Debates

Por mucho que me apene disentir con mi viejo amigo Ariel Dorfman, debo cuestionar su artículo acerca de las recientes elecciones en los Estados Unidos publicado en PáginaI12 el 10 de noviembre con el título de “América se revela”. Como grito de angustia de un partisano comprometido, lo que escribió Ariel es comprensible. Él mismo dice que está afligido y, como instancia terapéutica para llegar a un acuerdo con su dolor, su cri de coeur puede tener algún sentido. Es una respuesta que se ha generalizado desde el 8, cuando Donald Trump ganó las elecciones.
Ese tipo de respuestas impulsadas por la emoción buscó desesperadamente explicaciones a lo aparentemente inexplicable en el racismo de Trump y sus votantes, la xenofobia, la misoginia, la homofobia y el antisemitismo. Estas “explicaciones” hacen foco en los pecados de Trump. Pero como explicaciones son parciales, en el mejor de los casos, y en el peor no son convincentes. Al continuar repitiendo esos lugares comunes o, a lo sumo, esas medias verdades que sustentan el propio sentido de rectitud moral, muchos simpatizantes y militantes del Partido Demócrata caen en el peligro de eludir un compromiso crítico serio, que permita comprender las fuerzas que llevaron a la victoria de Trump. Me parece que lo primero que debe hacer el simpatizante de un partido que pierde una elección tan catastróficamente como lo ha hecho el demócrata, es mirarse en el espejo. Y, sin embargo, el Partido Demócrata apenas es mencionado por Ariel, que no habla en absoluto de su candidata escogida.
Durante los últimos cuarenta años, lo que se conoce en los Estados Unidos como la “América media” (Middle America), básicamente trabajadores y clase media baja, ha visto sus salarios estancados y sus empleos degradados o destruidos, sin seguro médico ni jubilación, especialmente en el sector de servicios. Este proyecto neoliberal tuvo en su centro el crecimiento exponencial del sector financiero encarnado en Wall Street. Fue un proyecto bipartidista que aumentó en intensidad desde los años noventa con la desaparición de la más mínima regulación de ese sector y el crecimiento de los acuerdos internacionales de libre comercio. Sus víctimas pueden verse (aunque rara vez son reconocidas por las elites liberales de los medios) en las comunidades destrozadas y en las esperanzas amputadas de lo que los estadounidenses llaman “el corazón del país” (the heartland). Allí la drogadicción es desenfrenada, y la depresión y el alcoholismo se apoderaron del territorio. Desde 1980, el único grupo demográfico de la población estadounidense cuya tasa de mortalidad aumentó es el de la clase trabajadora blanca de más de cuarenta años, concentrado en lo que despectivamente se llama “flyover country”, el país sobre el que se pasa en avión. Cada vez más estadounidenses de clase trabajadora coinciden con el gran comediante George Carlin cuando dijo, sobre el sueño americano del que Ariel habla con tanta nostalgia: “Se llama sueño americano porque para creer en él tenés que estar dormido”.
Si bien este ha sido un proyecto bipartidista, en el último cuarto de siglo quedó asociado cada vez más con el Partido Demócrata, que ocupó la Casa Blanca durante 16 de los últimos 24 años. Y es un proyecto personificado en una sola familia: los Clinton. En muchos sentidos, sus efectos devastadores se han intensificado desde la crisis de 2008. Después, cuando asumió, Barack Obama simplemente eligió rescatar a Wall Street y al sector financiero y abandonar a la América media y pobre. Millones de estos estadounidenses perdieron sus hogares en 2008 y no recibieron ni un centavo de ayuda del gobierno de Obama, mientras que miles de millones de dólares fueron destinados a rescatar a los bancos. Obama entregó a los nominados por Wall Street el liderazgo de su equipo económico. El sector financiero supo cosechar las recompensas: desde 2010, el 97 por ciento de las ganancias de la economía norteamericana fue al 1 por ciento superior de la pirámide de ingresos. Mientras que el mercado de valores creció exponencialmente, la América media apenas se ha recuperado del desplome de 2008.
En estas elecciones de 2016, el Partido Demócrata y su candidata Hillary Clinton fueron los favoritos de Wall Street y de las elites estadounidenses. Pat Cadell, uno de los muy pocos encuestadores que trató de investigar qué estaba pasando más allá de la burbuja mediática del Beltway (la autopista que circunvala Washington DC), encontró que el 87 por ciento de su muestra estaba de acuerdo con la afirmación de que Estados Unidos estaba dirigido por una alianza de políticos, lobbyistas e intereses monetarios. El 65 por ciento pensaba que las elites ganarían si Hillary Clinton fuese elegida. La mayoría pensaba que las élites perderían si ganaba Trump.
En el relato de Ariel, la victoria de Trump representa la victoria final del lado oscuro de los Estados Unidos. La derrota definitiva de lo que Lincoln llamó “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”. Esa derrota, sin embargo, no debería llamarnos la atención. Los signos estaban allí: de la rampante injusticia social y económica al complejo carcelario-industrial racista, que afecta desproporcionadamente a las comunidades de color. Del presupuesto militar monstruosamente inflado, que sostiene el intento de Estados Unidos de mantener su hegemonía imperial alrededor del globo, a la muerte y destrucción de los pueblos de lo que solía llamarse el Tercer Mundo, los signos estaban allí. Trump puede ser un islamofóbico y un anti-inmigrante. Pero hasta ahora no causó la muerte de varios cientos de miles de musulmanes en todo el mundo como si lo hicieron Obama y Clinton. Tampoco deportó, todavía, más de dos millones y medio de inmigrantes como sí lo concretó Obama, causando estragos y sembrando temor en las comunidades hispanas.
