Tres películas en el arranque de la Competencia Internacional
Puntapié inicial en medio del agite
Viejo calavera, del boliviano Kiro Russo, es un ejemplo de hibridez entre documental y ficción. The Wedding Ring, de la nigeriana Rahmatou Keïta, es por momentos fascinante y en otros algo irritante. No Intenso Agora, de João Moreira Salles, es un bello y elocuente film político.
No Intenso Agora, el esperado regreso de João Moreira Salles.No Intenso Agora, el esperado regreso de João Moreira Salles.No Intenso Agora, el esperado regreso de João Moreira Salles.No Intenso Agora, el esperado regreso de João Moreira Salles.No Intenso Agora, el esperado regreso de João Moreira Salles.
No Intenso Agora, el esperado regreso de João Moreira Salles. 

Dentro, la proyección del film alemán Casting, sin discursos de apertura. Fuera, ante las puertas del cine Gaumont, una nueva y populosa asamblea convocada por el affaire Incaa que tiene en vilo al ambiente cinematográfico local. Este 19° Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente promete ser uno de los más agitados en términos de discusiones sobre política cultural, tanto en los lobbies y pasillos de las diversas sedes como en las charlas sobre la vereda, mientras en las salas los más de cuatrocientos títulos que integran esta nueva edición –dirigida, por segunda vez consecutiva, por el crítico Javier Porta Fouz– comienzan a brindar un nuevo panorama del cine producido durante los últimos 365 días y más allá (este año, como siempre, hay una buena cantidad de retrospectivas, focos y rescates del pasado). La Competencia Internacional, que abre las páginas de las secciones del catálogo, está integrada en esta ocasión por 22 films, dos de ellos fuera de competencia, e incluye producciones de Bolivia, Chile, Australia, España, Costa Rica, Brasil, Italia, Estados Unidos, India, Portugal, Nigeria, Japón, Uruguay, Serbia y, por supuesto, Argentina, este año representada por dos títulos. Cinco de esos largometrajes son, además, premieres mundiales que tendrán por estos días su primera proyección pública.

El puntapié inicial le correspondió a la ópera prima del boliviano Kiro Russo, quien supo cursar sus estudios de cine en la porteña Universidad del Cine. Viejo calavera viene de debutar en el prestigioso Festival de Locarno, donde obtuvo una mención especial en la sección Cineasti del presente, dedicada a las primeras y segundas películas, y resulta un excelente ejemplo de la hibridez entre documental y ficción que atraviesa a una parte de la producción cinematográfica contemporánea. Rodada en una zona minera en la región de Oruro, la película comienza con planos de un boliche bailable, mientras de fondo se escucha la melodía de un clásico del italo-disco ochentoso. Su protagonista, Elder, visiblemente intoxicado, roba una billetera y corre por las calles mientras es perseguido, toda una carta de presentación para un personaje que pasará la mitad del film (al menos) bajo los efectos del alcohol. Si durante los primeros minutos Russo encuentra inspiración en una serie de cuidados planos secuencia que remiten a una cruza entre la elegancia de Tarkovski y los claroscuros marginales de Pedro Costa, Viejo calavera va encontrando su propia estética y rumbo narrativo cuando la cámara comienza a acompañar a Elder en su viaje hacia las profundidades de la tierra. No casualmente, ninguno de los actores del film es profesional y la sensación hiperrealista de las imágenes se relaciona con la manera en la cual fue filmado. Lejos de ayudarlo a enderezar el rumbo, ese infierno subterráneo parece perderlo aún más: mientras sus compañeros de labores no logran ponerse de acuerdo en cuestiones sindicales en una ronda de discusión, el muchacho se atraganta con varias botellitas de lo que parece ser alcohol etílico antes de perderse en las grutas y lagunas internas del lugar. Esa escena puntual y otra posterior, durante un descanso en un desvencijado hotel para mineros, ponen en tensión cuestiones políticas ligadas al trabajo, pero resulta claro que el realizador prefiere la descripción –por momentos alucinada– de un microcosmos, empaparse en una forma de vida que casi podría entenderse como cosmovisión, que encaramarse en el sitial del observador y declamar las virtudes y vicios de justos y pecadores. 

Si Viejo calavera le escapa a la posibilidad de ser entendido como un proyecto eminentemente etnográfico, The Wedding Ring parece haber abrazado ese concepto desde el momento de su concepción. Al menos en un nivel, porque en otro la película de la nigeriana Rahmatou Keïta adopta el tono del cuento tradicional con una mirada al mismo tiempo revisionista y fiel a sus orígenes, un poco a la manera del Pasolini de la Trilogía de la vida. La historia tiene como protagonista a Tiyaa, una princesa del sultanato de Damagaram (ciudad conocida en el resto del mundo como Zinder) luego de haber pasado varios años de estudio en Francia. Allí conoció a otro hombre africano del cual se enamoró, pero con quien difícilmente pueda terminar formando una pareja. El registro de las tradiciones cotidianas de esa clase aristocrática de Nigeria –desde la manera de preparar y servir el agua hasta las condiciones necesarias para tomar un baño– son utilizadas por la realizadora para construir un relato que hace chocar a esa nueva Tiyaa que regresa de Europa, consciente de pronto de otros roles de la mujer en el mundo, con esas convenciones que el film también pone en pantalla con respeto e incluso algo de fascinación.

The Wedding Ring es por momentos fascinante y en otros algo irritante: la delicadeza con la cual describe la ligera rebeldía de la heroína (quizás un feminismo incipiente) es opacada por los flashbacks de la existencia previa, cercanos a la estética publicitaria de una agencia de turismo especializada en viajes románticos. La gracia con la cual encuadra las coloridas vestimentas o pone en pantalla el protocolo ante una visita inesperada puede desembocar en un registro interesante o en el pintoresquismo liso y llano. Ayuda la potente presencia, a pesar de su rol muchas veces pasivo y silencioso, de la actriz franco-nigeriana Magaajyia Silberfeld, a su vez realizadora de varios cortometrajes.

Fuera de competencia (se trata de un quinto largometraje y la sección sólo admite realizadores que hayan dirigido hasta tres inclusive), No Intenso Agora es el esperado regreso de João Moreira Salles, a diez años de su celebrada Santiago. En su nuevo film, lo íntimo es apenas el punto de partida, ya que a pesar de partir de unas latas de Super8 filmadas por sus padres en un viaje a China en plena Revolución Cultural, este auténtico film-ensayo se abre a una descripción de los convulsionados finales de los años 60 en Europa, aunque con algún desvío por su Brasil natal. Elaborado exclusivamente a partir de material visual preexistente (un caso particular de aquello que suele llamarse found footage), es la voz en off del propio Salles la que aporta una mirada sumamente reflexiva sobre el Mayo francés o la invasión soviética a Checoslovaquia luego de la Primavera de Praga, en la cual lo personal y lo colectivo es muchas veces indivisible. No tanto una elegía por épocas pretéritas como una añoranza por sueños que tal vez sólo podían ser precisamente eso, No Intenso Agora es una bellísima y elocuente película política, un paseo por archivos audiovisuales que hace pensar no sólo en el pasado sino también en el presente y una de las películas indispensables de este Bafici 2017.

* Viejo calavera se exhibe hoy, a las 14.15 hs., en Village Recoleta 6 y el lunes 24, a las 18.30, en Artemultiplex Belgrano 3.
* The Wedding Ring se exhibe hoy a las 16.50 en Village Recoleta 6 y el domingo 23, a las 13.10, en Village Caballito 7.
* No Intenso Agora se exhibe hoy, a las 19.45, y el viernes 28, a las 16.30, en Village Recoleta 3.