No fue un dios, fue Diego

Imagen: Télam

Sería fácil entender a Diego, si Diego respondiera a lo políticamente correcto, si su vida se hubiese regido por el construido sentido común, que no es más que la voz del poder circulando sin ton ni son por reproductivas sociedades. Pero a Diego no se lo debe de entender, solo sentir.

Respondiendo la pregunta de ¿Cómo se siente a Diego? Podríamos empezar diciendo desde la habilidad de su zurda, sin mentir ni un céntimo, sería sumamente incompleto. No respondería las lágrimas de millones, al deseo de saludarlo por última vez, no respondería a los twits insultantes de algunos ineptos, eunucos sociales, tampoco respondería a la infinita expresión de dolor en otros pueblos, en diversas camisetas, y si hubiese un cielo, creo que lejos de alegrarse por encontrarlo cara a cara, estaría triste de saber su muerte.

¿Y entonces?

Pienso que a Diego se lo puede entender en aquellos que sus días tienen muchas horas de trabajo, inclusive el trabajo de armar todo en su casa diariamente, para luego producir para el sistema.

En aquellos que poseen una mísera jubilación, y luego de vivir una vida de esfuerzo y privaciones, se ven pobres y limitados, sin salud y sin futuro mejor.

En aquellos que la suma de su color de piel, más los flacos bolsillos, más la falta de una adecuada educación y modos refinados en su expresión, se los considera esos negros de mierda.

Lo vamos a sentir:

En aquellos territorios bombardeados por el imperio, sometidos por sus gobernantes, ausentes de toda ausencias, hambre, fuego y sangre, dolor, muerte y miedo, rigiendo sus vidas desde pequeños.

Lo encontraremos entre las latas, en el barro de Villa Fiorito, en las trabajadoras del sexo, que alimentan la inútil virilidad del depredador, el cual se olvidó del amor, mucho antes de que se lo negaran a ella.

En las aguas contaminadas de plomo en la Matanza, en la depredación de los bosques, en los desaparecidos que como él, peleaban por un mundo un “cacho” más justo.

Ahora luego de todo esto, la descripción es incompleta, sino expresara que como el agua, su muerte hizo flotar la mierda.

Flotar los que creen que es un deportista drogón.

Los que creen que se comió el personaje y como negro de mierda que es, se mareó.

La mierda que devela el odio por lo popular, aquello que entregan lo que poseen, una lágrima, una camiseta, un humilde ramo de flores, un pasar por su ataúd luego de horas de espera, una construcción de un altar, un recuerdo, o simplemente el dolor por el otro y por sí, que brilla ausente en los egoístas corazones ya oxidados, de quienes ostentan la razón de su existir en la afrenta a un pueblo, inclusive en ocasiones, negando su procedencia.

También se lo encuentra en esa última gambeta que el humilde trabajador hace para comer y darle de comer a sus críos, comprar un cuaderno al hijo, un medicamento a su pareja, es el estandarte de quienes perdemos todos los días, solo que hay algunos que se han creído que ganan.

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