El hombre de la calle
Treinta años después de haber escrito el primer libro que se publicó alguna vez sobre Jaime Roos, Milita Alfaro –historiadora, investigadora cultural y una de las personas que más sabe del carnaval uruguayo– regresa sobre el tema, y presenta El montevideano, la biografía total del autor de canciones inmortales como “Amándote”, “Colombina” o “Brindis por Pierrot”. Con el aval de su biografiado, que le entregó su archivo de prensa y durante dos años estuvo a su disposición, el resultado no sólo es un retrato profundo de Roos sino también una panorámica de la cultura popular de su ciudad, de la bohemia de bar a la Cinemateca, pasando por los tablados. Y completa, junto a la reciente reedición de su discografía, un repaso por la vida y obra de un artista que aclara, antes de venir a presentar el libro a la Feria del Libro porteña, que nunca pensó en retirarse, sino que simplemente estuvo poniendo la casa en orden.
En Fray Bentos, durante la gira A las 10, 1994.En Fray Bentos, durante la gira A las 10, 1994.En Fray Bentos, durante la gira A las 10, 1994.En Fray Bentos, durante la gira A las 10, 1994.En Fray Bentos, durante la gira A las 10, 1994.
En Fray Bentos, durante la gira A las 10, 1994. 

“Recién vi a un extraño con un rostro familiar/ Ahora entiendo al resto cuando me mira mal/ El del espejo soy yo/ Extraño animal”. El verso pertenece a “Tema del hombre solo”, una de las canciones del último disco de estudio de Jaime Roos, Fuera de ambiente (2006). Se sabe: ese “extraño animal” es uno de los artistas más inspirados, sofisticados y complejos de la música popular del último medio siglo. Y si el espejo le devolvía a Roos un rostro temerario, el libro que la editorial Planeta publica por estos días refleja cómo llegó a ese instante de reflexión impiadosa frente a la propia imagen proyectada. Y refleja más: las caídas, grandezas y zigzagueos de una vida escarpada y una obra fascinante. El montevideano es la biografía total de Jaime Roos y por añadidura una panorámica de la cultura popular de Montevideo, esa que va de la calle Yacaré a la bohemia de bar, de los tablados a la Cinemateca Uruguaya.

 Cancerbero hasta la obsesión de los detalles más minúsculos de la trama que enlaza precisamente vida y obra, Roos volvió a ubicarse bajo la lupa de Milita Alfaro como quien, ya pasados los 60 años, entrega armas. Alfaro es una historiadora e investigadora cultural que en 1987 publicó un pequeño y delicioso libro de conversaciones con Jaime Roos titulado El sonido de la calle. Escribe Milita como parte del prólogo de El montevideano: “Aunque la esencia última del arte es siempre indescifrable, en el punto de partida de este libro hay una pregunta que intenta desafiar esa premisa: ¿en qué medida el hombre explica al artista? En este caso concreto: para calibrar la proyección de su obra, ¿hace falta una vida de Roos que, sin perjuicio de pasiones y talentos innatos, también repare en las marcas vitales que propiciaron que esa obra fuera creada en un contexto singular e irrepetible? La historia que aquí se cuenta procura arrimar pistas para responder a esas preguntas que ya estaban esbozadas en los fundamentos de El sonido de la calle...”

 Para la elaboración del libro Jaime y Milita se reunieron durante dos años, a la noche, tarde. Antes, Roos le había entregado una pila de dos metros de carpetas de recortes de prensa. Las reacciones de la crítica uruguaya –una relación siempre conflictiva– y a partir de los años 90 también las de la crítica argentina, son una de las líneas de la estructura cronológica de la biografía. Otra tiene que ver con el análisis de cada uno de los discos. Hay datos reveladores que el fan de paladar fino sabrá valorar (como que el tema “Nunca fuiste al cine” refiere... ¡a la marihuana!) y otros sorprendentes, de ramos generales, como la historia del freak que le entregó una letra de murga para que Jaime Roos la musicalizara y tiempo después incendió el departamento del artista.

