La idea es que el incidente sirva para disparar cierto aspecto más profundo.

Ignorar al tema es correr el riesgo de asemejar a un zombie.

Magnificarlo como si fuera un hecho categórico es un delirio.

La patinada del Presidente sobre orígenes mejicanos, brasileños y argentinos invita a unas consideraciones divididas entre la responsabilidad individual y el contexto que enmarca el blooper.

Es esa trama lo que valdría para distinguir entre lo anecdótico y (algo de) lo trascendente.

Afuera de las redes; de los memes que reproducimos y con los que continuamos a carcajadas; de preguntarnos cómo es posible un error de ese tamaño en un acto de ese tipo; de gozar los ajenos y bajonearse en el palo, al sentir que el notable tropezón equipara a una buena persona con los papelones internacionales de un pérfido que gracias si podía hacerse el chistoso con referencias futbolísticas… Afuera y aun dentro de todo eso hay el mundo mucho más grande, más decisorio, de la gente que no le da cinco de pelota ni a éste ni a yerros similares porque yugar la cotidiana pasa por otro lado.

Lo individual volvió a residir en la costumbre presidencial de no prepararse discursivamente, de confiar en exceso en su espontaneísmo, de entregarse a su instinto campechano.

La comunicación del Gobierno es o podrá ser un desastre, ya se sabe.

Pero no hay táctica ni estrategia comunicacional que pueda evitar mocos de improvisaciones o arrebatos personales.

El cuadro en que esas fallas se ocasionan va más allá de lo dicho en una escena protocolar.

El Gobierno tiene un serio problema, del que la anécdota con los ancestros americanos es espejo menor.

Ojalá ocurriera que la ausencia de coordinación discursiva, de articular acciones, de mesas chicas más ejecutivas que constantes, de ampliar el espacio de a quiénes se convoca, de un vocero que anticipe la agenda y enfrente a los mastines, y etcéteras antes precisos que infinitos, sólo redundase en que el Presidente le desacierte en público a de dónde venimos.

Sin embargo, menos que menos es cuestión de prenderse en el aprovechamiento porno del desatino presidencial, formulado desde lugares no impensables. Pero sí grotescos.

Ahora resulta que los personeros del negros de mierda, de acabar con el Congourbano, de liquidar la subversión mapuche, de mandar a trabajar a las villeras que se embarazan para cobrar planes, de aprender de Europa y de los países civilizados, vienen a aleccionar contra el Presidente de mentalidad blanca.

El posteo de Iván Noble sobresalió. “Te dormís una siesta, te despertás, entrás a esta aldea y te encontrás nazis desagraviando tehuelches. Acá no se divierte el que no quiere, viejo”.

Pero más irritante que la fauna de fascistoides convertidos al respeto por el indigenismo es la de los progres repentinamente aborigenizados, que se deleitan con la torpeza presidencial.

La señalan como demostración terminante de un oficialismo réprobo, al que no cabría dedicar más esfuerzos que la condena.

Es el mismo gobierno y el mismo Alberto Fernández que protegieron como nadie al indio Evo Morales, para no abundar.

La casi totalidad de los riesgos que corre ese gobierno, de cara al apoyo popular y, por ende, frente a unas elecciones quizá determinantes que quedan a la vuelta de la esquina, proviene de sí mismo.

En el arco opositor no hay absolutamente nada capaz de provocar entusiasmo o siquiera mera aceptación tranquilizadora, incluso entre los adherentes más fanatizados del gorilismo.

Por el contrario, la interna cambiemita desnuda un espectáculo de egos y zancadillas que, al margen del show entre presuntos halcones y presuntas palomas, no sólo revela la inexistencia de propuestas sustentables y superadoras. Directamente, no hay propuesta alguna que no sea el oposicionismo a como dé lugar.

Eso incluye al más repugnante que tristísimo papel de la Unión Cívica Radical. Un partido mudado, al parecer en forma definitiva, a la versión más conservadora, más tilinga, más banal, de una fuerza política en la que supo haber, aunque sea, el choque entre elementos reaccionarios, golpistas, cómplices de lo inmundo de nuestra historia, y otros que todavía se citan con orgullo socialdemócrata.

