La Competencia argentina del Bafici arrancó con sus habituales dicotomías
Imprevistos contra las cotidianidades
El espíritu lúdico de La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky, viene a romper con el realismo imperante en Las cinéphilas, de María Alvarez; Casa Coraggio, de Baltasar Tokman, y Hora-Día-Mes, de Diego Bliffeld, sobre textos de Marcelo Cohen.
Walter Jabob y María Villar, corriendo de aquí para allá en La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky. Walter Jabob y María Villar, corriendo de aquí para allá en La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky. Walter Jabob y María Villar, corriendo de aquí para allá en La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky. Walter Jabob y María Villar, corriendo de aquí para allá en La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky. Walter Jabob y María Villar, corriendo de aquí para allá en La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky.
Walter Jabob y María Villar, corriendo de aquí para allá en La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky.  

Media docena de veteranas señoras cinéfilas, el solitario encargado de un garaje, una familia de propietarios de una funeraria y el elenco completo de una ópera (y sus allegados) son los protagonistas de la Competencia argentina, en los primeros días de la edición 2017 del Bafici. Ópera prima de María Alvarez, el documental Las cinéphilas (se ignora a qué se debe la grafía afrancesada) presenta a dos señoras argentinas, dos uruguayas y dos españolas, todas ellas rondando la séptima década de su vida, ejerciendo, explicando y recordando sus respectivas cinefilias. Producida por la dupla de Mariano Cohn y Gastón Duprat, realizadores de El ciudadano ilustre, y dirigida por el debutante en solitario Diego Bliffeld (codirigió junto a Nicolás Diodovich Línea de cuatro, estrenada pocos meses atrás), Hora - Día - Mes presenta al curtido secundario Manuel Vicente dando un salto al protagónico. O coprotagónico, ya que los textos del escritor Marcelo Cohen, que él mismo lee en off, son tan protagonistas como Vicente. Casa Coraggio, de Baltasar Tokman, fusiona documental y ficción para mostrar el interior de una familia en el pueblo bonaerense de Los Toldos, mientras que La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky, vuelve a trazar, como en El loro y el cisne (2013), una serie de tangentes y líneas de fuga a partir de la creación de una obra, en este caso una multitudinaria ópera contemporánea. 

“Los psicólogos deben mandar a sus pacientes a las filmotecas, por eso están llenas de toda clase de locos, solitarios y neuróticos”, dice una de las señoras de Las cinéphilas, reconociéndose sin ningún pudor como uno de esos pacientes. Algún día habrá que investigar esa relación entre cinefilia y soledad, y conviene apurarse porque la cinefilia se termina. De hecho es sumamente significativo que las protagonistas de la película de María Álvarez peinen todas sus buenas canas, tengan tintura o no. Teñida de recuerdos, de afuera y adentro del cine, de alguna sordera, de algún olvido (el de escribir la carta que se envió, por ejemplo) y de alguna ausencia, Las cinéphilas es una película inevitablemente melancólica. Por suerte no sólo eso, ya que las señoras tienen la suficiente sed de vivir como para gozar de cantar en un coro, o de tener ganas de leerse en un grupo de estudio los siete tomos de En busca del tiempo perdido, o de hablar de Louis Jourdan con el deseo con que podría hablarse del sodero, o de estar convencidas de haber estado casadas con Jeremy Irons. Ya se dijo: la cinefilia es una forma de locura. Una de ellas, la más sistemática de todas, tiene cultivadísimos hábitos cinéfilos, además de una biblioteca que más de un crítico envidiaría. Las cinéphilas es una película sencilla, eficaz y, tal vez, subversiva: suele creerse que la cinefilia es una pasión masculina.