  El montevideano se detiene exhaustivamente en los años iniciales. Rastrilla el árbol genealógico –una foto portuaria de la integración identitaria rioplatense, con su sangre híbrida de inmigraciones– y se hunde en la infancia, en la cosmogonía de un barrio de clase media baja de fines de los 50: la tierra fértil donde Roos sentó la base de su cancionística. Es su aleph. En ese período está casi todo: la soledad de hijo único en su casa leyendo novelas mientras sus padres iban al cine, el sonido del candombe, la murga, Los Beatles, las salas de cine-arte, la pelota, la guitarra clásica y una extraña somatización que se sumó a una tartamudez que desapareció recién cuando, a los 21, se fue a Europa escapando del clima opresivo que lo condenaba a estudiar en una Universidad intervenida por la dictadura. “Los encuentros con Milita fueron como un psicoanálisis espontáneo, involuntario y doloroso”, explica Jaime Roos, desde su hogar en Montevideo. Aclara de entrada que no se siente cómodo refiriéndose a un libro que habla de él. “El libro no es mío, es de Milita. Sí es un trabajo avalado por mí, una biografía oficial. He tenido muchos ofrecimientos. Pero quise hacerlo con Milita porque es una amiga y porque me interesó su mirada de historiadora cultural. Ya habíamos tenido una buena experiencia con El sonido de la calle. Pero esto es diferente. El sonido de la calle fue escrito sobre la marcha, arriba del avión, tiene la frescura de la inmediatez y el vértigo de haber sido hecho en dos meses. Y bueno, pasaron 30 años. Acordate que el capítulo final de aquél libro termina cuando me voy al estudio a grabar ‘Amándote’”.

 El montevideano relata la frenética dinámica de ensayo y error de un beatnik que buscó su destino en Europa, en miserables pensiones de Madrid, París y Amsterdam. Esos años lisérgicos –plasmados en los tres primeros discos, Candombe del 31, Para espantar el sueño y Aquello– fueron fundamentales para que paradójicamente Jaime Roos diseñara lo que fue, al fin, su más profunda obsesión y su logro más extraordinario: la disección del alma de Montevideo. La lejanía siempre aclara: evitando la postal, rozando el tango, triturando cualquier artificio literario, Jaime pulió el estilo de cara al público. En las calles de Europa bosquejó un plan estético que fue, también, político: cómo cantarle a una ciudad y a sus habitantes, qué imágenes tomar, desde dónde partir. Zarpó y llegó a un muelle único, original, con elementos de un rudimentario y sensible copy & paste sonoro (relatores de fútbol, voz de poetas, pregones), más un mix de Beatles, Zitarrosa, Mateo, el rock and roll y la música que pasaba por la puerta de su casa. Combinó con un perfeccionismo casi enfermizo tradición y vanguardia para la construcción de una delicada cancionística hecha de singularidades. Hubo un instante epifánico –que se puede ubicar a mediados de los 80– en que Roos parecía tocado por una vara mágica celestial, un momento de inspiración radical, como si se hubiese metamorfoseado en la gran antena del Uruguay. Todo lo procesaba con agudeza y lucidez. El estado de gracia aparece resumido en esa catedral de la música que es “Brindis por Pierrot”. Como bien escribió Milita Alfaro: “Si partimos del supuesto de que una ciudad y sus representaciones se producen mutuamente, resulta significativa la insistencia con que se ha definido a Jaime como venturoso intérprete del alma de esta ciudad. Astor Piazzolla es Buenos Aires, Joan Manuel Serrat es Barcelona, Lou Reed es Nueva York y Jaime Roos es Montevideo, se ha dicho una y otra vez, poniendo el acento en la poderosa articulación que existe entre una geografía –real e imaginada– y los sonidos que la reinventan. En esa fascinante interacción, las canciones de Jaime no sólo le ponen letra y música a un posible paisaje montevideano. También sientan las bases de un mito cultural que opera como lugar de memoria y resulta tan revelador como su propia música”.

A contrapelo del peso específico que demostraron sus composiciones desde muy temprano, Roos tuvo una lucha cuerpo a cuerpo con cierta crítica musical. Un infierno de pago chico en el que seguramente influyó la decisión artística de Roos de no mezclarse con el panfleto de los años de lucha contra la dictadura –un rasgo de inteligencia a contramano, que compartió con Eduardo Mateo– y, de una manera complementaria, la necesidad de inventar una figura que no existía: la del músico profesional. El uruguayo bregó por realizar videos, organizar ciclos y giras, buscar sponsors, conquistar espacios. “Eran tiempos que uno podía tener en Uruguay una magnífica locomotora dorada, pero lo que no había eran vías férreas”, cuenta Jaime. “Entonces, bueno, ¡hagamos las vías férreas! Y las estaciones y las barreras...”

Existe una mirada gruesa –que él mismo ayudó a conformar– que circunscribe su arte a canciones de fútbol, de candombe, murga, boliche y carnaval. Si bien ha utilizado esas temáticas populares como metáforas del paso del tiempo, la soledad o el desamor y como sitios de pertenencia, si se hurga en los pliegues de la obra aparecen complejidades en las que, nuevamente, confluyen y se potencian vida y obra. Se advierte una suerte de dolor existencial oculto en lo no dicho, en lo no cantado. Una profunda melancolía ubicada en las antípodas de ese sentimentalismo melodramático tan caro al Río de la Plata. Un inconformismo. Basta mirar las costuras de canciones como “Parece” o “Milonga de la guarda” o “Hermano te estoy hablando” o “Quince abriles” o “Vida número dos”, entre tantas, para asomarse a una desolación abismal. Si se lo escucha bien Jaime Roos está más cerca de los torbellinos de los poetas malditos franceses que del estereotipo que proyecta “lo uruguayo”. Nada es inofensivo en las canciones de Roos, nada es banal. Ni lineal: es Borges y Onetti y Obdulio y Pepe Sasía, es whisky y té.

