La máquina de hacer mariquitas

Pequeñas cosas.

Un verso de Perlongher, una botella de ron, una idea del más acá, un temblor en la mano izquierda.

El arma de la noche, la única estrategia contra su propia derrota es inyectar un enjambre de brillantes mariquitas que aglutine los muebles, los versos y las memorias.

En este terreno, como en cualquier otro, creo que la voluntad parte de donde quiere y llega a donde puede.

Mi mano escribe, como cualquier narrador, en primera o en tercera persona.

Ensaya con cierto éxito el desafío de la segunda, porque todo yo implica un vos, y porque tengo miedo de la debilidad y de la locura,

pero sobre todo, porque mi mano no nació en una librería de Londres,

ni en una biblioteca nacional,

ni siquiera en una librería de viejo.

Mi mano nació en un extremo de mi cuerpo y lucha por su independencia.

Ella trata de escribir su propia historia sin importar que las mariquitas fuguen a un ángulo del sótano donde ya no las podamos ver.

Cuestión que se mueve el color de la noche y no tendría caso que ella contara su catástrofe porque la mano que escribe tiene dificultades para hablar de ciertas cosas.

Creo que me estoy enredando.

Es costumbre de mi mano, meterme en su laberinto de palabras.

Somos hábiles para perdernos en un dedal o en el sótano de siempre.

Nos extraviamos mientras las mariquitas se mueven como sirenas abroqueladas en un mare mágnum de disquisiciones.

Cuando no hay mariquitas, el ron nos ayuda.

Los libros nos ayudan.

Tolstoi nos ayuda.

Las letras de los libros, todas muy parecidas entre sí, protegidas sus cabezas por cascos metálicos como obreras de la construcción, ayudan.

Mi mano esconde la segunda persona dentro del cuaderno espiralado, inquieta, porque algunas mariquitas pronuncian tu nombre húmedo con sus labios húmedos.

No le digo nada porque no decirle es mi modo de dejarla hacer, entonces escribe y las mariquitas dicen tu nombre más fuerte, y es imposible no escucharlo aunque salga de sus bocas diminutas.

Me parece haber escuchado que el escritor cuenta una historia para intentar calmarse.

Creo que a mi mano le sucede lo mismo: inventa mariquitas que pronuncian tu nombre para nombrarte.

De pronto ejerce un impulso natatorio junto a las mariquitas que te nombran.

El ron es un mar que huele a amapolas.

La historia que mi mano escribe es absorbida por la noche.

El ron desnudo, en mi mano desnuda, en mi cuerpo desnudo pasa rápido y me disuelve en la noche.

La mano ebria se anima a dar una brazada. Intenta expresar un esfuerzo natatorio.

Pero no creo ni por un instante que con él lleguemos a la orilla del sótano lleno de otras mariquitas abroqueladas que también te nombran.

Faulkner bebía para sentirse más bello, más alto, más calmo.

Carver bebía porque todo lo que deseaba no iba a suceder.

Bukowsky bebía porque un sabor temprano de la muerte no es necesariamente mala cosa.

Duras bebía en caso de insomnio o súbitas desesperaciones.

¿Es Fogwill quien en una entrevista reclamaba el derecho a la embriaguez?

Cheever bebía para salvarse del terror de los puentes, del terror de la esposa, del terror de la escritura, del terror de A.

Mi mano me da de beber para que las mariquitas te nombren.

 

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