En el breve lapso de una semana, dos contingentes de egresados secundarios volvieron del exterior con la mayoría de sus alumnos contagiados de Covid, entre ellos el hijo del vicejefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, uno de los tantos que pagó cien dólares por un hisopado trucho. No es necesario mucho cavilar para colegir que la concreción de estos traslados en plena pandemia constituye una flagrante amenaza para la salud pública. Nuestro país se apresta para la segunda ola de este virus mortífero y entre tanto hay adultos que envían a sus hijos a naciones diezmadas por el Sars-Cov-2, como es el caso de México. Tal como hace unas semanas nos tocó señalar respecto de las concentraciones de jóvenes en las playas criollas (1), va de suyo la participación de los mayores en esta flagrante irresponsabilidad.

En el caso que hoy nos convoca, y más allá de las obvias consecuencias sanitarias de estas malavenidas experiencias, me gustaría poner el foco en el mensaje que --lo adviertan o no-- tanto adultos como escuelas brindan a los jóvenes al promover este tipo de desaguisados colectivos. Desde nuestra perspectiva, el viaje de egresados forma parte de la experiencia educativa de un grupo. La solidaridad; la disposición para ayudarse al encontrarse lejos del hogar; la posibilidad de vivir escenas desconocidas tales como compartir un cuarto entre varios; la actitud ante las borracheras, descomposturas y descompensaciones que --nos guste o no-- forman parte de los hábitos propios de estos viajes; conforman una oportunidad para poner a prueba lo aprendido e incorporado en los años compartidos en el colegio secundario. A este escriba le ha tocado --como profesor de una institución educativa-- acompañar contingentes de egresados en los que ha podido comprobar la vulnerabilidad de muchos adolescentes ante el desplante de la “compañera del alma”; el vacío del grupo; la indiferencia del “mejor amigo” y otras situaciones cuya intensidad se multiplica en virtud de la distancia respecto de los afectos y objetos que constituyen la cotidianeidad de un chico o chica.

Ahora bien, vale la pena preguntarse qué quedan de estos valores cuando la puesta en práctica del viaje en sí misma ya constituye una afrenta para toda perspectiva que suponga resignar o ceder algo propio para así incluir al Otro. Y por otra parte: ¿cuáles son las consecuencias de la evidente exposición en que quedan los chicos al verificarse que su viaje de egresados terminó en un contagio masivo? Claro, aquí se abren distintos desenlaces. Puede existir lo que se llama la depresión reparatoria, es decir; el gesto de quien asume su error, se hace cargo de la falta y de esta manera pide disculpas o intenta de alguna manera corregir o compensar el daño causado, o bien --y este es el punto que distingue a nuestra época-- la vertiente cínica del canalla. Es decir: nos dejaron ir porque a nuestros mayores poco le importan la comunidad en que viven, así que de la misma manera a nosotros poco nos importa estar contagiados y contagiar, da lo mismo. Quizás ésta sea la peor de las consecuencias de esta irresponsabilidad que los adultos cometieron con sus hijos: crear personas cuyo entorno les resulta absolutamente indiferente.

Sergio Zabalza es psicoanalista. Ex docente en escuelas secundarias.


[1] https://www.pagina12.com.ar/317208-pandemia-que-hacemos-con-los-inconscientes