Revolución de las mariposas
Se conoce como “slash” a un tipo de relato donde los fanáticos reinventan en clave queer las relaciones entre su novela o comic favorita. En esta fecha patria, Facu Soto se mete con los próceres y el lado G de la Revolución de Mayo.
Imagen: Maia Debowicz

Starsky y Hutch se comen la boca a besos, y Harry Potter con Draco Malfoy dejan de ser antagonistas para formar una pareja en vías del matrimonio igualitario. Son ejemplos de slash fanfiction, el género donde sus protagonistas - personajes de libros, series de televisión, videojuegos, músicos- tienen relaciones románticas y sexuales sin pudor. El género sigue creciendo y el site slasheaven.com cuenta con más de 4471 historias con personajes de animé y cartoons, y 12205 historias basadas en personajes de libros, entre ellas El señor de los anillos o Harry Potter, 690 historias trash basadas en personajes de películas, también está el rubro series de TV, famosos, entre otras. En deporte hay una bonita historia de amor entre el jugador mejicano Villa y nuestrx queridx Messi. Ojo que en el género Romance suele aparecer la advertencia “Incesto”. 

Slash patrio

Un negro llamado Washington, que había sido traído, como tantos otros esclavos, desde África al Virreinato del Río de la Plata, y comprado por una familia española, que se dedicaba a la política y al monopolio de joyas, tuvo mucho que ver en esta revolución; aunque no fuese reconocido en los anales de nuestra historia. 

La familia era de clase alta y gozaba de derechos como leer libros en francés y latín que inducían a pensar, y otros que estimulaban el deseo. Vivían en una casa amplia, tipo quinta, con paredes gruesas, tejas y ventanas que daban a la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo). En el patio, lleno de árboles, se reunían a conversar con los invitados. Cuando venía otro hombre de alcurnia, el patriarca de la casa, Baltazar Hidalgo, le ordenaba a su esclavo Washington que se pusiera prendas de mujer para llevarles el cimarrón (mate amargo) en una bandeja de plata llena de pastelitos. Tal era la tentación de los hombres de guantes, levita y galera, al ver entrar al musculoso Washington -con un peinetón entre los rulos, una manta color crema cubriéndole la espalda, pero dejando ver los pectorales humectados en sudor, la enagua de seda transparente con volados, y los enormes pies descalzo- que los caballeros entraban en éxtasis y se olvidaban de sus familias y de gobernar. 

Entrada la noche pasaban al salón donde bailaban un miné en la penumbra de los candelabros, deglutiendo empanadas como si fuesen animales. La música del piano los exasperaba, llevándolos a arrancarse las camisas con volados, las polainas, para hacerse poseer por el dotado Washington. 

España sufría la crisis del Rey Fernando VII y Napoleón Bonaparte, que habían sido amantes, como no podían gobernar juntos, se disputaban el poder como el falo en la alcoba. La crisis se trasladaba a estas pampas, con ella la venta de esclavos que empezaba a exhibirse en la Plaza Mayor, donde se subastaban al mejor postor; lo mismo que con los animales de carga. “Saben cocinar, trabajar la tierra, y hacer lo que el amo desee”, gritaban los vendedores. Washington oyó a su amo decir que tendría que desprenderse de algunos de ellos, para dar el ejemplo. Pero también había oído la palabra emancipación, y aunque no sabía lo que era, otro esclavo-amigo le explicó lo que significaba. 

Washington, que era un hombre de acción, una noche lluviosa, no dudó en atravesar la calle principal, alumbrada por un farol, con el puño de su amo en la mano. Se adentró al Cabildo vestido como le gustaba a Baltazar Hidalgo. Washington recordó a los negros que murieron en el barco durante el viaje hacia América. En los que llegaron con vida; pero sin derechos. En los latigazos que recibían de sus amos. 

Al entrar, encontró a Don Cornelio Saavedra desparramado en un sillón con el torso desnudo y las polainas por los tobillos, acunando a Mariano Moreno, a quién acariciaba, le daba besos de lengua. En el piso se encontraba Juan José Paso revolcándose con Manuel Alberti, que tenía un vestidito de encaje y brocato con un entretejido de plata que resaltaba el relieve de sus dibujos. En un rincón, Juan José Castelli se acariciaba con Miguel de Azcuénaga. Belgrano, en la penumbra, lamía unas boleadoras. “Pero, ¿no hay nadie normal en este Cabildo?”, pensó Washington, que se acercó con respeto a Saavedra, que apenas lo vio le entregó toda su atención. Con sus labios de bife le habló al oído de la emancipación, el sometimiento y la libertad. Por las cosas que había oído en la casa de su amo, y por lo que él pensaba, contaba con más información que la gente que estaba ahí reunida. Saavedra se quedó pensando y dijo: “Sí, tenemos que hacer la Revolución hoy mismo”. Cuando Washington intentó salir del Cabildo, unos soldados ignorantes le sacaron el puño y se lo clavaron en el pecho. Lo que sigue es historia conocida.