Sin el relato-off de Marcelo Cohen, Hora - Día - Mes sería un embole absoluto, porque lo que muestra la película son los días de una semana en la vida de Nardo (Vicente), y Nardo pasa la semana entera metido dentro del garaje, durmiendo allí mismo. Cuida un poco, lava algún auto, cruza algunas palabras con algún cliente, por las noches revisa algún baúl de puro chusma y juega un poco con algún auto, porque los autos le gustan mucho y conoce mucho de ellos. En realidad, Nardo es un talento desperdiciado, porque en su momento, mucho tiempo atrás, le quitaron su licencia de conducir y desde entonces se resignó al garaje. Un personaje de novela, y allí viene el novelista Marcelo Cohen a narrar desde el off con estilo deliberadamente hiperliterario y omnisciente, que en ocasiones cuenta desde una tercera persona y otras veces parece hablar en nombre del protagonista. Los excesos de estilo del creador del Delta Panorámico, confrontados con el mundo vulgar sobre el que se dibujan, se vuelven muy divertidos, como cuando hace un catálogo de modelos de autos rematados por apelativos poéticos, o cuando narra todo un microrrelato de la historia de vida de un Renault 12, desde el año 78 hasta acá. El problema es que lo que se narra en imágenes –aunque las imágenes son nítidas, límpidas y encuadradas con precisión– es escasamente interesante.

Algo semejante podría decirse de Casa Coraggio, con la salvedad de que en ella no hay relato-off. La apuesta de Baltazar Tokman (realizador de Planetario y I Am Mad), que el realizador explicita en un cartel inicial, consiste en filmar la historia de una familia mezclando actores con los miembros de la familia, sin aclarar quién es quién. La película tiene una clásica estructura de ficción, con una protagonista que vuelve a su ciudad para el cumple de 15 de su hermana postiza y allí se reencuentra con los miembros de su familia y con el negocio familiar, una funeraria, que se remonta a un par de generaciones atrás. El relato fluye, gracias a una cámara atenta y dinámica y unos actores magníficos, tan bien ensamblados que no tiene sentido ponerse a especular cuál podría ser profesional y cuál “auténtico”. El problema es justamente ése: más allá de lo logrado de la puesta, el juego que propone el director no lleva muy  lejos, y lo que la película narra no va más allá de una suerte de neocostumbrismo medio, hecho de videos caseros de cumples de 15, álbumes de fotos familiares y cariños paternales.

Como sucediera tres años atrás con El escarabajo de oro, con La vendedora de fósforos Alejo Moguillansky vuelve a producir un corte en este panorama de cotidianidades, con sus juegos de imprevistos, cruces impensados, superposiciones y conspiraciones. Esta última palabra puede hacer pensar en las películas de Matías Piñeiro y no hay duda de que Moguillansky y Piñeiro son algo así como cineastas hermanos, siendo el segundo una versión como más leve y delicada, y el primero más humorístico y acelerado. De hecho vuelve a haber corridas en La vendedora de fósforos. No tanto como en Castro, donde no había otra cosa (y Moguillansky se autocriticó esa limitación), pero que las hay, las hay. Todo gira alrededor de la ópera del título, compuesta por un compositor germano de vanguardia a partir del cuento de Andersen, con intrusiones de Leonardo Da Vinci y la Fracción del Ejército Rojo alemana. Walter, director de teatro argentino (Walter Jakob, notable como siempre) es contratado como régisseur, para ponerla en el Colón. En paralelo, la mujer de Walter (María Villar, acentuando paralelos con las películas de Piñeiro) es contratada por una añosa pianista (Margarita Fernández, célebre pianista ella misma) y a la hija de ambos (Cleo Moguillansky, hija del realizador) se la pasan de mano en mano. Son 71 minutos de acá para allá, con todo un final autorreferencial en el cual Moguillansky se ocupa de decir que su cine no es para reírse nada más. Seguramente no, pero sería una lástima no hacerlo. 

* Las cinéphilas se verá por última vez mañana a las 22.45 en el Atlas Belgrano 3
* Hora - Día - Mes, mañana a las 21 en el Village Caballito 7.
* Casa Coraggio, hoy a las 16.15 en el Village Recoleta 9 y el lunes 24 a las 13.10 en el Village Caballito 8.
* La vendedora de fósforos, hoy a las 18.10 en el Village Recoleta 5 y el martes 25 a las 13.10 en el Village Caballito 7.

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