El violín que ríe

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En todas las mitologías hay violines del diablo y violines del cielo. Hay violines de musicantes gitanos y violines cuya música surge por ensalmo, se cuelga del aire, y desaparece sin darse a conocer. Retengo en mis oídos un violín tocando La Cumparsita. Se desliza como en zapatos de baile mientras en el mostrador de estaño de un boliche vacío, queda asentada una copa de caña. Si ignorara quién es el músico que está tocando, diría igual que es alto y joven, y que llega siempre tarde a todos lados en la gran ciudad. Es poco lo que sé y mucho lo que imagino, en una poética que confunde la verdad biográfica y la memoria de la ficción.

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¡Cuánto se ha escondido ese pibe de diecisiete años que dio su primer concierto en un teatro de Rocha! Un poco menos que el muchacho que brindaba serenatas a la luz de la luna en la Barra del Chuy, entre médanos y juncos, perfumando la piel rozada por el sol de las muchachas. ¿Cuáles eran aquellas melodías —las del concierto y las de las serenatas? Seguramente las Zardas de Monti, que alguien dice haber oído en Montevideo, muchos años después, ejecutada de modo magistral en un café-concert que llevaba por nombre el título de la canción que le hizo su amigo Alfredo, y que duró muy poco abierto, como corresponde a un emprendimiento de la bohemia.

El violinista se llama Carlos Julio Eizmendi. El personaje, Becho. Toca tangos “desafinados” por el mero gusto de improvisar, pero no hay músico que afine más que él; escribe las notas y divide los compases con solo silbarle la melodía y puede tocar de memoria, como hizo una noche en el Sodre con funcionario de la cultura presente y todo, cuando se dio cuenta de que las partituras no estaban en su carpeta, que se las había olvidado en su casa.

Es novedad en Spotify “Los Archivos Inéditos de Alfredo Zitarrosa.” Diez volúmenes con recitales, reportajes propios y ajenos, tangos que el cantor uruguayo nunca quiso grabar y ensayos hechos en la intimidad. Cuando oigo al violín improvisar una milonga, siento que algo bulle en una vieja cocina y que llueve en el patio; el agua cae en hileras por la pared descascarada y apaga un hollín de candombes que se quedaron esperando. Hay un perfume de tabaco y alcohol y un griterío de “botijas” que embarran la pelota en un potrero del Barrio Sur, cerca de los muros del cementerio. La milonga es barullo—etimológicamente— que recaló en un espejo. Becho toca con los ojos cerrados y recuerda a su padre tensando la navaja y aflojando una capa, repartiendo estrellas de polvo con un cepillo. El chico admira al hombre del guardapolvo blanco de peluquero y la luna se mete en la milonga improvisada.

Porque a Becho le duelen violines/ Que son como su amor chiquilines dice su canción. En otro archivo de la plataforma se puede oír el crepúsculo íntimo de un nuevo ensayo, cuando surge abruptamente el solo de violín. Hace unas marchas breves y unos rulos de cuerdas profundos sobre la madera. Pronto sabremos que lo que Becho está tocando sigue el juego del gato de la casa de Zitarrosa con una sombra en la pared. “Mirá… mirá cómo juega con la sombra del arco…” —dice la voz de Becho— y vaya uno a saber qué notas pretenden atrapar las manos del gato en sus volteretas junto a la sombra, pero a mí me recuerdan aquello que escribió una vez Cortázar sobre Isadora Duncan: “Yo puedo bailar ese sillón.”

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“Era lógico que se molestara, imaginate, verse expuesto en una obra pública siendo él hombre de gran sensibilidad, y a través de un tipo que nunca pensó iba a ponerse a escribir una canción para él”— le cuenta Zitarrosa a Elvio Gandolfo. Es el momento mismo en que le hizo escuchar a su amigo la grabación de “El Violín de Becho” traída desde Buenos Aires. Y luego informa por qué la letra dice “… toca un violín que no ama”. Aquí de nuevo aparece Cortázar, porque Zitarrosa dice que Becho perdió o tuvo que devolver un violín que le gustaba mucho, de la misma manera que Johnny Carter pierde su saxo en el Metro de París en “El Perseguidor”, y que los otros instrumentos que pudo ir reuniendo nunca le agradaron del todo. Becho está jugando siempre. Jugando y escapando. Tal vez alguien pudiera escribir la novela de Becho, el profesor, el bohemio, el niño.

Hace unos años, en el pueblo de Lascano, le hicieron un homenaje. Descubrieron una estatua. Para muchos vecinos jóvenes fue una extraña felicidad saber que Becho no era un personaje de Alfredo Zitarrosa sino un músico de verdad, el mismo músico que fue aceptado en la Orquesta Filarmónica de Múnich entre cientos de participantes en un concurso de invitación.

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Suena el teléfono en la casa de Alfredo a las tres de la mañana. “Estoy en el Jauja, ¿por qué no te venís?”— le dice Becho. El ruido del Café se está apagando, igual que su vida. Becho se irá en la mitad de la década del ochenta, lo mismo que el Café inexplicablemente cerró sus puertas poco tiempo después. Zitarrosa no pudo ir a verlo esa noche, y me parece que esa ausencia cuenta mucho en las entrelíneas de la biografía del cantor.

 

Sin embargo, hay violines que ríen. Escondido detrás de una columna —ni dórica ni jónica, una columna de viejo café montevideano—con un cuerda y los dedos por arco, Becho imita la voz de un parroquiano pidiendo caña. El violín pide la caña y el patrón, desconcertado ante el salón vacío, la sirve lo mismo. La sirve y se persigna, por si fuera un fantasma. 

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