Hoy, apenas quedan los primeros.

Sólo la malla de protección mediática, por caso, pudo diluir el cipayismo supremo del diputado cordobés Mario Negri, que atravesó un límite de expresiones públicas a las que, es probable, no se hubiera animado ni el propio Macri. No porque éste no piense lo mismo, desde ya, sino porque tal vez lo hubieran prevenido de tal desfachatez.

A Macri y su tropa no les hace falta esconder lo que son y de dónde proceden.

De un radical, pongámosle que en cambio y con intenso viento favorable, se pretendería que mínimamente atesore algún pudor.

Pues no.

Negri, virtual columnista de los programas y conductores más enardecidos del árbol opositor, criticó alegremente que Pfizer no haya intervenido en el escrito de la ley sobre vacunas.

Un diputado nacional, exigiendo que una farmacéutica extranjera redacte leyes, a propósito de una ley que él y su bloque respaldaron, es algo nunca visto y que jamás debería volver a verse.

Está naturalizado que puede suceder. Que es veraz y verosímil. Que obviamente sus íntimos contertulios mediáticos no se animan a disfrazar un tímido cuestionamiento, sino que, encima, lo propagandizan.

Como sea, un escándalo moral y ético de semejante naturaleza inquieta, preocupa o indigna a una parte del mundillo minoritario de nosotros, los politizados.

La mayoritaria “gente común” está lejos de ser susceptible a bestialidades como la de Negri. E infinitamente más cerca de aspirar a la módica pero necesarísima utopía de que los precios dejen de subir sin parar. De que se controle con eficacia a quienes los forman. De que haya un Estado menos bobo.

Es en ese sentido prioritario que la oposición tampoco tiene nada para ofrecer, recluida como está entre monumentales y pequeñísimos actores protestatarios.

De allí que el problema radica en la insólita capacidad del Gobierno para dispararse a los pies. Nunca en lo que producen sus enemigos, ni los quejosos eternos que arreglan las cosas a pura invectiva.

Lo resumió muy bien el colega Enrique de la Calle, en un reciente artículo de la Agencia Paco Urondo.

¿Cómo puede ser el encadenamiento de errores no forzados, en unos días --para no extenderse-- en que “sólo” debería hablarse de la cantidad diaria de dosis que se aplican, y de las vacunas que llegan y continuarán arribando, y de las que se producirán en el país?

Argentina estará en la cúspide de los fabricantes mundiales. En cada jornada acceden a las vacunas millares crecientes. Al menos con una dosis, ya se vacunó al 27 por ciento de los argentinos pero, descontando los 14 millones de menores de 18 años que en principio no serían inmunizados, el porcentaje de vacunados de la población “objetivo” aumenta al 42.

Como igualmente señala De la Calle, no es alocado pensar que se alcanzará a las elecciones --o sencillamente a los próximos meses, quitado el factor electoral-- con la gran mayoría de la población vacunada.

Un impresionante logro de gestión que pareciera licuarse por esos tiros en los pies, que abarcan locuras como la de haber pretendido cobrarles deudas retroactivas a los monotributistas.

¿A nadie en el Gobierno se le ocurrió la indignación que eso despertaría entre franjas medias y de trabajadores precarizados --muchos de ellos, votantes claves del Frente de Todos--  a cambio, encima, de un pálida recaudación?

No. A nadie. O no fue escuchado nadie que lo haya advertido.

La marcha atrás y el proyecto superador de revisar el esquema fiscal llegan tarde. No en cuanto a sus efectos, sino en torno de que los retrocesos carecen, casi siempre, del impacto de las metidas de pata originales.

La mala noticia es que estas ineficiencias del Gobierno, por fuera de sus logros vacunatorios cada vez más evidentes, son idóneas para generarle agujeros (muy) complicados.

La buena es que enfrente se pelean para ser invariablemente peores. Y que, ergo, sigue en manos de la coalición gubernamental corregir y mejorar el destino de corto y mediano plazo.

Sería un pecado imperdonable que se corra el riesgo de volver a eso, a lo peor de lo peor, no por virtudes ajenas sino por equivocaciones y barrabasadas propias.