Cuando la ancianita despertó, los algodones, embebidos en exceso en té de tilo, aún estaban en sus ojos. Tal vez me morí y volví a nacer, pensó. Se sacó primero un algodón, luego, el otro. Sintió los brazos acalambrados, como si un millón de hormigas estuvieran caminando en sus bíceps. De todas maneras, siguió. Con la suavidad que le permitían sus dedos, se despegó los párpados. Primero los derechos, después los izquierdos, dijo con una voz deshilachada. Volteó la cabeza hacia su costado derecho. No había nadie, se encontró con la pared, blanca y áspera. Sólo entonces recordó que su marido había muerto.

Al rato, estiró uno de sus blancos brazos, allí, las hormigas seguían trabajando. Un ojo se le había cerrado, pero la mano, una especie de artrópodo monstruoso con patas largas y lleno de venas, respondió y tanteó la mesa de luz. Sus yemas sintieron el borde del vaso y, al rato, pudo sacar la dentadura, que esta mañana estaba más congelada que nunca. Por ese detalle, recordó que estaba en el geriátrico y que la enfermera de los jueves tenía la costumbre de poner las cosas en aguas heladas.

Ahora tenía que orinar, así que tocó el timbre, pero nadie vino. El silencio continuaba mediando, como si fuese un lugar para guardar luto. Uno de los enfermeros pasó, por fin, y la instaló en la silla de ruedas y luego en el inodoro. Deseaba quedarse allí horas, mirando cómo el color rosado de la grifería se había tornado blancuzco, o los diferentes hongos que acechaban en los azulejos de una ducha, que en realidad era un caño sin flor, cambiaban de forma y color, o cómo la humedad del techo hacía que cada tanto se cayesen pedacitos de revoque, dando la sensación de una nevada de color. Enfrente de ella, el espejo, que era un círculo con bordes de plástico negro, la reflejaba. Tuvo un momento de lucidez y se dio cuenta, de nuevo, de que era una anciana que estaba en un geriátrico.

Un enorme cepillo de nácar sobresalía del bolsillo de su camisa. Día a día, tanto el cepillo como la camisa parecían agigantarse, mientras que ella iba dejándose comer por esas últimas pertenencias que le quedaban. Las únicas voluntades que expresaba con rigidez era que nadie se atreviera a cambiarle la camisa, ni a tocar su cepillo.

Cada tanto lo sacaba, lentamente, como si fuese de cristal, y lo observaba. Luego, se peinaba los cuatro mechones blancos que le quedaban. Por un momento, recordaba cómo la peinaba su madre, las manos suaves y ese aroma a crema que siempre tenían. Estaba llorando y ni siquiera se daba cuenta, ya estaba limpiando el cepillo. Notó que unos desagradables cabellitos rubios grasientos estaban enredados delicadamente bien en el fondo del cepillo, formando un rollito. Seguramente es esa nueva de la habitación, esa rubia…¿cómo se llamaba? mmm… bueno, se aprovechó de mi sueño profundo para robármelo y usármelo, ¡maldita, maldita!, dijo en un grito ahogado, y terminó con un ataque de tos. Cuando se alivió, ya había olvidado el incidente, y el cepillo brotaba nuevamente de su camisa, como si fuese una flor recién florecida.

No tenía hambre, ni siquiera esperaba el desayuno. Del baño, había vuelto a su habitación, los ojos se le cerraban otra vez. Un tintineo sobre la mesa la despertó, allí estaba, la enfermera de los viernes, una joven demasiado joven como para comprender los mecanismos de la vejez. Le estaba sirviendo el té y casi había roto el pocillo. Le dejó unas galletas, cada día más pequeñas, y se retiró. Ahí pudo observarla de lejos y comprendió: tenía una increíble panza de embarazada.

La ancianita tomó un poco de té y comió una galleta con toda la elegancia y la dignidad que aún le quedaban. Cuando terminó, se dio cuenta de que no tenía que ir al trabajo. Pronto, la enfermera vino a retirar el desayuno. Su cara y todo su cuerpo se veían hinchados y sudorosos, como si fuese una esponja grasienta llena de agua. Hace calor, dijo la ancianita, arqueando unas cejas inexistentes. La joven la miró, con una cara que mezclaba facciones de dolor y miedo. No es el calor, señora, es que la jefa no me deja irme a casa y yo ya no doy más, usted perdonemé señora, le susurró.

Milagrosamente rápido, la ancianita recordó a la mujer rubia encargada del geriátrico, quizás porque siempre tenía cara de asco. Pero fue un detalle el que, no sabía por qué, resonaba en su mente, la mujer era rubia. De repente, se le ocurrió una idea fenomenal: aprovecharía que las enfermeras estaban tomando mate afuera para ir a la cocina, tomar los fósforos y generar un gran incendio que redujera a cenizas ese lugar de miserias.

 

Sin pensarlo mucho más, emprendió camino. Sus brazos, que parecían haber cobrado color y consistencia, movían las ruedas de la silla con la misma intensidad que un basquetbolista hace picar su pelota. Pronto llegó a la cocina, un pequeño cuarto con un anafe portátil y una conservadora, y no pudo contener el grito por la adrenalina. Su corazón latía con la rapidez de un jaguar que va tras su presa. Hurgó un poco hasta que encontró una cajita de fósforos. Se detuvo un instante a mirarse las manos, le parecieron mucho menos arrugadas que de costumbre. Un grito agudo atravesó sus oídos, hacía mucho no escuchaba. Y luego otro. Y otro. El bebé estaba naciendo. Recordó que había estado en el parto de su hermana. Se levantó de la silla, desesperada, y salió corriendo de la cocina. Quería conocer al recién nacido.  

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