Una de las características centrales de la economía argentina es que tiene un régimen bimonetario de funcionamiento, con dos monedas operando en su espacio económico (el peso y el dólar), algo que fue enfatizado por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en una carta la semana pasada. Sin duda esta característica ha sido una fuente de perturbación estructural durante décadas, causante de muchas crisis, pero que no tiene una explicación sólo económica, sino también cultural y política.

Para entender por qué se ha montado una lógica de funcionamiento bimonetaria no es suficiente apelar a cuestiones de simple racionalidad económica, conveniencia inversora o de ser un refugio contra la inflación. Tampoco alcanza con invocar el argumento de la rentabilidad: pues si las tasas de interés en pesos fueran más altas a las tasas de interés en dólares o mayores a la inflación, siendo más conveniente invertir en pesos, eso no alcanzaría tampoco para terminar automáticamente con la obsesión dolarizadora. Todas estas cosas ya se han hecho durante años y no funcionaron, sino que incluso continuaron profundizando el proceso bimonetario. Entonces las raíces de la explicación son más complejas y exceden los parámetros meramente económicos.

Los noventa

Para refutar las ideas economicistas del fenómeno dolarizador vale repasar qué ocurrió durante la década del '90 con la convertibilidad. En esos años se encontrará todos los argumentos ortodoxos y economicistas al respecto pero que no resultaron.

Durante el uno a uno no hubo inflación, las tasas de interés reales eran altas y positivas (incluso por arriba de las internacionales), había estabilidad, se aplicaban leyes de flexibilización laboral, los gobiernos de Menem y De la Rúa abrazaban el discurso neoliberal, había una subordinación al programa económico del capital concentrado, se había eliminado la puja distributiva (por lo que los sindicatos perdieron poder y las “presiones salariales” no existían), se contaba con respaldo del FMI y del Banco Mundial, existiendo un alineamiento con las potencias occidentales. Además, con la convertibilidad, había una moneda local que los liberales llamaban “sana” y con tendencia a fortalecerse. Es decir, se cumplían todas las condiciones reclamadas por el pensamiento ortodoxo y los incentivos económicos para que hubiera confianza en el peso, lo cual supuestamente desalentaría el patrón bimonetario.

¿Qué pasó, sin embargo, en los noventa? 

Todo lo contrario a lo prometido: durante toda la vigencia de la convertibilidad se exacerbó la tendencia dolarizadora. Si se consideran los depósitos y préstamos en dólares sobre el total del sistema financiero (pesos + dólares), estos se duplicaron al pasar del 35 al 75 por ciento, al tiempo que la fuga de capitales se aceleró. Una clara refutación empírica a la teoría por la cual para resolver la cuestión los “incentivos” deben ser simplemente económicos.

Definición y problema

Se debe reconocer la excepcionalidad argentina. Pues es verdad que fenómenos como la fuga de capitales o los controles cambiarios existen en muchos países, y que incluso pueden ser temas más profundos que aquí. Pero lo que existe no es simplemente eso, sino una bimonetización muy alta del sistema económico.

Se suele decir que una moneda para ser dinero debe cumplir tres funciones

1. Medio de pago.

2. Unidad de cuenta. 

3. Reserva de valor. 

El peso cumple la primera y segunda función para transacciones cotidianas pero no las alcanza a todas ellas (por ejemplo, deja afuera a las transacciones inmobiliarias), teniendo muchas dificultades para cumplir la tercera función, la cual muchos delegan en el dólar.

A veces, además, se suma una cuarta función al dinero, como es ser recurso especulativo, en dónde también la preferencia por el dólar se vuelve predominante en la economía argentina. Ya que, por ejemplo, en las devaluaciones se producen grandes transferencias de ingresos que benefician a quienes apostaron por la divisa en contra de la moneda nacional.

Conviven ambas monedas (el peso y el dólar) y ambas se disputan el espacio monetario. Los problemas que eso implican son muchos. Uno de ellos es tener una institución extranjera -el dólar- disputando el espacio económico local, lo cual coarta la soberanía y resta capacidades.

Otro gran problema es que por la estructura e historia económica argentina (y todas las dificultades que la inundan) el patrón bimonetario profundiza las debilidades: a la restricción externa, los desequilibrios productivos, la elevada carga de la deuda externa, la fuga de capitales y fortísima propensión dolarizadora, hace que los dólares no alcancen para atender tantos frentes.

Así la demanda siempre es superior a la oferta, con lo cual el dólar nunca tiene techo. Esto le da veracidad a la frase que repiten en la city sobre que “no importa el precio, el dólar siempre está barato”.

Con todo esto se agudizan los desbalances externos por falta de dólares y se producen las crisis y devaluaciones recurrentes. Por ello mismo, como sugiere la vicepresidenta CFK en su carta, de no haber un pacto político o nuevas pautas, todo esto continuará.

Larga data

Vale recordar que en octubre de 1931 se aplicó el primer control cambiario en la historia del país, aplicado por la dictadura liberal-conservadora de Uriburu. Desde la década del '30 la preferencia por el dólar se fue profundizando.

Dicha preferencia por el dólar de entonces era algo de alguna manera “común” y “esperable” no sólo aquí, sino en todo el mundo, ya que la hegemonía económica estadounidense se expresaba, entre otras cosas, con el poder de su moneda. Sin embargo, en Argentina esa pasión por el dólar nunca paró de crecer.

Por ejemplo, en 1964 el gobierno radical de Arturo Illia mandó a pesificar al tipo de cambio oficial todas las cuentas bancarias en dólares, ya que la alta tasa de dolarización del sistema se estaba convirtiendo en un gran problema para la economía nacional.

