La nena más linda de la playa

EL CUENTO POR SU AUTOR

“La nena más linda de la playa” es el cuento más autobiográfico de Todos los minutos para vos, mi último libro. Hace dos veranos fuimos a pasar unos días a Pinamar con mi mujer de entonces y con su hija, que en ese momento tenía seis años. Una tarde la nena se perdió en la playa y esa noche le di forma en mi cabeza a un relato que al volver a Buenos Aires sólo tuve que teclear. Salvo por los nombres de las protagonistas y por el detalle (gigante, que me ayudó a tomar algo de distancia y a definir al personaje) de que, a diferencia del narrador, yo sí tengo un hijo, podría decir –si obviara la idea de que la misma escritura ya constituye una distorsión de cualquier realidad– que casi todo lo demás es verídico. Desde el principio la narración de la pérdida trajo incorporada la historia subterránea que, parafraseando a la “Tesis sobre el cuento” de Ricardo Piglia, debe estar cifrada en los intersticios de la historia más visible para que, al volver a la superficie, posibilite que una mera anécdota se transforme en un cuento.  

LA NENA MÁS LINDA DE LA PLAYA

La hija de mi mujer se perdió en la playa. Tal vez debería referirme a ella como “mi hijastra”, pero esa palabra nunca me gustó. A ella no le gustaba “padrastro” pero tampoco “segundo papá”, el término que a veces intentaba inculcarle Gimena. A pesar de que su verdadero papá había viajado hacía casi dos años y nunca había vuelto a visitarla, ella lo seguía queriendo y parecía estar muy en contra de que otro hombre ocupara su lugar. Y aunque a sus seis años no tenía por qué saberlo, su verdadero papá, poniendo diferentes excusas, había dejado de mandarle plata varios meses atrás. Y entonces yo, que había armado mi vida cuidándome de no tener hijos y que al conocer a Gimena le había dejado en claro esa intención, ahora, a mis cuarenta y dos años, me veía cumpliendo, aunque nadie me diera ese título, un rol de papá hecho y derecho.

La mañana del sábado en que Natalia se perdió fue como las cinco anteriores. A eso de las diez llegamos los tres a la playa y desplegamos las toallas sobre la arena. Gimena y yo nos tiramos al sol, Nati se fue con su balde a la orilla y al rato volvió para preguntarme si quería meterme con ella. Gimena no disfrutaba mucho del mar porque decía que las olas la revolcaban y que el agua le arruinaba el pelo; se metía para combatir el calor, sí, pero no más de dos o tres chapuzones por día. Nati, en cambio, era fanática de las olas; tan fanática que en esos momentos se olvidaba de ser arisca y distante conmigo. Primero pisábamos la orilla de la mano, ella se reía ante mis quejas exageradas por lo fría que estaba el agua, y enseguida me pedía que fuéramos a hundir las cabezas, que la alzara y la llevara “a lo más hondo”. Esa mañana el mar estaba picado: yo la sostenía con fuerza contra mi pecho y ante el rompimiento de las olas más grandes gritábamos y nos reíamos. La tarde anterior, en la peatonal, una mujer dominicana le había hecho trenzas en el pelo, y ella entonces salió del agua con miles de piedritas y caracolitos cubriéndole la cabeza.

Recién después de ese primer baño Gimena me cubrió el cuerpo con protector solar. Nati se quedó en la orilla y se puso a hacer castillitos con una nena de su misma altura que acababa de conocer. Cuando volví a sentir mucho calor y pasé cerca de ellas mirándolas con una sonrisa, escuché que la otra nena le preguntaba a Natalia si yo era su papá. Entonces Nati dejó la pala, me miró muy seria y después miró a su nueva amiga, y para no escuchar su respuesta entré corriendo al mar. Nadé hasta bastante más allá de la rompiente, donde el agua cambiaba de color y estaba un poco más fría, y me quedé unos minutos flotando ahí, pensando en lo que estaría haciendo a esa hora en Buenos Aires y fantaseando con la idea de irnos los tres a vivir a una casa cerca del mar y no volver al calor de la ciudad ni a tomar un colectivo lleno de cuerpos pegajosos nunca más.

