"Integración urbana no es lo mismo que urbanización. El que urbaniza viene con un proyecto y lo aplica al barrio, pero nosotros decimos que hay que hacer integración, porque el barrio decide: se organiza con delegados por cuadra, hace asambleas para fijar prioridades. Y eso es algo que queremos, como trabajadores. Porque, ¿quiénes somos nosotros? Una cooperativa... ¿y qué podemos hacer solos? No cambiamos nada si no es con los barrios". El que habla, al volante de un Duna rojo que parece haber recibido todos los piedrazos del mundo es Gastón Reyes. 31 años, coordinador de una obra de mejoramiento urbano que se realiza en el barrio Bicentenario, de La Matanza. Militante, además, del Movimiento de Trabajadores Excluidos.

Reyes toma la ruta 3 a la altura de San Justo y pisa el acelerador. Cruza Isidro Casanova, Laferrerre, Gonzalez Catán, y a la altura del kilómetro 35 dobla y se mete barrio adentro.

En ocho manzanas con calles de tierra, sin más servicios que los zanjones que sus habitantes abrieron para no inundarse, la cooperativa Construir Trabajo está haciendo veredas y conexiones de agua potable. Colocan un tanque en cada vivienda, con una canilla intradomiciliaria.

La experiencia es interesante de conocer porque va camino a multiplicarse. El Ministerio de Desarrollo Social, a través de la Secretaria de Integración Socio Urbana, proyecta urbanizar 400 villas y asentamientos por año.

La urbanización de los barrios populares está votada por ley, y la ley fue una conquista de los movimientos sociales, que la redactaron y militaron --primero con un relevamiento de Barrios Populares, después con el proyecto de ley para su integración--. Por ese origen, en uno de sus artículos está escrito que el 35 por ciento de las obras deben ser realizadas por cooperativas.

En las obras que se hacen en el barrio Bicentenario están trabajando 22 personas, entre albañiles y plomeros; hay además un arquitecto, una administrativa, un encargado del pañol y un responsable social.

La cooperativa se formó hace dos años, en 2018, con albañiles y changarines sueltos que se organizaron dentro del MTE, que tiene una rama de Construcción.


"Casi todos éramos jornaleros. Hacíamos changas o íbamos para el lado de Ezeiza, a pararnos donde los contratistas van a buscar albañiles. Si les gustás, te llevan. Ganás poco, sos totalmente descartable", dice Reyes. "Trabajás salteado. Yo hice de todo: desde chico trabajo en la construcción, porque iba con mi abuelo a las obras, pero he salido a cartonear también, o a cortar el pasto."

"Estar organizados en la economía popular ahora nos permite tener convenios de obra. Para nosotros la organización es una puerta para recuperar el trabajo, y queremos que sea con todos los derechos laborales. Queremos recuperarlos todos".

En la rama de Construcción del MTE de la Matanza hay otras cooperativas. La mayoría hace obras comunitarias, donde a cambio de 3 jornadas de trabajo semanales se gana un doble salario social, por ejemplo refaccionando comedores. Es un ingreso estatal de 19 mil pesos, con la función de complementar al que vive de la economía informal.

Con las obras de integración barrial, las cooperativas pueden dar el salto a otra escala, tener un piso de varios meses de trabajo. "Lo que tratamos de discutir es que los convenios que firmamos con la Secretaria de Integración Sociourbana estén prácticamente al nivel de los de UOCRA. Trabajamos todos los días, tenemos seguro, obra social, ropa de trabajo que le encargamos a otras cooperativas, elementos de seguridad, transporte, almuerzo. Los salarios son mejores. Un ayudante gana un sueldo básico 34 mil, el medio oficial gana 35 mil , un oficial 36 mil pesos de básico por mes, y eso se agrega un salario social, que no es parte del convenio, pero en nuestro caso se suma como conquista de la organización. Nos pagan por etapas, con certificación de obra, y al finalizar el trabajo si terminamos antes de tiempo o incluso a tiempo la cooperativa reparte lo que para una empresa es la plusvalía. Nosotros le decimos el tanto. Lo distribuimos internamente, de manera proporcional a las horas que trabajó cada integrante de la cooperativa".

El barrio

El barrio tiene terrenos loteados y postes para el tendido eléctrico, aunque conectados con una inquietante precariedad. Son señales de que alguna vez hubo alguna organización vecinal, aunque hoy no existe una sociedad de fomento, ni una junta barrial. Sí grupos de whatsapp con los que entre vecinos se avisan temas de seguridad.

Débora Pajón, llegada a Bicentenario hace cinco años, madre de tres niños, es una de las delegadas de manzana electas tras el inicio de las obras de conexión del agua. Cuenta que su tarea es participar de las reuniones informativas, e informar a su vez a todo el mundo sobre los avances. ¿Cuáles son las principales necesidades? "La luz y el asfalto", contesta rápido y sin dudar, porque la electricidad se corta y con las lluvias las calles se llenan de barro. Los colectivos no entran, con lluvia ni sin lluvia, y hay que caminar 18 cuadras para llegar a la primera calle con transporte público. También faltan vacantes en la escuela de la zona, que quedó chica. Y no hay jardines para la primera infancia.


