En Colonia viven veinticinco mil personas y hay dos semáforos: uno está en la avenida Flores, la principal de la ciudad, donde los restaurantes y parrillas compiten por los estómagos de los turistas, y el otro en la avenida de la Costanera, que bordea el Río de la Plata. En el resto de las calles, nunca nada es tan urgente como para pelearse por cruzar y los autos se detienen en las ochavas para dejar pasar a las bicicletas y los carritos eléctricos que pasean por la ciudad como si fuera un gran campo de golf sembrado de adoquines.

Colonia del Sacramento y Buenos Aires están separadas por 45 kilómetros de río. El cruce es rápido, pasar del caos porteño a la calma chicha uruguaya lleva menos de una hora y media. Cientos de personas hacen ese viaje todos los días: Buenos Aires está más cerca que Montevideo y el diez por ciento de la población coloniense es argentina. Desde siempre, la ciudad colonial uruguaya representó para los porteños el escape rápido a tierras más tranquilas. Sin embargo, ya no son los visitantes estrella: por las calles del barrio histórico caminan muchos brasileros, pero también europeos y norteamericanos y todos los negocios aceptan dólares, pesos uruguayos y pesos argentinos por igual.

Fefo Bouvier
Luces del atardecer sobre el Radisson Colonia, a las puertas del casco antiguo.

 

LA PELEA HISTÓRICA Viéndola así, tan mansa, cuesta creer que Colonia fuera una de las zonas más convulsionadas de los siglos XVII y XVIII: fundada por los portugueses en enero de 1680 en un intento de apoderarse de la Banda Oriental que se disputaban con los españoles, pasó de mano en mano por la fuerza durante un siglo, hasta que en 1777 firmaron el Tratado de Tordesillas y la ciudad pasó definitivamente a manos españolas. Las cicatrices de esas peleas son las que hoy la definen: la Calle de  los Suspiros, la más famosa, es una de las pocas que se conserva en estado original portugués: empedrado irregular, caída hacia el centro para favorecer el desagüe y sin vereda ni cordón cuneta. Las calles españolas, en campo, eran abovedadas y sí tenían vereda y cordón. 

Con la llegada de inmigrantes en el siglo XIX y principios del XX, Colonia creció y se transformó. En aquella época el hoy barrio histórico era el barrio sur, el barrio pobre, una historia que se repite en el San Telmo de Buenos Aires o la Ciudad Vieja de Montevideo. Algunas casas se tiraron abajo, otras se unieron para hacer lugar a la familia que crecía. Las tareas de conservación de las construcciones coloniales empezaron en la década del cincuenta, de la mano del arquitecto y urbanista Miguel Ángel Odriozola, y culminaron con la declaración del barrio histórico como Patrimonio de la Humanidad (Unesco), en 1995. En la década del 70 se reconstruyó la muralla en el mismo lugar donde Vasconcelos la había levantado y con las mismas piedras, que estaban enterradas junto a los cimientos originales.

Como desde el principio la idea fue conservar la construcción colonial lo máximo posible, hoy muchos lugares que por fueran parecen casas abandonadas, por dentro son restaurantes, cafeterías o talleres de arte: ese es uno de los secretos del barrio histórico, el doble encanto de encontrar un pequeño paraíso donde a simple vista parece no haber nada interesante. Es que nada se toca sin la autorización de los arqueólogos: Ana Cufré y Mauricio Baffa lo saben. Son los dueños de Bocadesanto, la hamburguesería gourmet que funciona en una casona antigua frente a la puerta de la ciudadela que les llevó meses restaurar. Son argentinos, de Luján, y abrieron hace poco más de un año. Estaban hartos del ritmo de Buenos Aires y se sumaron a la microcomunidad de argentinos que eligen Uruguay para llevar otro tipo de vida. Con sus hamburguesas y cervezas artesanales –el boom de las breweríes también se siente acá– encajaron perfecto con nuevo perfil de Colonia, que pasó de ser un destino familiar y por el día a incluir propuestas más sofisticadas tanto en hotelería como en gastronomía. El bistró de la posada boutique Charco y el hotel Radisson –que también tiene un muy buen restaurante, Del Carmen, y una vista privilegiada del atardecer sobre el río, además de pileta climatizada, sauna y sala de negocios– son dos buenos ejemplo de esta nueva versión de Colonia, que la convierte en un destino muchísimo más atractivo al que, si la idea es bajar de revoluciones, vale la pena dedicarle más que un fin de semana.

