En los días en que Eva Perón luchaba contra su cáncer se propagó entre la gente el rumor de que circulaban por la capital y la provincia de Buenos Aires ambulancias amarillas que secuestraban chicos en las calles, les extraían litros de sangre para mejorar la sangre de Ella, y luego los soltaban medio muertos.

Una ocurrencia tan delirante como la de Elisa Carrió, denunciando al presidente Alberto Fernández por intento de envenenar a los argentinos con la vacuna rusa.

Las dos fantasías conspirativas tienen un mísmo sesgo catastrofista y primitivo, pero la diferencia estriba en que la primera fue “amasada” en forma anónima y la segunda formulada por una referente política que suele ocupar el centro de la escena y acopia muchos votos.

La otra diferencia puede medirse confrontando la noticia de la muerte reciente por covid-19 de la médica del Hospital Fernández, María Rosa Fullone, quien rechazó inicialmente vacunarse con la Sputnik V. A diferencia de los niños imaginarios que eran “vaciados” para salvar a Evita, y que, en realidad, gozaban de buena salud, la creación conspirativa de la creyente Carrió se cobró por lo menos esta muerte y seguramente otras.

El intenso protagonismo de Eva Perón desató distintos rumores, en muchos casos criminalizándola.

La recordada psicoanalista Marie Langer contó en su libro Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis que sobre otro rumor de la época, la mucama que sirvió a sus patrones el bebé de ellos asado, su colega Arnaldo Raskovsky le sugirió investigar el trasfondo político que, según él, apuntaba a Eva, como la figura de la inmigrante del interior, pobre y llena de resentimiento, que devora los hijos. Primero se resistió a considerarlo, pero luego reconoció su validez.

Lo raro: ese rumor, lejos de propagarse en las clases altas antiperonistas, lo encontró entre empleadas domésticas, choferes y otros trabajadores populares de clara identidad peronista.

La explicación de Marie Langer fue que Evita era percibida como un pecho todo proveedor, pero, por eso mismo, también con el poder de hacer mucho daño si era contrariada.

En definitiva, la enfermedad de los líderes populares y los asuntos de salud que tanto dependen del Estado son permeados por la política.

Lo tiene claro Beatriz Sarlo, que salió a pescar en el río revuelto de los vacunatorios de acomodo del ex ministro Ginés para salpicar al gobernador Kicillof usando insidiosamente una metáfora que luego debió desmentir en tribunales.

Obsérvese cómo desde las empleadas domésticas y choferes de otro tiempo, pasando por una dirigente política antiperonista hasta la intelectual especializada en el uso de las palabras, nadie pierde la oportunidad de usar figuras conspirativas.

La fake de Sarlo atrae mucho más que la noticia de que un relevamiento de la provincia sobre 4.023 denuncias mostró que no hay irregularidades en la vacunación.

El sociólogo y encuestador Ignacio Ramírez contó en las redes que la vacuna rusa es aprobada hoy por el 80 por ciento de los votantes del Frente de Todos, pero por menos del 30 por ciento de los votantes de Juntos por el Cambio.

En medio de la pandemia y del acaparamiento de vacunas por un puñado de países ricos, saber que, hoy más que nunca, nuestra dependencia del Estado es asunto de vida o muerte, es realmente perturbador. Sobre todo pensando en un Estado tan denigrado por los medios y la actual oposición.

Es que las vacunas son un insumo político. Lo sabe el gobierno, que ha construído una épica con imágenes de los aviones que parten lejos a buscar las dosis.

Y lo sabe la oposición, que, de denunciarla como un veneno, pegó una voltereta en el aire clamando ahora indignada por las dosis que los vacunados de acomodo le arrebatan a los argentinos.

Es cierto que, inicialmente, la pandemia provocó la ilusión de terminar con la grieta. Horacio Rodriguez Larreta se alineó con las medidas oficiales contra la pandemia. Pero, con el correr de los meses fue despegándose hasta acompañar últimamente en una suerte de desgano o resistencia pasiva, terminar cediendo gran cantidad de dosis al sector privado, reduciendo el ritmo de vacunación y provocando el desastre con los ancianos mayores al concentrarlos en tres lugares de vacunación.

Es claro que para JxC lo privado es mejor. Su propio ministro de Salud, Fernán Quirós, ha sido durante años vicepresidente del Hospital Italiano, uno de las principales empresas beneficiadas ahora con dosis de vacunas.

Pero, ¿por qué razón Larreta pasó de un alineamiento con el presidente Alberto Fernández, a este tenaz esfuerzo por diferenciarse del gobernador provincial Kicillof y del jefe de Estado, retaceó hasta que ya no le quedaba margen las inscripciones para la vacunación y evitó la coordinación lógicamente esperable con PAMI?

En primer lugar, porque ahora faltan apenas meses para los comicios de medio término. Para Larreta y su entorno, continuar alineados con la gestión sanitaria del Presidente hubiera llevado agua al molino del FdT y lo hubiera desdibujado a él como posible lider de la oposición.

Sin contar con el fastidio que hubiera causado en Macri y el sector duro de JxC, y en muchos votantes capitalinos a quienes une el “espanto” del peronismo.

Larreta no da pelea frontal al gobierno de Fernández. Se apoya en las dificultades de provisión de las vacunas para justificar su resistencia pasiva, y así no disgusta abiertamente a votantes indecisos. Sabe que la población de CABA es probablemente la que más privatizada tiene su salud y complace a sus distintos públicos siempre flexibilizando las normas que plantea el gobierno nacional.

Tampoco disgusta del todo a su ministro de Salud que la cifra de contagios en la ciudad siga muy alta (en algún momento planteó la idea de que si se contagiara un 20 por ciento de la población podría conseguirse cierta inmunidad de rebaño).

Si el gobierno de Alberto Fernández no logra buenos resultados con la vacuna, es decir si la pandemia no desciende significativamente en los próximos meses, es difícil que un candidato duro de JxC se lleve muchos votos después del desastre 2015/2019. Pero Larreta y su sector”moderado” aparecerían como una alternativa.

No importa que CABA refleje también malos resultados porque siempre se podrá echar la culpa al gobierno nacional.

 

Si, llegado a este punto, algunos lectores quieren introducir un juicio ético y moral, puedo imaginarlo y compartirlo. Pero recuerden que algunos personajes de la esfera pública van por la vida livianos de cargas, vaciados como los chicos del rumor de Evita, pero no de su sangre sino de pruritos morales.