PANTALLA PLANA

La doble excepción

Se estrenó Gambito de dama y levantó polvareda: ¿es una serie feminista? La redefinición de la femme fatal y las posibilidades de una mujer en un universo donde "reinan" los varones.  

Este mes Netflix estrenó The Queen´s gambit protagonizada por una magnética Anya Taylor-Joy. Los comentarios y rumores en los que se involucran las palabras “feminismo” y “feminista” motivan una escritura por agotamiento: no todo producto de la cultura en el que una mujer tiene centralidad puede ni debe ser llamado feminista. Si nos aventuramos un poco más podríamos asegurar que Gambito de dama no es una serie feminista, aunque señalarlo resulte difícil si no queremos decir algo acerca de los feminismos que no suene a propaganda o a publicidad, ahora que todxs somos feministas. 

Demasiadas reseñas existen como para lanzar el alerta pero baste decir que las líneas que siguen contienen un doble spoiler, el tradicional y el que advierte sobre lo que la serie reproduce y que intenta encubrir. GDD tiene virtudes, en particular el arte y el vestuario, que enamoran. Es atractivo asistir al retrato de una mujer a la que nada, literalmente nada, la detiene. Ni siquiera la muerte de la que huye en la primera escena. Una reina, una ganadora. Sin embargo la estructura narrativa de la serie está construida en base a una doble excepción. La primera consiste en mostrar a la protagonista como una genia en el ajedrez que desde niña posee una destreza “intuitiva”, una especie de niña prodigio. Así se construye una figura de anomalía y por lo tanto el colectivo de personas que se identifican con ella (en este caso las mujeres) observan que se nace con talento, se nace excepcional, no es posible aspirar a lo que ella hace. 

La segunda: el universo de varones que rodea a la protagonista no se comporta de acuerdo a la norma que establece la masculinidad (no maltratan, no solicitan favores sexuales, no acosan) y las mismas personas que observan la anomalía también asisten a la idea de que ella puede moverse con libertad en ese mundo masculino gracias al mérito individual. La noción de genialidad es un constructo social. Una serie de eventualidades debería darse para que un individuo de un colectivo históricamente postergado, ninguneado o violentado acceda a formar parte de cualquiera de las actividades que no le son afines a su rol social, a su género, a su clase, etc. 

Si el individuo en cuestión –Beth Harmon (Taylor-Joy), quien juega al ajedrez–, tiene un rendimiento superior al que se espera de él se lo aísla con el mote de genio, lo que lo vuelve excepcional. Así, los miembros privilegiados –los varones que compiten contra Harmon en este caso– pueden aceptar ser vencidos porque la fuerza que los somete es cercana a la de un dios. Esta narrativa sostiene el orden imperante, dentro y fuera de la serie: para mujeres y para varones es tranquilizador y refuerza los lugares socialmente asignados. 

Si bien resulta atractiva y soñada para ojos incautos, la masculinidad que la serie exhibe es del orden de lo inverosímil, incluso por su escasa complejidad. El efecto de no realización de lo esperado por ser varón (violación, demanda de sexo, abuso, etc.), que bien pudiera funcionar si se enfocara en uno solo de los personajes, se agota al extenderlo al universo de los varones protagonistas. Beth Harmon se mueve en ese mundo de varones como si la sola genialidad no alcanzara. No es difícil imaginar a quien es su maestro de ajedrez en la infancia, conserje del orfanato en el que vive, abusando de ella en el sótano donde le enseña a jugar en lugar de ser ese maestro obnubilado por el genio que ve desplegarse ante sus ojos. 

Lo curioso es que de ahí en adelante toda la serie se edifica en base a varones que la alientan, la desafían, la protegen o sencillamente se hacen a un lado, como piezas de un ajedrez sin pasiones. Bien sabemos las mujeres que en ningún ámbito de nuestras vidas tal cosa sucede. Pero no sólo la masculinidad aparece distorsionada. Las mujeres retratadas en la serie actúan colaborando y estimulando a la protagonista a la manera en la que los varones se comportan con sus hijos varones en el rol de padres, o con sus amantes mujeres en ese rol. Desde la madre biológica hasta la amante ocasional de Harmon construyen un universo que expone un guión escrito desde una mirada eminentemente masculina. Por supuesto que una narrativa feminista y/o un modo de producir feminista no se garantizan por la sola presencia de mujeres, pero no deja de ser pertinente abrir la puerta de la sospecha cuando son varones de la industria del cine los que cuentan la historia de una mujer. 

Dos escenas son reveladoras en este sentido: la amante que aparece la noche anterior a la partida más importante de su vida y que propone una noche de placer, luego de la cual pierde; y la revelación de que su madre biológica es responsable de su dolor hacia el final, luego de la cual gana. El placer entre mujeres te hace perder, el dolor de recordar tus traumas infantiles a causa de una mujer te hace enfocarte para ganar. ¡Qué delicia feminista! La narrativa hollywoodense triunfa porque reproduce siempre un discurso de verdad: ¿o es que acaso no íbamos a ser reinas? Pero cuidado, ser reina es una posición transitoria dentro de un juego, no una posición cristalizada a la que acceder de manera vitalicia. Ser reinas sí, si la condición es la transformación de todas las peonas que llegan a la última línea de la posición contraria. Hollywood también gana porque seduce con una versión renovada de la femme fatal. Harmon no avanza seduciendo con su sexo, seduce porque gana por su talento excepcional. Pero para quienes la miramos desde afuera, la figura de la femme fatal se despliega con toda su fuerza: no posa para los personajes, posa para lxs espectadorxs.

Una de las estrategias empleadas para ignorar, condenar o minusvalorar las obras o acciones de los miembros de grupos “inadecuados” consiste en aislar la obra de la tradición a la que pertenece y su consiguiente presentación como anómala, así lo señala Joanna Russ en Cómo acabar con la escritura de las mujeres. En este caso la obra se realiza en la protagonista, por lo tanto la anomalía es el mismo personaje. En la misma línea podríamos ver Gambito de dama: como la expresión de un sueño cumplido, un mundo de varones que se tiende a los pies de la reina. Lamento ser aguafiestas. Quiero creer que los sueños feministas no son los de abocarnos a la arquitectura de reinas. Ese es el sueño liberal individual y su concreción implica la consumación de una pesadilla colectiva. Donde hay reinas… ¿qué más habría? Deseando los oropeles de la excepción vestida de boina y tapado blancos, olvidamos el esplendor del sudor creativo que hay en el fango colectivo. Si queremos celebrar la singularidad, el matiz, no es necesario recurrir a las narrativas de la excepción. Nada impide que nos maravillemos ante el talento y la magia que aparece en lo singular de una creación cuando se comparte el fondo del barro común. La estrategia de presentar a Beth Harmon como excepción nos hace caer en la trampa de la minoría. 

Nos seguimos pensando como una minoría porque este tipo de narrativa universaliza la excepción: todas las que hacen algo bien son excepcionales. El gesto de darle un lugar a la posición que examina la crítica celebratoria de la serie es el de pensar un fenómeno que trasciende la propia serie. ¿Podría un feminismo partir de lo individual hacia lo singular, uno que piense seriamente lo político desde lo personal? Por supuesto que cada une empieza desde dónde puede. El problema es que estas narraciones parecieran proponer un techo, que bien podría ser un piso. Más aún, no se preocupan en señalar la dificultad que hay en cada piso, ni se percatan de las diferentes superficies y alturas que tienen.

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