en algún momento vamos a vivir un terremoto. A mí lo que siempre me llamó la atención es que de alguna manera relacionaba los lugares, las llegadas o partidas, con algún desastre. El aluvión del 91 en Antofagasta, el terremoto del 95, el incendio de la casa de mi madre;  llegamos a Chiloé y el pueblo al que llegamos estaba sufriendo una plaga de ratones por el florecimiento de la quila. Todos estos eventos naturales son de un período muy corto, los entiendo como una alegoría del recuerdo totalmente vinculada con la infancia. Ahora, todos esos desastres también pueden verse como una metáfora sobre mi país, que está constantemente “levantándose”, y creo que lo hace sin mirar hacia atrás.

En un momento decís en el relato off que el lugar de donde eran tus padres no existe más. ¿Eso convierte a Historia de mi nombre en la historia de una derrota? ¿O se trata de que la patria de los padres es la del pasado, y la de los hijos el futuro?

-Principalmente es entender que el sueño político y el ideario de país por la que una generación luchó, no existe. Eso lo entendí tras conocer la historia de mi papá y mamá junto con la de Karin Eitel. Por otro lado, una generación anterior a la de ellos, la de las abuelas y abuelos, venía de otra pérdida que es el proyecto de la Unidad Popular, también interrumpido. Luego el Plebiscito del 88 viene a ratificar el país que la dictadura diseñó. Entonces son varios años y generaciones atravesadas por el fracaso. Sobre todo por el dolor, porque para instalar esta maqueta de país que somos tuvieron que asesinar, exiliar, desaparecer y torturar a mucha gente.

-Incluís fragmentos en los formatos más diversos. ¿Eso obedece a una cuestión práctica, a un deseo de poner en imágenes el carácter fragmentario de la memoria o, de nuevo, a ambas cosas?

-Hay un poco de ambas. La guía fundamental siempre fue trabajar la fragmentación del recuerdo. Eso sumado al hecho de que tuve la fortuna de tener acceso a archivos increíbles y otros que tuve que recrear con una cámara Hi8. La diversidad de formatos se dio naturalmente porque esos archivos llegaron en distintos soportes, a lo cual le añadí mis propias grabaciones en el desierto. Todo esto abría un montón de posibilidades para trabajar esta idea de la fragmentación.

-El montaje debe haber representado un “rompedero de cabeza”. Contame

sobre él, y también hasta qué punto la forma de la película se armó en esa instancia.

-Finalizado el rodaje teníamos muchas horas de viajes por distintos lugares del norte y del sur, horas de material de archivo y muchas horas de entrevistas. Aunque estas tenían una función más investigativa. Representó un trabajo largo poder construir luego el texto de la voz en off. En un primer momento fue entender estos materiales, sus funciones y los vínculos entre ellos. Fueron varios meses de montaje, y como la historia además va y viene, las posibilidades eran infinitas. Ahí se presentó un último desafío, que era que el texto que se iba relatando era lo que unía todo: el viaje, los recuerdos, la historia familiar, la historia política. Mientras ese texto no existía, fue muy difícil abordar el montaje. Hice una gran pausa para cerrar esa escritura y cuando ya supe que ese era el texto definitivo, comenzamos la última etapa de montaje. El mes y medio final fue determinante de la forma que finalmente tuvo la película. 

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