Cuando volví a la orilla Gimena estaba conversando con los padres de la nena. Por sus tonadas me di cuenta de que eran cordobeses. Después de las presentaciones, mientras preparaban un mate, pude observarlos mejor: Luis tenía más o menos mi edad y todavía un poco más panza que yo; Moira tenía unos cinco años menos y era flaquita y rubia como su hija. Después me fui enterando de que él trabajaba en un banco y ella era profesora de gimnasia. La nena se llamaba Maia y seguía jugando con Nati cerca de la orilla. Me gustaba pensar que ellos daban por descontado que yo era el papá sanguíneo de Natalia: eso me hacía sentir importante.

A la una del mediodía, después de almorzar unos choclos enmantecados, Gimena decidió quedarse en la playa con los cordobeses, porque Nati estaba muy entretenida, y yo volví al departamento que alquilábamos a doscientos metros de ahí. Me duché para sacarme la sal y la arena, comí una manzana y me tiré a dormir la siesta. A las cuatro me despertó un mensaje en el teléfono: Gimena me pedía que por favor le llevara plata y algo para tomar. Ahora?, le pregunté yo, y ella me respondió un cuando quieras que supe bien interpretar como un “cuanto antes”. Entonces, sin demasiadas ganas, volví a ponerme la malla húmeda, las ojotas y la remera, busqué plata, caminé hasta el almacén y compré medialunas y una botella de agua saborizada.

A la hora de la merienda la playa estaba muchísimo más poblada que al mediodía. Como era sábado mucha gente habría salido temprano desde otras ciudades. Gimena no estaba en el lugar donde habíamos estado antes y yo me puse a dar mil vueltas bajo el rayo del sol. Como no había traído el celular, para evitar que se me llenase de arena, llamarla no era una opción. Cuando decidí volver al departamento la vi caminar en sentido inverso al mío. Antes de que me hablara me di cuenta de que también estaba de malhumor. Me preguntó de dónde venía, me dijo que me había llamado mil veces, que se estaba muriendo de sed. Yo le dije que el enojado era yo, que la estaba buscando desde hacía media hora, y ella me respondió que me había esperado en la entrada del parador y yo le expliqué que había entrado a la playa a la altura del muelle porque había ido a comprar lo que me había pedido. Entonces ella me sacó la botella, tomó un trago larguísimo, y después de una discusión horrible me obligó a unirme a la sombrilla de los cordobeses. Y me irrité al darme cuenta de que ella hablaba con sus nuevos amigos con total simpatía.

Cuando Nati y Maia volvieron de la orilla y se fueron a un inflable que estaba cerca del parador, yo, como no quería que ese malhumor se alargara hasta la noche, hice un esfuerzo y le pedí a Gimena que por favor me acompañara un minuto, que tenía que decirle algo importante. Entonces caminamos hacia el mar y la tomé de la cintura y la empujé hacia el agua, le pedí que se mojara la cabeza porque se estaba insolando, que era la insolación la que la hacía enojarse de esa manera tan irracional conmigo, y forcejeando con suavidad llegamos a la rompiente. A medida que nos cubría el agua yo me daba cuenta de que ella se aflojaba. Después de aguantar un par de olas la llevé hasta donde el mar cambiaba de color, la abracé apretándola contra mi cuerpo y, aprovechando la impunidad que nos daba el océano, le bajé un poco la bombacha y la acaricié. Ella se rió y nos besamos y nos quedamos ahí flotando un rato más.

Ya reconciliados y de mejor humor volvimos a la playa. Los cordobeses nos convidaron unos churros que acababan de comprar. Mientras nos hablaban de las reformas que planeaban hacer en su casa, Maia vino sola desde el parador y cuando su mamá le preguntó por Nati ella respondió que no sabía, que en un momento le había dicho que tenía ganas de hacer caca y que iba a buscar a la mamá (al decir eso señaló a Gimena) para que la llevara al baño. Entonces Gimena tuvo que dejar de comer su churro para ir a buscar a Natalia y yo seguí escuchando los planes de la feliz pareja cordobesa, aunque a medida que pasaban los minutos y Gimena no volvía empezaba a sentir que algo raro estaba pasando.

Dejé de comer yo también y fui a buscar a Gimena. Cuando la vi, a unos cincuenta metros, volviendo del parador por entre las carpas, me di cuenta de que estaba preocupada. Le grité desde ahí y un tipo musculoso, que evidentemente ya estaba al tanto de todo, me preguntó cómo era la nena y al ver la desesperación de Gimena, que crecía a medida que pasaban los segundos, nos dijo que iba a ayudarnos en la búsqueda. “Bajita es”, fue lo primero que me salió decirle, aunque enseguida me di cuenta de que eso era lo mismo que no decir nada, que en realidad todas las nenas de su edad eran bajitas. “Tiene seis años, el pelo negro con trencitas, y una malla rosa floreada”, le dije, mientras me parecía irreal que yo estuviera diciendo eso y que Natalia estuviera perdida.