Aires de antaño en las calles empedradas que desembocan en la iglesia Matriz.

COLONIA LOW COST Alquilar una bicicleta por el día sale unos 18 dólares y a media mañana ya estamos pedaleando sobre la Avenida de Las Flores con destino a la Plaza de Toros de Colonia, que está a cuatro kilómetros del barrio histórico. La bicicleta se bambolea sobre los adoquines, en minutos dejamos atrás la avenida y bajamos hacia la costa, con una pendiente tan pronunciada que en estos 200 metros hay que tener mucha concentración para no salir volando. Avanzamos por la rambla, con el agua chocolatosa del río a la izquierda y la ciudad a la derecha. Una a una, van quedando atrás las playas naturales de Colonia, de arena muy clara: El Álamo, Puerto Tranquilo, Oreja de Negro, El Balneario, que en verano se llenan de turistas y locales, pero que ahora, que ya es otoño, están vacías y tranquilas, perfectas para bajar de la bici un rato y leer frente al Río de la Plata.

En el lugar donde un cartel marca que ya recorrimos 4750 metros desde el casco histórico, una rotonda abre el camino en dos. Hacia adelante está la Playa del Real, pero tomamos el camino de la izquierda, hacia la Plaza de Toros, que lleva un tiempo cerrada al público por riesgos de derrumbe, pero igual atrae a otros turistas –somos varios en bicicleta y mapa en mano– que quieren verla al menos desde afuera. La Plaza de Toros Real de San Carlos es la única que se mantiene en Uruguay. De estilo mudéjar, típico español, es obra del arquitecto argentino José Marcovich y se inauguró en enero de 1910. Si pudiéramos entrar, veríamos que por dentro la arena circular por la que corrían los toros está tapizada de pasto. El estadio era parte de un complejo turístico proyectado por el sindicato del Real San Carlos y durante dos años los hermanos Ricardo y Rafael Torres, dos toreros españoles a quienes todos llamaban “los hermanos Bombita”, convocaban a espectadores de Buenos Aires y Montevideo. Las crónicas de la época hablan de noches en las que diez mil personas ocupaban las tribunas de la plaza de toros. Llegaban en barcos a vapor desde Argentina y recorrían en carreta los quinientos metros que los separaban del muelle de la Playa del Real, del que hoy todavía quedan restos. En dos años se hicieron ocho corridas oficiales, hasta que en 1912, el gobierno uruguayo hizo lo que ya había hecho el argentino: prohibió las corridas de toros.

Cada detalle ayuda a la ilusión de que en Colonia el tiempo no pasa.

Para volver al centro, descosemos el camino recorrido: la rambla conecta las dos Colonias, la ciudad antigua de calles angostas y empedrado irregular, y la ciudad nueva, que se abre al río, con calles más amplias y hoteles que balconean sobre la costanera. 

La próxima parada es en la Avenida Flores, en un local pequeño a abierto a la calle, donde además de un sándwich de salmón ahumado y un té frío por ciento cincuenta pesos argentinos nos llevamos un consejo. “Si querés comer frente al río, podés ir al Bastión del Carmen”, dice Ezequiel, detrás del mostrador. Es argentino y con su mujer, Laura, abrió Colonia Sandwich hace un año, después de recorrer las cocinas de varios países del mundo. Se refiere al Centro Cultural Bastión del Carmen, donde hoy está el único teatro de Colonia. Construido en 1880, antes fue fábrica de pegamento y jabón, lavadero de lanas, curtiembre y almacén de granos y ahora, entre lo que queda de las murallas militares y una gran chimenea de ladrillos, es una mezcla de parque y jardín a la vera del río donde un sábado a la tarde, cuando el otoño todavía parece verano, grupos de turistas descansan sobre el césped.