La curiosa historia del club xeneize y el exsecretario de Estado de Estados Unidos, defensor de la Dictadura

Cuando Armando imaginó a Kissinger como socio honorario de Boca 

Kissinger, Videla y el embajador estadounidense en Argentina, Raul Castro.Kissinger, Videla y el embajador estadounidense en Argentina, Raul Castro.Kissinger, Videla y el embajador estadounidense en Argentina, Raul Castro.Kissinger, Videla y el embajador estadounidense en Argentina, Raul Castro.Kissinger, Videla y el embajador estadounidense en Argentina, Raul Castro.
Kissinger, Videla y el embajador estadounidense en Argentina, Raul Castro. 

En 1976, Boca contaba con 360 socios honorarios. De acuerdo con su estatuto, esa distinción es susceptible de concederse “a favor de personas, que, perteneciendo o no al Club, le hayan prestado señalados servicios”. La misma se había concedido por última vez en 1972, cuando la recibieron 45 hombres por sus favorables “pronunciamientos administrativos inherentes a las obras del Gran Estadio de la Ciudad Deportiva, con invalorables beneficios para Boca Juniors”. Cuatro años después, Alberto J. Armando, presidente de la entidad entre 1954-1955 y entre 1960-1980, intentó engrosar la lista de socios honorarios con un personaje tan imprevisto como taimado: Henry Kissinger, el secretario de Estado de Estados Unidos entre 1973-1977, durante las presidencias de Richard Nixon y Gerald Ford, y defensor de la Junta Militar que gobernó al país después del golpe cívico-militar de 1976 que derrocó a Isabel Martínez de Perón.

La motivación de Armando, propulsor de lo que se conocería como fútbol espectáculo en el final de la década del cincuenta y comienzo de la del sesenta, parece haber sido más propagandística que política. Kissinger podría haber incrementado la visibilidad internacional de Boca. El 14 de junio de 1976, a menos de dos meses del golpe, Armando le envió una carta a Kissinger, conservada en su archivo personal, manifestando el regocijo del club al enterarse, por medio de la prensa, de su simpatía por la institución que presidía. “El Club más popular de la Argentina” proseguía la carta, “tiene desde ahora entre sus adictos a una de las figuras más relevantes del gobierno de los Estados Unidos de América y campeón de la paz mundial”, lo cual constituía “un destacado honor”.

Junto con la carta, Armando le envió a Kissinger un banderín y una insignia de Boca así como una credencial para que pudiera presenciar en la famosa Bombonera los partidos del primer equipo. Dándole la bienvenida “a la gran familia boquense”, Armando presagiaba que ésta le demostraría su afecto y su júbilo cuando, en su próxima visita al país, Kissinger se ubicara en el palco de honor del estadio. Armando se despedía hasta “tan feliz momento” anunciando que en la próxima Asamblea General de Representantes “propondremos la designación del Señor Secretario de Estado como Socio Honorario del Club”.

La carta de Armando fue traducida en el Departamento de Estado y respondida seis semanas más tarde. La asistente personal de Kissinger lo hizo en su nombre. Éste le comunicaba a Armando que agradecía mucho el banderín, la insignia y la credencial. Además, decía saber lo mucho que Kissinger disfrutaría presenciar un partido de fútbol en su próximo viaje al país, si su agenda lo permitía. Asimismo, la asistente personal también decía que Kissinger estaría muy honrado de ser propuesto como socio honorario. El entusiasmo era auténtico, ya que Kissinger adoraba al fútbol, deporte que practicó en su juventud y promovió en Estados Unidos. En octubre de 1978 fue nombrado presidente de la Junta Directiva de la North American Soccer League (NASL), que funcionó entre 1968-1984. Se lo podía ver en los partidos del New York Cosmos, equipo de la NASL, y se involucró en las negociaciones que facilitaron a Pelé jugar en ese equipo entre 1975-1977. También tendría un papel destacado en la exitosa propuesta de Estados Unidos para ser sede de la Copa Mundial de 1994. El periodista Daryl Grove sostiene que Kissinger ha sido una de las personas más influyentes en el desarrollo del fútbol en ese país.

A pesar del entusiasmo de Kissinger por la carta de Armando y sus credenciales futbolísticas, Boca no le concedió la categoría de socio honorario. La Asamblea General Ordinaria de Representantes posterior a la carta de Armando fue realizada el 10 de setiembre de 1976, pero la Memoria y Balance General del año administrativo que concluyó a fin de ese mes muestra que el número de socios honorarios seguía siendo el mismo: 360. Este documento no especifica si Kissinger no fue propuesto como socio honorario o si hubo resistencia a dicha propuesta. Es probable que algunas/os socios hubiesen querido sopesar los “señalados servicios”, como reza el estatuto del club, prestados por Kissinger para merecer la distinción.

Aunque no fue distinguido como miembro honorario de Boca, Kissinger se relacionó sórdidamente con el futbol argentino. Fue huésped de honor de la Junta Militar durante la Copa Mundial de 1978. Hasta se apersonó junto a Jorge Videla, el presidente de la Junta Militar posteriormente condenado por crímenes de lesa humanidad, en el vestuario del equipo peruano antes del controvertido partido que jugara en Rosario con Argentina por las semifinales del torneo. El año anterior, Videla le había entregado a Kissinger una foto suya cuya leyenda señalaba: “Al señor HENRY KISSINGER, con particular estima y respeto”. Dado el apoyo que brindó a la dictadura cívico-militar, la estima y el respeto eran mutuos. Videla estaba convencido de que, como secretario de Estado, Kissinger había defendido el accionar de su gobierno “contra el comunismo”. Su presencia en la Copa Mundial de 1978 fue percibida como legitimante y, al mismo tiempo, como contrapartida a la posición de Jimmy Carter, quien presionaba, desde su asunción a la presidencia en febrero de 1977, a la Junta Militar para que respetara los derechos humanos. De hecho, en 1978, Raúl Castro, embajador de Estados Unidos en Argentina, escribió estar preocupado con la visita de Kissinger por la Copa Mundial porque sus elogios a la lucha “contra el terrorismo” podrían haberse subido a la cabeza de los dictadores y porque existía la posibilidad de que los utilizasen para justificar un endurecimiento de su accionar represivo.

Cualquiera haya sido el motivo para que la idea inicial de Armando se frustrara, para Boca fue beneficioso no contar con Kissinger entre sus socios honorarios. Su medroso accionar político se extendió a otros países de América Latina y también a otras zonas geográficas. Su carrera en la función pública fue tan controvertida que el politólogo Marcelo Cavarozzi ha expresado que Kissinger es “producto de una mente superior que no necesariamente trabajaba para encontrar el funcionamiento o el desarrollo de sociedades más justas, pacíficas e igualitarias”. Por su parte, el periodista Jon Lee Anderson se ha preguntado, a la luz de nuevos documentos que confirman su apoyo a los dictadores latinoamericanos, si Kissinger tiene conciencia. Buena parte de la familia boquense, al decir de Armando, quizá se haya preguntado lo mismo. Al menos no tuvo que preguntarse qué debería haber hecho si a Kissinger le hubiesen concedido la distinción de socio honorario del club. A diferencia del presagio de Armando, la Bombonera nunca le demostró a Kissinger su afecto y su júbilo.

* Doctor en filosofía e historia del deporte. Docente en la Universidad del Estado de Nueva York (Brockport).

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