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Ningún golpe la calla
 

Dilma Rousseff ganó su segundo mandato como presidenta de Brasil con 54 millones de votos. No fue solo ella. Fueron 54 millones de brasileños/as que la eligieron en octubre del 2014. Y tampoco fue un fenómeno aislado. Fue una de las tres mujeres que dirigieron un país (electas dos veces para dos mandatos consecutivos o alternados) en Sudámerica, junto a Michelle Bachelet en Chile y a Cristina Kirchner en Argentina, un trío de poder regional que, todavía, hoy no tiene similitudes en toda Europa y no pudo consagrarse, siquiera, en Estados Unidos. A Dilma, sin embargo, la derrocaron en un golpe institucional, con el voto de 61 senadores. “El golpe tuvo una gramática misógina y machista”, recalcó el 11 de mayo, cuando recibió el Premio Rodolfo Walsh, en la Universidad de La Plata. 

Brasil fue el último país que salió de la esclavitud y era campeón de la pobreza y la desigualdad. Dilma denunció que sacarla del poder fue un golpe para instaurar un modelo neoliberal que jamás hubiera sido votado por el pueblo sin posibilidad de aumentar el presupuesto para educación y salud en los próximos veinte años. Pero, también, que fue un golpe contra la llegada de las mujeres al poder. No de mujeres estáticas frente al desamparo de otras mujeres, sino de mujeres que intentaron sacar la desigualdad de raíz, sin dejar de ver las causas profundas de la pobreza, enmalezadas en los cuerpos y en el liberalismo que vuelve a ser esclavitud. 

Con un gobierno sin votos, Michael Temer sacó el Ministerio de la Mujer. Y sacó a todas las mujeres del gabinete. Brasil votó a una mujer para ser presidenta, pero Temer (que no fue votado) formó un gabinete exclusivo de varones como no pasaba desde la dictadura militar. La mirada de género inexistente no es mera coincidencia. “Es imposible hacer una política social sin considerar el papel de la mujer. La pobreza en Brasil tiene rostro femenino. Y la pobreza es negra. Es fundamental la igualdad racial y la igualdad de género”, destacó Dilma desde el estrado. Dilma se calzó un pañuelo blanco en la cabeza, pidió por la libertad de Milagro Sala y saludó a Rosa Bru y a Hebe de Bonafini. Hizo de su condición de mujer un plural atado para no olvidar a las y los desaparecidos en dictadura y en democracia (como Miguel Bru y Jorge Julio López). Dilma se abrazó con las Madres, sonrió con los cantos que arengaban su presencia, dio un discurso de una estadista que no abandona el poder ni la lucha y bromeó sobre fútbol. Vio un video que le recordaba su detención durante la dictadura y su destitución en democracia. Y levantó la voz contra un golpe económico para imponer más liberalismo y un golpe misógino para dejar afuera del poder a más mujeres. Y de las letras grandes pasó a las chicas. Y a las preguntas que parecían inofensivas y con los años entendió que eran misiles contra ella y contra muchas, con chistes despectivos de connotación sexual que no eran decorado sino centrales en la diatriba de muchachos que no se querían ver privados del privilegio de decidir, ganar y gobernar. También las preguntas, incluso las preguntas, no eran casuales, ni inofensivas. Por ejemplo, esa pregunta que siempre le hacían desde el principio de su gobierno: “¿Es usted una mujer dura?”.

“La mujer que llega al poder es una mujer dura, el hombre es fuerte -empezó a comparar con ironía-; la mujer es frágil emocionalmente, el hombre es sensible; la mujer es trabajadora compulsiva, el hombre es un emprendedor creativo”. Dilma advirtió que, cada día que pasa se avasalla un derecho más, que ahora quieren dar otro golpe dejando afuera de la carrera electoral a Lula y que buscan atemorizar y desalentar a la población. “Yo viví dos golpes”, recontó Dilma. En 1966 fue a la cárcel, ahora está afuera del poder, incluso en gira por Argentina. Pero ni antes, ni ahora, la calla nadie. Si quieren saber las bondades de una mujer dura solo hace falta escucharla y esperar. La historia no se termina.