Con todo, fue el Rodrigazo de 1975, la implantación del modelo neoliberal de la dictadura cívico-militar que comenzó de 1976 y con la reforma financiera de Martínez de Hoz aplicada en abril de 1977 que la lógica bimonetaria se aceleró como nunca antes, empujada por el crecimiento de la deuda externa, la concentración económica y la fuga de capitales.

La bimonetarización se expandió a toda marcha dolarizando el mercado inmobiliario, las tarifas, las obras de arte, el pase de los futbolistas, la nafta y automóviles de alta gama, convirtiéndose en la variable central de la economía, al devenir también la gran formadora de precios. 

Como además, ser el termómetro político de los presidentes y el índice de probabilidad de ocurrencia de una crisis. Porque si un Presidente mantiene quieto el valor del dólar, su popularidad sube, en cambio, si se escapa, la aprobación en las encuestas se derrumba. Para dominar la política es necesario tener dominada la economía y, para ello, es indispensable controlar valor del dólar.

Las tres décadas que van entre 1970 y el colapso del 2001, la fuga dolarizadora nunca se detuvo, financiada por el proceso de megaendeudamiento del Estado. No importó qué modelo económico se aplicara o qué tipo de gobierno hubiera: populismo peronista, militares, radicales, peronistas neoliberales o la Alianza, la fuga y dolarización siempre crecieron.

Esto último no es menor pues es otro cachetazo a la teoría de los “incentivos” o que explica la bimonetización sólo por una cuestión defensiva frente a la inflación. Pues ocurrió en los '70 con el modelo industrial, en los '80 con una inflación descontrolada, también persistió en los '90 cuando no hubo inflación y continuó con la inflación moderada del kirchnerismo.

Hubiera “cepo” (como en los años 2011-2015) o no lo hubiera (como con el macrismo, 2015-2019) la pasión por el dólar nunca frenó. Es decir, la dolarización excede cualquier incentivo económico o lógica de funcionamiento y debe remitirse a sus raíces históricas, culturales y políticas porque no depende de condiciones que se podrían llamar “objetivas”: no se soluciona subiendo las tasas, liquidando la inflación o con más la rentabilidad.

El caso Brasil

Según un informe realizado por el gobierno de Estados Unidos en 2005, Argentina es el país con más cantidad de dólares por habitante en el mundo fuera del país emisor. Encabezaba el ranking con 1300 dólares, cuando Brasil poseía apenas 6 dólares. Un diferencia sideral.

Además, Brasil desde su independen­cia declaró la cesación de pagos nueve veces, contra ocho de Argentina, durante el siglo XX tuvo una historia inflacionaria muchísimo peor a la argentina, un PIB per cápita más bajo y, sin embargo, su cultura dolarizada es infinitamente menor. Por su parte, el mercado inmobiliario no se ex­presa en dólares ni está permitido tampoco abrir cuentas bancarias en moneda extranjera allí. Parece ser entonces que los motivos “objetivos” para explicar la dolarización en la Argentina no alcanzan

Si bien la falta de dólares es un problema para todos los argentinos por las consecuencias que genera, la cuestión de cómo adquirirlos no es homogénea. Según el Banco Central, en las últimas décadas el promedio mensual de personas que compraron dólares ha sido de entre 1 y 2 millones (menos del 10 por ciento de la población adulta) y durante la pandemia se ha multiplicado, para ubicarse entre 4 y 5 millones de personas (casi el 20 por ciento de la población adulta). Queda claro que más del 80 por ciento de los adultos no compran dólares oficiales, sin embargo en los medios se presenta la cuestión de su adquisición como un problema de “todos”.

En este sentido, no sólo no es un problema de “toda” la población sino solo de quienes se desviven por adquirirlos, pero sobre todo de quienes lo hacen en grandes cantidades, que son las clases altas. Específicamente, quienes compran, dolarizan y fugan son los grandes capitales concentrados.

De los 100 mil millones de dólares que creció la deuda externa durante el macrismo, el 86 por ciento terminó fugada. Además, prácticamente el total de esa fuga se explica por lo realizado por menos de 1000 agentes económicos. Es decir, un puñado de personas fueron las que se beneficiaron en dicha periodo al dolarizar sus ganancias y fugarlas con los dólares baratos que el macrismo les proveyó.

Por ello mismo, vale considerar que con las presiones cambiarias y la construcción del régimen bimonetario han logrado convertir a “su” problema de conseguir dólares en un tema nacional, como si fuera de toda la población.

El sector inmobiliario es una ejemplo interesante. Como han mostrado las investigaciones de Alejandro Gaggero y Pablo Nemiña, el primer aviso clasificado de una propiedad ofrecida en dólares fue en julio de 1977. Sin embargo esa tendencia no creció en todos los sectores de la población a igual velocidad. Tres años después, en 1980, el 75 por ciento de de las propiedades de Barrio Norte de la Capital Federal (un barrio de clase alta) se ofrecía en dólares, mientras que en Almagro –un barrio emblemático de clase media– la proporción llegaba al 25 por ciento, y en Barracas y Constitución (barrios de clase baja) no llegaba al 6 por ciento.

De ese modo, otra vez, desde las clases altas se fue esparciendo la lógica de bimonetarización. Un problema que de no atacarse y buscar resolverlo continuará perjudicando a la mayoría de la población, volviendo más pobre y endeble a la economía argentina. Y así más propensa a sufrir crisis, devaluaciones y colapsos.

* Economista. Doctor en Ciencias Sociales (UBA/UNDAV/Conicet).

 

Autor del libro Crisis económicas argentinas. De Mitre a Macri.