Vi cómo Gimena se iba trotando hacia la orilla. Mi primer impulso fue el de seguirla pero me di cuenta de que así no serviría para mucho: era mejor diversificar la búsqueda. En esas ocasiones, lo descubrí, el tiempo y los pensamientos se mueven de una manera rarísima. No quería reflexionar mucho sobre lo que estaba pasando, no podía terminar de poner en palabras que Nati estaba perdida, no podía imaginarla sufriendo o lastimada, y para eso tenía que permanecer en movimiento: entré a los baños del parador, corrí hasta el parador vecino, salí a la calle, caminé unos metros hacia el lado del departamento, volví a la playa, vi cómo los cordobeses también estaban nerviosos y volví corriendo al parador donde me crucé con el tipo musculoso que les preguntaba a unos adolescentes que estaban tomando licuados si no habían visto a una nena de seis años con trencitas en el pelo dando vueltas por ahí. “Ese es el papá”, me señaló el musculoso y los adolescentes, en vez de pararse y sumarse a la búsqueda, le respondieron que no la habían visto y siguieron con sus boludeces. Tuve ganas de acercarme y gritarles que hicieran algo, que movieran el culo, que al menos jugaran un rato a hacerse los héroes, pero que no se quedaran ahí como pelotudos, que había una nena perdida… pero no les dije nada porque empecé a escuchar unos aplausos que venían desde la playa y corrí hacia allá con la esperanza de que fueran por Nati.

Los aplausos eran por ella, sí, pero no porque alguien la hubiera encontrado: ahora toda esa parte de la playa estaba al tanto de la búsqueda y aplaudía para que otros también lo supieran y se sumaran. Corrí a pedirle a un guardavidas que la buscara en el agua y me respondió que ya lo estaban haciendo. Corrí hacia el lado del muelle y, recordando cosas que había visto en los noticieros, pensé en decirle a alguien que llamara a la policía para que armara un operativo cerrojo en las entradas y salidas de la ciudad: imaginar a Nati secuestrada, aunque sea por una milésima de segundo, me aceleró las palpitaciones. En un momento de mi corrida sin planificación me volví a cruzar con el tipo musculoso, que me dijo que no me preocupara, que seguramente la nena estaba perdida, y esa suposición, por la negativa, de que Nati pudiera estar otra cosa que no fuese perdida, en vez de tranquilizarme me angustió todavía más.

El musculoso me dijo que iba a hablar con los del parador para que avisaran por los altoparlantes y yo le dije que iba a volver a buscar por la calle. Después sentí que alguien decía señalándome a mí: “el de barba y malla roja está buscando a su hija”. En otras circunstancias me habría incomodado andar luciendo mi panza de acá para allá ante la atención de todos, pero en ese momento hubiera inflado mi cuerpo hasta hacerlo estallar con tal de que Nati apareciera sana y salva. Cuando volví a la calle me quedé paralizado por primera vez: durante unos segundos interminables permanecí estático sin saber dónde ir. Pensé en Gimena, en lo desesperada que debía estar en ese momento, y sentí una nostalgia profunda de la pelea que habíamos tenido más temprano: pensé que ojalá ahora estuviéramos peleados, serios, malhumorados, pero con Nati al lado nuestro. Cuando estaba a punto de ponerme a llorar sentí que alguien gritaba desde arriba. Era un hombre que me preguntaba, desde la terraza de un edificio de tres pisos, si no quería usar su drone para buscar a la nena. Yo me desconcerté y le pregunté a los gritos si se podía hacer eso; él entendió que me refería a la legalidad de la maniobra y me respondió que no se podía pero que lo haría igual, que si quería subiera a la terraza.

Pero cuando estaba caminando hacia la puerta del edificio, sin entender demasiado aunque dejándome llevar por la inercia, vi que el tipo musculoso se me acercaba gritando: “¡dicen que la vieron, está en los toboganes, dicen que la encontraron allá!”. Yo tardé unos segundos en darme cuenta de que me hablaba de unos toboganes acuáticos que estaban a unas cinco o seis cuadras de ahí hacia el lado del centro. Dos días antes Nati había pasado cuarenta y cinco minutos (tres turnos de quince, me acordé) tirándose por ellos. “¿En los toboganes?”, pensé o grité, “¿cómo carajo llegó hasta ahí?”, y empecé a correr por la calle.

