A peón pasado

 

 

A propósito de la serie Gambito de Dama --producida y dirigida por Scott Frank, basada en la novela del tan exitoso como prolífico Walter Tevis--, de la que tantos hablan.

Walter Trevis es autor no sólo del texto de la novela El jugador (The Hustler) –-dirigida por Robert Rossen-– sino que también de otra: El color del dinero (The color of money) –que fue dirigida por Martin Scorsese– secuela de la primera, habiendo sido ambas protagonizadas por Paul Newman.

A peón pasado: Dícese de aquél peón que en su marcha con o sin querellas por la grilla bicolor no se topa con otro de su condición (situado en la misma columna ¡o adyacentes!) algo que representaría un obstáculo tanto en su eventual avance cuanto en el intento de arribar a la octava fila del tablero y así coronar. El jugador que logra situar a uno de sus infantes en tal posición obtiene para sí una ventaja nada despreciable. A esto valga agregar que es de uso frecuente, entre los españoles, la expresión: a toro pasado, equivalente a la argentina: con el diario del lunes. O sea, no vale la contundencia de un juicio a posteriori de haberse consumado los hechos. Valga pues agregar a la primera acepción, esta segunda.

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"Sento che sto precipitando…", canta Celentano, y bien que podría constituir la versión reggae de lo que inevitablemente va aceptando esa extraviada Alice (tanto triscando las procelosas coordenadas de ese inexplicable Wonderland/País de las Maravillas, como por Through the Looking Glass/Espejo…), quien, a poco de los brincos de un conejo no puede evitar precipitarse a esa realidad autre (Carroll echa mano del dispositif que había inventado Cervantes y Saavedra, convengamos), para de esa repentina guisa comenzar su peculiar excursión. Es algo del mismo tenor que el espectador barrunta en muchos momentos del avatar de Beth Harmon, incluyendo esos dramáticos minutos antes de convertirse en huérfana. 

Dickens es el autor a ser referido ahora, pues sí que el prolífico autor era francamente proclive a incluir a estos infortunados en sus lacrimógenas novelas. Al menos fueron siete, comenzando por David Copperfield y siguiendo por el par de huérfanas: Nell Trent y Esther Summerson. También Harold Gray podría reclamar su cuota de fuente de inspiración. Habiéndose inspirado en el poema de Whitcomb: Little Orphant Annie (originalmente Allie, pues estaba basada en las desventuras de una verdadera huérfana: Mary Alice Smith), fue el autor de la archipopular historieta Little Orphan Annie (Annie, la huerfanita), cuyas andanzas fueron publicadas en numerosos periódicos estadounidenses, y que también instó a la producción de programas de radio, obras musicales (la hiper exitosa canción que concibieron Charles Strouse y Michael Charning, It´s a hard-knock life, para la puesta escena en Broadway podría haber constituido también la banda de sonido, la cortina musical de las vida de Allie, primero, y más tarde la de Beth en sendos hospicios) y cinco películas.

Volviendo a Gambito de Dama, el espectador seguramente barrunta que el interesarse en aprender las reglas del juego de los reyes no sólo implicará dejar de precipitarse en la desolación creciente que le provee su reclusión forzosa en un asilo, sino que la proveerá de una suerte de amarra, algo propio a lo que poder aferrarse y no continuar desplomándose en esa --fácilmente pronosticable-- caída libre: el poder jugar ajedrez la saca literalmente de perdedora… pues la habilita a desempeñarse con singular destreza en esa realidad también autre, esa dimensión estanca donde podrá también guarecerse, dejar de estar contra las cuerdas --dejar de ser una más en esa majada de borregas--, ganar el centro del cuadrilátero y en él batirse gallardamente.

No debe ser tan difícil recordar algunos de los episodios que constituye esa situación de continua estupefacción por la que va transitando Alice, tan rubia --así la representó Sir John Tenniel-- y de tan lacia y sosa melena como la de la también continuamente azorada Beth. Quien también --como lo hace Alice con lo que se zampa-- muy prematuramente, se ve forzada a fajarse de lo lindo con las pepas (de Xansolam, con unos efectos similares a los de una benzodiacepina, pariente del Librium con las que se atiborraban, en los ´70, principalmente en E.E.U.U., las amas de casa presas de una tan difusa cuan persistente y sólida insatisfacción) que le suministran en el orfanato donde ha ido a parar, de las que devendrá adicta, condición ésta que, seguramente en gran medida, determine su constante estado de trance, especie de éxtasis dequerusa, esa suerte de sobrenadar, en ese inane ámbito de cabotaje, en su propio estado de equilibrio metaestable, siempre rayando en la mera zozobra… esa variante vacua de desamparo que se acentúa aún más toda vez que se trate de algo ajeno a esa cancha cuadriculada donde, contradictoriamente, esa niña puede evadirse de esa situación de alucinado, corrosivo cuan permanente zugzwang (en la jerga ajedrecística se denomina así a esa situación particular que un jugador no puede evitar que cualquiera sea su decisión, ésta le será perjudicial). Esto también ocurre en otro juego de mesa, el xiangqi. en la que ese incidente fatal que se ha infligido su madre la ha hecho precipitar.

Surcando esa instancia virtual del escaque --tal como le acontece a Alice mientras deambula en ese (obviamente enrevesado) Mundo del Espejo, donde la Reina Roja le pronostica un destino regio, sí, pues podrá convertirse en su colega, real, partiendo de la condición de Peón Blanco, instándola a asumir tal perfil (peones, y demás piezas, en su calidad de trebejos, son simples objetos, y por ende, en idioma inglés, carecen de género: seguramente habrá ya quienes, desde las filas del feminismo castellanoparlante, propongan referirse a ellos como… ellas/elles)-- será que comenzará a asistirle una certeza: la de consagrarse campeona mundial, cual un esforzado peón, quien, gambeteando toda vicisitud y evitando insistir en seguir bebiéndose los días y las noches en ese abismo de soledad (amén de la compulsiva compra de pilchas pretenciosas y engrupidas), consiga, marchando a paso redoblado --¡y tentando un aclarar!-- arribar --with a little help from her friends-- sin mella alguna a la meta y vea entonces triunfalmente coronados sus muchos desvelos, sus sucesivos gambitos de… dama, para así, cual verdadera lobezna (por no decir lobizona: ¡es durante esas noches en vela que deviene una… fiera!) con piel de borrega, surfear el tsunami de la fama, tocar el cielo con las manos --mientras seguramente el Sombrerero, con su traje a cuadros, lidera legítimamente la standing ovation de los fans-- y trocarse en reina, pero también, y de yapa, de corazones.

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