Esta historia es de la época de subir a la terraza y pegarle palazos a la antena para ver bien los canales. De la época “Matinee”, “La Tuerca”, “los Campanelli”... y de “Titanes en el Ring”, programa que marcó a muchos de mi generación y lo emitían para el año que regresó Perón a la Argentina, en 1973. Los titanes de los 70, claro, los de los 60 no los conocí.

También para esos días, salía una golosina (que aún sigue saliendo) y que también nos encantaba a los pibes, el chocolatín Jack con sorpresa; muchos lo comprábamos más por el juguete que por el chocolate, miniaturas de plástico pintadas a mano que venían adentro, y ni hablar que para ese año salieron los personajes de las troupe del armenio Martín Karadagian.

Recuerdo que el primero que me saqué fue Benito Durante y no lo podía creer... ya habían salido personajes como Pepe Biondi u otros de la tele, pero cuando empezó a salir la colección de nuestros héroes fue tocar el cielo con las manos. Y empezó mi desfile: la momia, Don Quijote, el Vikingo, Tufic Memet... Pero yo quería a mi preferido: el Caballero Rojo.

El Caballero era uno del plantel más querido, sabíamos que era rojo a pesar de que lo veíamos en blanco y negro, y tenerlo en mi repisa se había vuelto mi obsesión. Días y días de comprar chocolates, abrirlos... y la desilusión de que me salga cualquiera menos ese.

Un tío que nos visitaba siempre me daba unos mangos y esa vez me servían para comprarme cuatro; era imposible no pensar que en uno de ellos iba a salir mi favorito, así que me fui corriendo al kiosco a comprarlos.

Salgo, y en la calle veo a un vecino pintando en la vereda bien grande VIVA PERÓN, era extraño en esa época que gritaban más las pintadas de las paredes. Me vio cómo me quedé mirando su obra, aflojó con el pincel y con una sonrisa de oreja a oreja me dice: ¡El avión que trae al general va a pasar por acá seguro y va a leer esto que escribí, pibe! Mi inocencia me llevó a creer que iba a pasar eso, hasta pensé qué importante vamos a ser en la cuadra y hoy era un día de gloria... el pocho mirando esa leyenda y yo sacándome al luchador.

Me fui más contento al kiosco y tuve mi primera desilusión... estaba cerrado, pero no me iba a rendir así nomás, así que me fui caminando al de Peralta y Nazarre, que siempre estaba abierto. Sin decirle nada a mi vieja me aventuré esas cuadras, compre los cuatro chocolatines y rumbo hacia mi casa volvía feliz como perro con dos colas o como vecino que esperaba ver pasar al avión.

Empecé a abrirlos con desesperación, en el primero me salió Pepino el payaso, ya lo tenía repetido y todavía había posibilidades en el partido. El segundo... el Mercenario Joe, si bien me gustaba como luchador, me puso un poco alegre, pero yo quería al Caballero y sólo me quedaban dos cartuchos. Todavía había chance. El tercero, el Tío Antifaz y sólo quedaba uno, era como tener un dardo en la mano y darle sí o sí en el blanco. Mis manos temblaban y ya estaba cerca de casa. Me daba miedo abrirlo y que no me saliera, hasta pensé por cábala dejarlo para la noche, pero sabía que eso no iba a pasar y lo abriría en ese momento.

En el cuarto salió de nuevo Pepino, y fue tal la bronca que lo tiré con fuerza al medio de la calle.

Llegué a mi cuadra y mi vecino ya había terminado su frase en la vereda, se leía bien grande el VIVA PERÓN con pintura blanca, el tipo estaba sentado tomando mate y bastante manchado de blanco, esperando que pasara el avión.

Me senté junto a él y me volvió a regalar una sonrisa mientras los chocolates en mi bolsillo se empezaban a derretir de a poco. ¡Ya va a pasar el avión y el Pocho va a leer esto, nene!, me dijo mirando al cielo

--Hoy no dormí de la emoción ¡Desde la semana pasada que tenía preparada la pintura para hacer esto! ¡Mejor dicho, desde años!

Me fui a casa, cargado de frustración por el tesoro que no me salió y aparte de comerme los gritos de mi vieja por haber faltado un rato largo de casa, los chocolates en el bolsillo ya eran un baño de repostería. Esa noche, yo como el vecino, casi no dormí, pero por mi derrota, no por la alegría de que volvía su líder.

Al día siguiente salí a la calle y éramos dos los vencidos. Él, porque el avión con Perón jamás pasó por ahí, ni hace falta decir que si hubiese pasado nunca habría leído lo que escribió, y yo, porque ya no tenía plata para comprarme más Jacks y seguir apostando a que me saliera el premio mayor.

Don Mario miraba el cielo con su vereda pintada, como teniendo una esperanza de que todavía pasara, y yo con ganas de ir y comprarme el kiosco entero hasta que saliera mi elegido.

El Caballero Rojo nunca me salió y Mario tuvo que conformarse sólo con un aeroplano que pasó a baja altura y en el que obviamente no iba el general.

Muchos años después, ya de adulto, pude comprar el Caballero Rojo en el Parque Rivadavia, y me pregunto si alguna vez mi vecino se habrá cruzado también con el General en alguna plaza de Buenos Aires.