Yo, como Ariel, he vivido en los Estados Unidos por mucho tiempo. Soy ciudadano estadounidense. Mi familia estadounidense está compuesta por mi esposa, nuestros hijos y el extenso clan ítalo-americano que generosamente me abrazó cuando me casé. Son gente de clase trabajadora. Mi suegro fue un obrero de salario bajo en la industria textil. Mi suegra una costurera. Sus hijos cumplieron con el sueño americano atenuado: una casa, un automóvil y un trabajo sindical con previsión social. Fueron casi siempre votantes del Partido Demócrata. En el transcurso de los años hemos estado en desacuerdo sobre distintos temas pero siempre siguieron siendo un baño importante de realidad para mí, que lo miraba todo desde el confortable y aislado balcón de la academia.
En esta elección, dos de ellos mantuvieron sus lealtades políticas residuales y a regañadientes votaron a Clinton. Básicamente porque ella no era Trump. Otro, un demócrata de larga data, miembro de un sindicato, sí votó por Trump. No es racista. Pasó su vida trabajando con afroamericanos. Ellos son sus vecinos de barrio. También dio clases para estudiantes negros en las escuelas públicas de Filadelfia. Votó por Obama en 2008 pero quedó profundamente decepcionado porque no cumplió con su promesa de cambiar el país.
¿Dónde encaja mi cuñado en la narrativa de mi viejo amigo Ariel? Aparentemente, si aceptamos lo que Ariel dice, mi cuñado estaría ahora más allá de la frontera de la decencia. Pertenecería al lado oscuro de la naturaleza estadounidense. Hillary Clinton despectivamente llamó a los votantes de Trump “una canasta de deplorables” y Ariel reitera ese anatema, condenándolos con palabras como “irredimibles”, que toma directamente de Clinton. El texto de Ariel los excomulga de la sociedad decente, los expulsa fuera del universo de tolerancia multicultural que nosotros, como izquierdistas liberales que somos, deseamos construir. Debo confesar que esas palabras, cuando las escribió él, me impactaron de un modo que no lo hicieron cuando fueron pronunciadas por Hillary Clinton, con frondosos antecedentes de desprecio por la gente común. ¿Quién tiene derecho a condenar a alguien como “irredimible”? Más concretamente, ¿qué estrategia de izquierda progresista puede concebirse o imaginarse, una vez que se condena a 60 millones de personas a la perdición? ¿Incluimos también a sus hijos en esta categoría,  en cuyo caso tendríamos que dar por perdido a un número todavía más grande de nuestra gente? Los anatemas funcionan distinguiendo condenados de salvados, necios de virtuosos. Entonces, como mi suegro Gino, yo preguntaría: ¿quién nos hizo Papa? Si insistimos simplemente en reafirmar nuestra propia virtud, ¿podemos seguir aspirando a una mirada crítica y dura de las fuerzas que nos llevaron a esta coyuntura desastrosa?
Nada de esto es romantizar a los estadounidenses de clase trabajadora y de clase media baja que votaron por Trump. ¿Hay un elemento importante de racismo, intolerancia y xenofobia en el resultado de las elecciones de la semana pasada? Por supuesto: esos elementos son tan de los Estados Unidos como el pastel de manzanas. Y florecerán especialmente en épocas de crisis económica y social y de guerras extranjeras, mientras la gente busque chivos expiatorios. Es imposible hablar de raza y clase por separado en los Estados Unidos o en cualquier otro lugar. ¿Pero debemos creer que hay 60 millones de racistas y proto-fascistas? ¿Entonces por qué muchos de ellos votaron dos veces a Obama?
Ahora deben plantearse preguntas cruciales: ¿sigue siendo el Partido Demócrata un vehículo viable para aquellos que persiguen una justicia social, económica y racial en los Estados Unidos? Si es así, ¿qué cambios debe realizar para alcanzar ese potencial? ¿Cuál sería el programa de un Partido Demócrata así reinventado? ¿Tendría la forma de una versión ampliada del movimiento de Bernie Sanders? Si no, ¿cuál es la alternativa? ¿Un tercer partido? Dado el duopolio antidemocrático que domina el sistema político de los Estados Unidos y su anticuada naturaleza no democrática, ¿cómo podría ser eficaz? En el corto plazo, ¿cómo se puede organizar la resistencia a Trump y cómo podemos evitar canalizar esa resistencia hacia otro demócrata del establishment en 2020? Éstas son cuestiones urgentes, particularmente en vista del probable impacto que la desilusión con Trump pueda tener en sus votantes si no logra concretar sus promesas de campaña. Ocupar el estrado moral y esperar que el electorado entre en razones y vote por otro  demócrata “civilizado” de la elite política, sería una estrategia desastrosa tanto si se fracasara como si se triunfara.
En lugar de concluir con las sabias palabras de un afroamericano que reafirma que, a pesar de todo, debemos ser pacientes porque Estados Unidos es un gran país, preferiría invocar las palabras de un judío perteneciente a una familia de portugueses exiliados en Holanda, Baruch Spinoza:  “No llorar, no indignarse. Comprender”.

* Historiador nacido en Londres. Autor de Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976 y Doña María. Historia de vida, memoria e identidad política.