Nuestro Gardel

Los craks no juntaban figuritas, tampoco tenían conocimientos sobre fixtures, formaciones de equipos ni tablas de posiciones, sólo deseaban jugar a la pelota. El "mago” Osvaldo fue la excepción a dicha regla. Posiblemente, el ayudar a su padre en el trabajo de canillita le había otorgado la posibilidad de tener acceso a toda la información gratuitamente. Atesoraba carpetas con fotos de jugadores, posters de equipos históricos y una prolija estadística propia. Su vocación de periodista terminaba cuando pisaba el terreno de juego. Allí afloraba el artista, pintaba cuadros con el pincel de su pie derecho, danzaba junto a la pelota con la sensibilidad propia de un bailarín clásico, devolvía cada patada del adversario con una sonrisa gardeliana. Tal vez este detalle, o su prolijo peinado engominado fueron causas suficientes para que un desconocido, durante un picado en la arena, le colgara el apodo de Gardelito. 

Nosotros odiábamos al tango, pero respetábamos al zorzal criollo, leyenda que nos miraba desde distintos cuadritos colgados en bares, almacenes, peluquerías o desde artesanales fileteados sobre camiones andariegos. Cada 24 de junio, mi madre se emocionaba recordando la fuerza extraña que la había arrojado del banquito de madera adonde se subía para encender la radio. Carlitos era mucho más que un cantante de tangos para los adultos, era sinónimo de una felicidad compartida, la identidad de los pobres, un mismo sentimiento que los envolvía a todos por igual, era algo indescriptible, algo que nosotros no teníamos. 

 El cuerpo de mi amigo parecía un instrumento destinado a interpretar una música sin partituras, dirigida sólo por su estado de ánimo. Ninguno se extrañó cuando en una práctica de la cuarta especial de uno de los clubes grandes de la ciudad, arrojó la camiseta sobre el rostro del entrenador acompañando la acción con las siguientes palabras: "no me grités que no sos mi papá, dejame crear tranquilo, no soy un robot”. Halló la paz puebleando, dejó bellos recuerdos en distintos clubes del campo, solía agradecerles usando la misma frase, “los gringos me malcriaron, siempre me pagaron por partido jugado el equivalente al sueldo de un ferroviario”. 

El tiempo se encargó de pincharnos la pelota y la rutina nos desató los botines. Nunca más lo volví a ver hasta la fatídica mañana en que una fuerza extraña me empujó contra el respaldar de mi auto cuando encendí la radio y escuché la noticia no deseada. Después de deambular por la ciudad sin rumbo fijo, a la velocidad de la pena, estacioné sin pensarlo frente a nuestro primer potrero, una franja de tierra paralela al paredón del cementerio El Salvador. Apoyado contra uno de los tantos árboles del lugar, plantados en su momento con el objetivo de prohibirnos el uso del espacio público para organizar torneos a la bolsa, me encontré con un hombre llorando desconsoladamente. A pesar de su calvicie sin gomina, sus kilos de más y un oscuro barbijo que le tapaba media cara, su mirada desnuda estaba intacta. 

Hay abrazos que fortalecen corazones maltrechos. Después de livianas charlas propias de velorios, mi amigo tomó la palabra con la misma soltura con la que ataba el cuero a su empeine diestro y me dibujó esta historia. "Vos sabes cómo lo quise a mi viejo, aunque nunca pude perdonarle dos cosas. La primera fue hace mil años, no sé cuántos años tenía yo, sólo recuerdo que no necesitaba agacharme para mirar por el ojo de la cerradura de la puerta del altillo aquél en el cual se encerraba para celebrar sus periódicas ceremonias. Era su escritorio privado, un espacio pequeño ocupado por un combinado y cientos de discos de pasta y vinilo con grabaciones de música clásica y tango. Con el aparato a todo volumen y una percha en su mano izquierda, se transformaba en un director de bandas invisibles, una mezcla rara de D'Arienzo con un domador de fieras, gesticulaba, transpiraba y se emocionaba hasta las lágrimas. La segunda fue cuando se compró el Inelro para mirar el mundial del 70... Siempre fui un pibe muy fantasioso, creía que la luz roja de los semáforos emitían rayos invisibles que detenían a los autos en las esquinas. De la misma manera sentí que la pelota era la que buscaba refugiarse caprichosamente entre los pies de los jugadores brasileños. Era la belleza hecha fútbol". 

Sin saber cuál era la sorpresa, decidí intervenir en su monólogo. "Disculpa, Osvaldo, pero para mí son dos hermosos recuerdos los que citás, no entiendo qué es lo que no le podés perdonar". Recién allí, entendí la jugada, cuando con la plasticidad propia de una rabona, arrojó un centro al corazón de su aflicción, a la raíz del artista. "No le perdono el no haberme preparado para la crueldad que me esperaba afuera, para jugar un partido en el cuál no importa el cómo, sólo interesa ganarlo a cualquier precio. Siempre me costó caminar entre hombrecitos utilitarios, portadores de ojos con miedo, sumisos ante las órdenes de jefes mediocres, realizando trabajos que detestan. Cómo no lo voy a entender al muerto si yo también fui feliz únicamente adentro de una cancha de fútbol. Cuando mis rodillas dijeron basta, no pude encontrar otro ámbito de creación, rodé por distintas adicciones, ensombrecí en soledad". 

Su sensibilidad estaba intacta, su sonrisa desaparecida y a sus ganas de vivir le habían cortado las piernas. Un largo silencio sin luces fue como un túnel para que finalizara su historia. "En el 86 vivía solo, pero miré los partidos de la selección en la casa de mis padres por una cuestión de cábala. Si te cuento que el segundo gol contra los ingleses me lo perdí estando sentado frente al televisor, no me lo vas a poder creer. En ese momento estábamos mateando, cuando el genio pisó la pelota y cruzó la mitad de la cancha, el cebador se transformó, tomó la bombilla, se paró de golpe y comenzó a mover los brazos como lo hacía en su cuartito musical, los mismos gestos de felicidad dibujados en su rostro, el mismo placer infinito que le generaba el arte, su cara fue el espejo en donde miré el mejor gol de la historia. Te das cuenta Flaco todo lo que terminé de perder en este día, ahora sí que estoy solito en el mundo". 

Las amarguras propias se disipan frente al sufrimiento de un amigo. Sentí la necesidad de devolverle sus arengas, aquellas que nos regalaba antes de cada partido, "mago, escúchame una cosa, 'el partido se juega hasta los 90 minutos, está prohibido abandonar, hay que sacar del medio las veces que sea necesario'. No son palabras mías, vos me las enseñaste, nunca las olvidé, siempre las tuve en cuenta para poder levantarme de cada caída que sufrí en la vida. Ambos sabemos que no habrá ninguno igual, pero los grandes nunca se van del todo, se convierten en adjetivos. Los pibes que nunca lo vieron jugar, sumados a los que no han nacido todavía, soñarán con parecerse al mito, mientras nosotros encontraremos miguitas de su magia en cada uno de los nuevos actores. Este ejercicio ya lo hicieron nuestros mayores buscando en distintas voces, matices que le recordaran a su bien perdido. Hoy nos toca a nosotros mantener vivo todo aquello que exigimos brutalmente que nos brindara el ídolo, la sonrisa que nos robaron, el ser nacional que nunca hallamos, la gloria que imaginamos, el baile que no bailamos, la alegría de un pueblo condensada en una gambeta, en otras palabras, la necesidad imperiosa de inventarnos nuestro propio Gardel”.

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