En Bicentenario hay muchos niños aunque casi ningún adolescente, porque las familias se asentaron en años recientes. La mayoría compró su terreno, aunque lo cierto es que la propiedad de la tierra es un tremendo motivo de conflicto en la zona, porque hubo lotes que fueron vendidos y revendidos a más de un comprador, dos o tres veces, o incluso más. "Vivo con un pie afuera y otro adentro", sintetiza Débora. Y en parte por eso, su casa siguió precaria a pesar de los años.

La cuadrilla

La cuadrilla que hace las veredas trabaja ahora a la vuelta de su casa. "Llevamos cuatro meses de trabajo", cuenta Pablo Zárate, albañil. El proyecto es hacer tres mil metros lineales de veredas y dotar de conexiones de agua potable y tanques a 90 viviendas. "La ventaja es que esto es constante, porque veníamos de obras a las que íbamos 3 veces por semana, con el plan Hacemos Futuro".

Domingo Galeano es plomero. Chaqueño, desembarcó en La Matanza hace cuatro años en busca de trabajo, aunque una vez acá no consiguió insertarse. Las biografías de la cuadrilla van por ahí, salidas del molde que estructura las vidas en el conurbano.

Un docente, Manuel Díaz, es el responsable social de la cooperativa. El vínculo con el barrio es una parte clave de las obras. "Una de mis tareas es estar un pasito adelante de la cuadrilla, avisando a los vecinos sobre las obras que van a hacerse. Por ejemplo, para hacer las veredas a veces hay que correr una reja. Además hay que firmar los permisos para que podamos entrar a hacer las conexiones de agua dentro de cada casa. La tercera tarea es organizar una mesa de integración barrial. Elegimos delegados por manzana, hacemos reuniones semanales o cada 15 días y aunque a comienzo no pudimos por la cuarentena, ahora empezamos a hacer asambleas en la calle, con distanciamiento. Porque estas son obras tempranas, que tienen entre los objetivos armar un proyecto de integración mayor".


La recorrida por el barrio termina en el pañol, un terreno donde un container hace de oficina, depósito de materiales y zona administrativa. Es viernes, tradicional día de asado para la cooperativa, y a un costado, sobre una parrilla, el encargado del pañol se concentra en los preparativos de unas bondiolitas al pan.

El futuro

Reyes se entusiasma en contar el Proyecto Ejecutivo General, para la integración del barrio, en el que está trabajando un equipo. Abarca el asfaltado, la electricidad, cloacas, poner juegos en un baldío que ya fue desmalezado por los vecinos y se resguarda para tener una plaza. "Apostamos a que el barrio se organice porque armar un proyecto no es solo pensarlo", explica. Porque sobre todos estos proyectos hay fantasmas, amenazas de varios filos: falta una firma, se corta el presupuesto, se traba una habilitación y todo queda frenado. Sin avances, no hay certificación de obra y el grupo de trabajo formado con esfuerzo pronto se desperdiga. Sostener la continuidad de las obras es vital, y es cuesta arriba porque requiere poner de acuerdo a actores nacionales, provinciales y municipales. La organización del barrio es una garantía de que las obras no se abandonen.

La rama de la Construcción del MTE tomó experiencias previas de los sin techo de Mar del Plata, el barrio intercultural de San Martín de los Andes y las cooperativas de Luján. Cada una va definiendo, con su trayectoria el perfil de la economía popular, sus modos de acumular capacitación y fuerza.

Los movimientos también han ido haciendo una acumulación hacia su interior, no para disputar políticas sino para recomponer derechos. Sus trabajadores tienen, en algunas actividades, guarderías para sus hijos, por ejemplo en el reciclado o polos textiles. Está la enorme red de comedores populares, que resultó vital en la pandemia, y las casas de acompañamiento del Sedronar, pero gestionadas por las organizaciones sociales, para personas con consumos problemáticos. Vale agregar el concepto de salario social como complemento de ingresos para los trabajadores de la economía informal. En esta cooperativa han conveniado el acceso a una obra social en la que, como cualquier trabajador, sus integrantes anotan a su familia. Toda esto es un andamiaje que busca mejorar las condiciones de vida.

Reyes lo describe con orgullo. "Hoy podemos decir que tenemos buenas condiciones de trabajo en la cooperativa", remarca. "Pero tenemos claro que eso se hace en comunidad, junto con la comunidad, que es la que puede impulsar la urbanización de los barrios. Sin la comunidad, sin pensarnos como parte de la economía popular, la cooperativa no cambia nada: volvemos a ser 22 tipos tratando de sobrevivir".