El amor no es un lugar común, no es un despacho de bebidas al alcance de la mano, es un trabajo, una buena manera de tener los pies sobre la tierra que nos acerca a otro corazón, otra vida. Esta es la marca de La inquietud de la noche, esta novela extraña, mágica, coral, magnética y por momentos deslumbrante en que el foco de una niña entre sus 7 y 12 años está puesto sobre la existencia de su madre, su padre, hermanas y hermanos como lo único en el mundo porque así lo ve, lo describe y lo piensa. 

La obra transcurre en el año 2000 y el ámbito rural es el sitio dentro de un universo donde el cuidado de las vacas y la fe en Dios son prioridad mientras la madre mira los programas de la tarde con la plancha en la mano sin nada debajo que planchar. La chica que narra y que por más de un motivo no tiene nombre pero sí tiene un conejo, no se saca por nada del mundo su abrigo y su vida comienza a dar un vuelco total cuando Matthies, uno de sus hermanos, muere ahogado. 

“En el pueblo nadie se pasaba mucho tiempo con sus propios pensamientos, porque entonces se te estropeaba la cosecha, y aquí la salud de la cosecha era más importante que la mental” dice para empezar. La chica posee una mirada de rayos X sobre todo lo que la rodea, y en especial sobre la acción de la naturaleza con todas sus sinfonías, torpes movimientos y rituales, nieves, crepúsculos, ranas y mamíferos. Pero en la escena siempre preponderante siempre está la madre (“una amapola que no se abre”) con su bata rosa, sus pantuflas y un duelo eterno por la muerte de su hijo. También está su padre con sus botas para trabajar el campo, atravesar el barro y ayudándola, a su modo, a que crezca. La pequeña niña holandesa imagina luego de sus clases de Historia que hay judíos escondidos en los sótanos y a su madre que baja a escondidas para llevarle alimentos y darles abrazos. Un topetazo, dos y el lector se rinden ante la belleza y la imaginación; la chica no sale de cuadro nunca. El tema religioso bordea toda la sustancia del libro, pero no como un estorbo sino como un disparador. Párrafos de la Biblia y del Antiguo Testamento sirven para condensar el ambiente de crianza, la misma orfandad en medio de la intemperie plena de granjeros sacudidos una y otra vez por la adversidad (“Hay gente que pierde a Dios cuando se encuentra a sí mismo, otros pierden a Dios cuando se pierden a sí mismos”).


Como sus personajes, Rijneveld también trabaja en una granja lechera; lo hacía desde la infancia y cuando escribió el libro. Y de hecho sigue viviendo en el mundo rural que describe, nada más que se ha ido a vivir auna casa propia. Desde los 20 años añadió el nombre de Lucas y entonces se considera una persona no binaria cuyo nombre completo es Marieke Lucas Rijneveld.

Si una novela familiar debe tener un tono preciso, aquí todas las variantes son posibles y sorprende cómo la persona rescata el corazón mismo de la infancia, el asombro, las preguntas y la llegada de la pubertad y lo ejecuta con descripciones ajustadas, temibles por momentos así como los diálogos picantes y pensamientos que sorprenden una y otra vez. “Hay dos tipos de personas, las que retienen y las que sueltan” y eso es lo que planea la protagonista en cuestión con su hermana: irse hacia la otra orilla, encontrar a su hermano que se fue joven y lo ven a cada instante, escapar de una vez. Pero lo extraño aquí es que se habla de abandonar un mundo pero sin la lápida del rencor ni el resentimiento a cuestas, ver al padre comiendo en un fardo de heno junto al hermano muerto, ver a su madre flaca, invisible casi, ver como todo alrededor se desmorona menos su amor a esa tropilla amada. No hablar de los muertos, sólo recordarlos, para eso están las pesadillas, los sueños, las travesuras mismas. 

Hermanos que no quieren ser molestados en la intimidad de sus cuartos pero si pasa mucho tiempo encuentran el punto exacto para volver a jugar. “Nosotras queremos que nos molesten para no estar tan solas” dicen las chicas al unísono. 

Si en la página 192 aparece por vez primera una computadora y muchas páginas más por delante un celular, la historia de por sí ganó. Hay matanzas de vacas enfermas y hay cierto tono escatológico que se proyecta como una sombra alargada sobre todas las cosas del mundo rural. La protagonista en cuestión está constipada desde el inicio de la obra y no hay familiar que no tenga una receta y en un sentido literal ponga manos a la obra para que vaya de cuerpo. Con la distancia del caso, Horacio Quiroga dio vueltas al asunto tenebroso de vivir en una selva, aquí el enigma es que crecieron en el campo todos los personajes, es una campiña de trabajadores donde se vive de la leche de las ubres y si no a arremangarse, pues el invierno allí no es poca cosa. Si leer libros de Roald Dahl y cuentos de la Bruja Mala así como mirar los programas de TV donde hay desnudos que a sus padres le parecen profanos,  la tentación que genera es aún más grande. Hablar con los sapos y escuchar los relatos de viajes de las maestras es un punto de partida para entender el mundo que está muy lejos de su alcance. Pero hay que saltar los muros invisibles. “Ir a la Iglesia es como atarse los cordones, nudo plano, lazo y doble nudo”; hay que ir tres veces por semana a la espera de que algún día el padre acaricie su cabeza o que su madre la bese. No sobra nada aquí: el radar de la observación está puesto en un ambiente y un tiempo del que no se puede prescindir, el pasado nunca deja de pasar y aquí es la materia prima donde la escritura vence al tiempo. 

No es poco para un autor holandés que antes de los treinta años obtiene el Premio Booker Internacional por su primera novela. Primer Booker para autor de los Países Bajos y primero para persona no binaria. Así que bienvenida La inquietud de la noche. Todo indica que va por más.