Ese dolor quizás explique –o no– los períodos de recaídas con la cocaína y el alcohol. “El libro es riguroso. Pero no es toda la verdad”, concede. “Para escribir la vida de una persona hacen falta diez libros. Milita tuvo la virtud de la síntesis. Intenté dejar mi vida privada lo más al margen posible. El límite fue la discreción. Mencioné lo estrictamente necesario de mi mundo privado. Tuve control con lo que decía y además sabía que Milita me iba a cuidar. Lo que cuento de las drogas y el alcohol es porque sentí que tenía que hablar en serio. Pocos lo hacen. Este libro tiene un propósito central que es echar luz sobre la obra. Y también contar y compartir el periplo para llegar a esa obra”.

¿Qué sentiste cuando leíste el libro?

–Cercanía y extrañeza. La extrañeza del modelo que ve trabajar al pintor sin saber qué está haciendo y recién cuando el cuadro está terminado observa cómo quedó el retrato. Yo me reconozco en este retrato, pero también veo los espacios que existen entre los trazos. Es como la música: sonido y silencio. 

Hace unos años se reeditó tu discografía completa, ahora sale tu biografía... Huele a retiro.

–No. No cierro el boliche. Con la edición de todos los discos y con este libro hace tres o cuatro años que estoy poniendo la casa en orden. Siento que es un mural que se hizo a través de 40 años... y lo quise emprolijar. No sé qué voy a hacer de acá a tres meses. Tengo plantas que van creciendo en sus respectivas macetas. Tengo muchas ganas de escribir canciones. Pero sufro de pensar en el horror que me causaría largarme a hacer un disco nuevo. Me provoca mucho sufrimiento hacer las cosas bien. 

Estás en un parate.

–Sí. Fijate, está dicho en el libro. Dejé de tocar, cerré mi productora, hacía dos años que no daba una entrevista... 

¿Por qué?

–Para recuperar la libertad. Sentí que estaba encerrado en una maquinaria que inventé yo mismo.

   Jaime Roos no cierra el boliche, pero tal vez esté calibrando el estado de las cerraduras. Lo que se lee en El montevideano se puede conjugar en tiempo pasado. El libro funciona como una guía; Milita Alfaro se desliza como un lazarillo generoso que acompaña por el laberinto de un repertorio espeso. Lo integran canciones que supieron escudriñar los contrastes del alma humana. Canciones marcadas por la experiencia: viajes, mujeres, un hijo a 15 mil kilómetros de distancia, amigos que envejecen. Alguna vez preguntó en una canción de amor: “¿Cuántas puertas giratorias tiene una mujer?”. La misma pregunta le cabe a su obra.

  La mesa está servida: de la mediática pelea con Canario Luna al puente blindado –puro afecto y empatía– que tendió con Buenos Aires, de las giras extenuantes a sus producciones para otros artistas, de Franca Aerts a Estela Magnone, Jaime Roos apostó a fondo en todo lo que creyó. Aquí está: con una desnudez relativa. Es el tema del hombre solo que contó lo que quiso contar. Que es mucho. Como definió Alfaro: “El intento de capturar una vida en unos cientos de páginas tiene mucho de espejismo. En parte, porque el pasado es irrecuperable; en parte, también, porque la memoria –engañosa, imprecisa, selectiva– tiene su requisito imprescindible en el olvido”.

   Entonces: ¿en qué medida el hombre explica al artista? Es cierto que las obras de arte se deben defender solas, pero hay en El montevideano un pulso, un ritmo, una cadencia, que se puede leer como si se escuchara una larga canción. Tal vez sea una ilusión, el espejismo del que habla Milita Alfaro. Pero lo que asoma con nitidez entre las casi 500 páginas son los contornos de un sobreviviente. Alguien que se para en el centro y, al mismo tiempo, en los bordes, fuera de ambiente. Alguien que le puso el pecho a todas las balas, y que también disparó. Un mártir de su propia intransigencia y certezas. Un escudo humano que perdió el pelo y la salud en defensa de una serie de ideas y valores apretados en el formato mínimo y noble de la canción popular.

Milita Alfaro y Jaime Roos presentarán El montevideano el domingo 14 de mayo, en la Feria del Libro porteña. A las 16.