El musculoso también se puso a correr, y como no quería hacerme ilusiones le pregunté quién le había pasado el dato. “¡En el parador!”, me gritó, “¡alguien llamó desde allá!”. Y como yo no dije nada agregó: “no te preocupes, dicen que está bien, que tenía la malla puesta y todo”. Esa última aclaración me hizo correr más rápido todavía. Desde hacía unos diez años, desde que había dejado de jugar al fútbol con amigos, que no corría más de cien metros seguidos. Si en otras circunstancias alguien me hubiera ofrecido mil dólares para correr a esa velocidad yo no habría podido hacerlo. Pero ahora me dejaba llevar por una fuerza desconocida. El musculoso, que en cualquier otra situación me habría sacado varias cuadras de distancia, ahora corría detrás mío sin poder alcanzarme. Yo lo escuchaba respirar con esfuerzo y cada tanto me decía cosas como “quedate tranquilo que está bien la nena” o “no la retes que debe estar muy asustada”. En medio de la desesperación alcancé a preguntarme de dónde había salido ese tipo que no sólo me ayudaba sino que intentaba contenerme como si fuéramos amigos.

En contra de lo que él me pedía, yo no quería estar del todo tranquilo por miedo a que se tratara de una falsa alarma. ¿Y si resultaba ser otra la nena y yo había perdido fuerzas y energía y quedaba a seiscientos metros del resto de la búsqueda? Llegando a los toboganes hice un paneo visual y no encontré a Nati entre las decenas de chicos que se tiraban o esperaban su turno. Le pregunté a una chica que atendía un kiosquito si sabía dónde estaba la nena perdida y me miró como si le estuviera hablando en chino. El musculoso llegó a los cinco segundos y le hizo la misma pregunta a la mujer que vendía los tickets. “Por acá no”, dijo ella, “pregúntenle a los guardavidas”. Entonces seguí corriendo hacia la playa, llegué a la arena y me asomé a una especie de mirador: estaba vacío. Pero enseguida giré la cabeza y vi la caseta de los guardavidas y a un hombre pelado que al notar que me acercaba me hizo una seña que interpreté como “quedate tranquilo, acá está la nena”. Y me acerqué más y entonces la vi: Nati estaba ahí, paradita en lo alto de la caseta, entre dos guardavidas, con sus cachetes hermosos y su malla rosa y floreada y sus trenzas en el pelo. Abrí los brazos y le dije “¡Gordita, acá estás, qué hacés acá!”, y tuve que dejar de hablar porque se me quebraba la voz.

Uno de los guardavidas me preguntó si yo era el papá, su compañero me explicó que no se la podían entregar a otra persona, y antes de que pudiera responderle le preguntaron a ella “¿él es tu papá?”, y Nati respondió “sí, es mi papá” y se tiró encima mío y nos abrazamos un rato y le dije al oído que no pasaba nada, que estaba todo bien, que ya estaba conmigo. El musculoso, agitado, me dijo: “tranquilo, los nenes se pierden, así son las cosas”. Yo le agradecí con un apretón de manos y después con un beso, y le dije a Nati que fuéramos rápido a nuestra zona así mamá se enteraba. “Viene acá atrás mamá”, me dijo ella, y al darme vuelta vi a Gimena llorando y sin poder hablar después de –me contaría más tarde– haber corrido por la arena hasta esa caseta tras ser avisada casi al mismo tiempo que yo y verme a lo lejos alzar a su hija. Yo se la entregué, abracé a las dos y vi cómo la nena, contagiada por las lágrimas de su mamá y liberando por fin su angustia acumulada, también se ponía a llorar.

Gimena empezó a caminar junto a Nati y al tipo musculoso mientras todos la miraban; seguramente la habían visto y escuchado desesperada unos segundos antes. Yo me quedé atrás, un poco para volver a agradecerle a los guardavidas y al hombre pelado que me explicó que él la había visto perdida y la había llevado hasta ahí, y otro poco porque no daba más. Después me senté en la arena, cerca de la orilla, a esperar que el corazón dejara de palpitarme a tanta velocidad. Hacia la derecha vi cómo Nati iba haciéndose cada vez más chiquita al lado de su mamá y, mirando hacia donde el mar cambiaba de color, sentí que lagrimeaba y sonreía al mismo tiempo: la nena más linda de la playa había confirmado que yo era su papá.


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