Maradona

Imagen: AFP

Sobre las luchas grecorromanas desarrolladas antes de cristo en el Coliseo, sólo tenía visto la programación completa de Titanes en el Ring. De las conquistas con genocidio incluido a cargo de los pueblos fuertes sobre los débiles, arrollando territorios y culturas, sólo contaba con una dudosa síntesis, escrita desde las carabelas, por la revista Billiken para la semana del 12 de octubre. De la necesidad de una bandera, una patria, una nación, un sueño, vivenciaba periódicamente un recorrido por un monumento con forma de barco y un mirador hacia un bello delta escondido. 

Sobre la lucha de clases sólo conocía un ruido recurrente en mi panza, ahogado a mate cocido, e incómodos agujeros en la media suela de mis zapatos. Si la política es la guerra por otros medios, todo es política y el arte radica en el cómo, tal vez el juego sea una buena manera de practicar una política popular. Nadie miente cuando juega, en el recreo cada uno se muestra tal cual es. 

Nunca viví al fútbol como un deporte, fue una forma de sentir, un estado de ánimo, un lenguaje sin palabras... un desquite. Sinónimo de alegría, nunca lo jugué triste, la pelota no lo permite, no se mancha, transmite cierta energía vital que nos sube por los pies hasta el centro del pecho, para los zurdos, el trayecto es más directo, más sanguíneo, más creativo, el arte siempre nace en el corazón. 

En el campito no existían los privilegios, el dueño del capital, generalmente iba al arco. Ejercitando la democracia del pan y queso se priorizaba el talento. Sin árbitros, técnicos, profesores ni canchas marcadas, sólo la luna ostentaba poder suficiente como para terminar desafíos, éramos felices sin descanso. 

Una tarde, Don Alberto, carnicero del barrio y padre de un amigo, interrumpió una charla en el patio de su casa con el suplemento deportivo de un diario del lunes, para mostrarnos una nota que le había llamado la atención. " Miren, tiene la misma edad que ustedes y ya debutó en primera, juega para Argentinos Juniors...se llama…Maradona".

Guardo aquella imagen, sembrada por la magia, como una de las tantas flores que pueblan misteriosamente el jardín de mis recuerdos. Después, todo pasó muy rápido. Hay sujetos que, aunque busquen ser artífices de historias mínimas, una fuerza extraña los empuja a convertirse en objetos de la historia grande, en capitanes de sueños colectivos, son seres que no dudan en dejar jirones de su alma en cada paso del camino impuesto. 

El Diego resumió todo aquello que movió mis sentires en mi juventud, fue un gladiador en estadios gigantes que rugían como coliseos, representó al conquistado en un juego diseñado por el conquistador, hizo estéril su fuerza bruta en cada amague, en cada gambeta. El arte de mentir, posiblemente, surja como legítima defensa ante la fuerza de la destrucción. Mintiendo, los Incas lograron invisibilizar una ciudad entera, escondiendo la redonda debajo de su botín izquierdo, el enemigo se ponía nervioso y ciego. 

Dejó en claro que sabemos adaptar a nuestra idiosincrasia la forma de jugar, lo hizo con la bandera pintada en la piel, como un Falucho nacido en Fiorito. Cuando le preguntaron, contestó. Cuando se equivocó, pagó. Su honestidad no le dejó conjugar el verbo convenir. Dijo siempre lo que sintió. No permitió que objetivaran las subjetividades, el jugador siempre es lo más importante junto con la pelota, todo lo demás es parte de un negocio. 

 Nada debe porque nada pidió, se entregó por completo en cada jugada, nada se guardó, siempre se involucró. Entre los líderes eligió a Fidel, se subió al tren contra el ALCA, entendió cuál era el arco contrario, nunca se lo perdonaron los poderosos, aquellos que anhelaron verlo como ganadero exitoso, productor sojero, hombre de la bolsa o funcionario de una mafia multinacional. 

De pibe seguía el consejo de mi abuela para eludir pesadillas, "tenés que esperar el sueño pensando en algo lindo, soñando despierto con los ojos cerrados, tenés que ayudar a la maquinaria de tu cerebro". Siempre acudía al mismo deseo, al sueño del pibe, "eludiendo a todos enfrenta al arquero y con fuerte tiro quebró el marcador”, después besaba la camiseta con mis colores amados y finalizaba dando la vuelta olímpica junto a la hinchada. 

Pelusa no sólo hizo realidad millones de fantasías, también las superó, no debe ser gratis mejorar lo soñado por un inconsciente colectivo. Hoy los diarios dicen que murió, alguna vez aseguraron que había abandonado el fútbol. No se puede mentir tanto. 

Un amigo sigue vivo en uno hasta que nos toque abandonar este mundo. Cuando el insomnio me desvela, acudo a la maquinaria tecnológica, ya no me imagino mi partido ideal, pongo el video contra los ingleses y a los pocos minutos me quedo dormido en el sillón con una sonrisa robada a mi infancia.

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