Un día, mientras compaginaba mis actividades laborales con el trabajo de la casa, me pregunté: ¿Por qué hay que trabajar todos los días? Esta no es la canción de Zapata (“No vamo a trabajar”) ni los numerosos chistes que quieren abolir los lunes del calendario. Lo pensé en serio. Tuvo que llegar una pandemia para que esa pregunta pudiera correrse del registro del humor y ubicarse en el orden de lo posible.

¿Por qué no es normal trabajar “afuera” tres veces por semana y las otras hacer el otro trabajo, el invisible, el no pago, el que permite la reproducción de la vida? Me refiero al trabajo de los cuidados, que recae especialmente en las mujeres y tiene que ver con las llamadas “tareas domésticas” pero también los trámites, los cuidados de personas mayores, niñes, con discapacidad e incluso las tareas que se hacen en sectores comunitarios.

Entre quienes tuvieron la posibilidad de teletrabajar y que todavía no volvieron a la rutina diaria de trabajo presencial, muchos/as no quieren volver. No quieren la normalidad anterior, la de todos los días viajando como ganado y/o atorados en el tráfico para atravesar la o las ciudades y llegar a una oficina a hacer un trabajo que podrían hacer desde su casa. Tal vez una o dos veces por semana, un sistema mixto, más racional, que la supuesta racionalidad del trabajo medido por horas ocupando un espacio. Acá un paréntesis: no me olvido de que para otras personas, especialmente las mujeres con niñes, el trabajo en casa fue y es sumamente estresante. La ley 27.555 sancionada el año pasado reconoció por primera vez el problema de las tareas de cuidado en este tipo de trabajo e intentó regular unas pautas mínimas (derecho a la desconexión, consideración de tareas de cuidados, compensación por gastos y otros items). Está claro que la adopción del teletrabajo por parte del/a trabajador/a debería ser opcional, lo cual no suele ser fácil por los intereses contrapuestos que en general existen.

Dicho esto, la pandemia demostró que había cosas que podían resolverse sin presencialidad y que hacían la vida más fácil. Ejemplo, las recetas médicas virtuales. También dejó en evidencia que quienes trabajan bien, lo hacen de manera remota o presencial, y quienes no, no lo hacen de una forma ni de la otra.

El trabajo como lo conocíamos --el trabajo constitutivo de nuestra identidad, el trabajo como fin primero y último para “ganarse” la vida-- está en crisis hace tiempo. Perdió la centralidad y función que tenía. Hace años que en todo el mundo se pelea por reducir la jornada y/o semana laboral para repartir las horas entre quienes tienen tanto trabajo y quienes no tienen nada y otros motivos para atacar el problema del desempleo.

Francia llevó adelante a partir del año 2000 una jornada laboral de 35 horas semanales. Sin embargo, la aplicación de la llamada Ley Aubry nunca se aplicó completamente y la flexibilización que llegó apenas unos años después de su puesta en marcha hizo que todavía se esté peleando por que se cumpla. En Alemania, el principal sindicato que hace años logró la reducción laboral a 35 horas semanales, en 2020 --pandemia mediante-- impulsó bajar a 28 horas laborales, pero con dificultades de cumplimiento. En Islandia se hizo una prueba piloto para reducir la semana laboral a cuatro días y según se difundió fue un éxito. Según la BBC, la experiencia se hizo entre 2015 y 2019, y las y los trabajadores cobraron lo mismo por trabajar menos horas. Como resultado, la productividad se mantuvo o mejoró en la mayor parte de los lugares de trabajo. Experimentos similares se están haciendo en otros países. En España hay una propuesta del partido de izquierda “Más País” y experiencias de empresas que redujeron la jornada a cuatro días, uno de los motivos es que la pandemia dejó como huella la necesidad de les trabajadores de querer estar más con su familia. Entre las ventajas que encontraron quienes promocionan esas pruebas, una es que los trabajos de menos días se convierten en un “captador de talentos” porque los mejores trabajadores buscan espacios laborales con mejores condiciones; también que se produce más porque se reduce el estrés. Los restaurantes La Francachela, de ese país, del que son dueñas dos mujeres madres de dos chicos pequeños, ya redujeron la jornada. Ellas sufrieron lo que implicó la pandemia para las mujeres en cuanto a sobreexigencia de trabajo en la casa, por eso propusieron reformas organizativas poniendo el foco en conciliar la vida familiar con la laboral. Redujeron la jornada a cuatro días e incorporaron la tecnología, lo que permitió reorganizar el trabajo y aumentar la productividad. Rescato esta experiencia porque creo que es el cambio en el que tenemos que poner el acento. La tecnología no tiene que servir (solo) para acelerar nuestra vida, permitirnos consumir más, y producir más ganancias de unos pocos, tiene que ser una aliada para que vivamos mejor (lo que parece no ir de la mano con las premisas previas).

En el fondo, todo esto tiene que ver con lo que las feministas plantean hace muchos años, de distintas formas y con distintos lenguajes. Y lo que vienen diciendo también las corrientes del buen vivir: la necesidad de poner los cuidados en el eje de nuestra existencia. Las expertas se preguntan a qué normalidad pospandemia nos quieren hacer volver si está claro que para las mujeres la previa no era un lugar apacible sino uno plagado de violencias, desigualdades y discriminación. La respuesta a cómo hacemos para que esto funcione económica, social y ambientalmente todavía no está.

Hace unos años, Carl Honoré escribió el libro Elogio de la lentitud, libro que fue betseller, en el que hablaba de la necesidad de poner un freno en el ritmo alocado en que vivimos y recuperar experiencias que nos conecten con el aquí y el ahora. Es un concepto que muchas corrientes espirituales impulsan. Si bien esa mirada suena individualista y no parece poner en cuestión radicalmente las bases económicas y sociales que hacen que vivamos tan aceleradamente y mal, recuperar la idea de desaceleración me parece no solo válido sino urgente.

La antropóloga Claudia Briones habla del concepto de “Antropoceno” como síntoma de época, síntoma de malestares que están ligados principalmente a la aceleración. Para Briones, la gran aceleración tendría que ser el punto de irreversibilidad que nos permitiera argumentar la urgencia de emprender debates y acciones ampliadas para frenar la destrucción del mundo. El Antropoceno plantea la paradoja de buscar descentrar al humano, dirá Briones. Paradoja porque al mismo tiempo el ser humano es “la principal fuerza geológica o agente primario para abortar el desastre”. Ella habla de la necesidad de aplicar “tecnologías de la humildad” y dejar de mirar con afán totalizador.

 

Algunos jóvenes ya lo están haciendo. No están dispuestos, los que pueden, a someterse a jornadas laborales eternas por un sueldo de hambre. Su conciencia del valor del tiempo me parece un hallazgo, en que tenemos que escucharlos. Quienes fuimos criados con la cultura del trabajo como eje de nuestra vida, tal vez los veamos con espanto. Considero que hay que sobreponerse a esa primera impresión y recuperar la capacidad de preguntarnos sobre las cosas que están normalizadas y nos hacen mal.