El presidente Alberto Fernández dirigió su discurso al “querido pueblo argentino”. Se tomó algo más de una hora y media. Clima tenso dentro del recinto, preanunciado. El primer aplauso, empero, fue unánime: coronó el minuto de silencio propuesto por el mandatario en homenaje a las víctimas de la pandemia y de la guerra desatada en Europa. Los cisnes negros que le tocaron en desgracia a Alberto en poco más de dos años posibilitaron ese momento. Único en la jornada.

El diputado Máximo Kirchner decidió no participar. La oposición tradujo el faltazo como una escalada en la interna del Frente de Todos (FdT). Tal vez sea así aunque la verdadera medición se hará cuando se trate el Acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que ingresará al Congreso en los próximos días. La conducta del ala crítica del oficialismo, sus gestos, los discursos y los votos significarán más que la ausencia de ayer.

La bancada de Juntos por el Cambio (JxC) enarboló banderas de Ucrania. Recibió a AF con malos modales y gritos, más atenta a las repercusiones en la tele que al estilo republicano. Los legisladores de PRO tenían decidido de antemano abandonar el recinto. Eligieron solo el momento de darse por ofendidos, cuando AF mencionó la querella judicial. No conformaron ni a sus socios radicales ni lilitos pero cumplieron con su acting.

Tras el introito referido a la guerra, Fernández apeló al formato usual de los discursos de apertura de sesiones. Se les pide a los ministerios, secretarías y algunas empresas estatales que provean material sobre sus realizaciones, metas y propuestas. Luego se organizan, se cosen los retazos por así decir y se jerarquizan. A veces la yuxtaposición se nota: recarga la narrativa de números o menciones, haciendo caer el interés del auditorio. El objetivo de los mensajes trasciende esa instancia, cumple otras funciones: entre ellas resaltar lo que se ha hecho y lo que se intenta.

Los ejes centrales del mensaje, envueltos en el tropel de datos, fueron la pandemia, el acuerdo con el FMI, las proyecciones económicas para este año y el próximo. Más las críticas rudas al Poder Judicial que los cuatro varones que integran la Corte Suprema habían intentado escuchar por Zoom y tuvieron que recibir de cuerpo presente. Vamos por partes, pues.

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La peste y el legado de Macri: El oficialismo está convencido de haber manejado bien la pandemia, evitando males mayores, repartiendo vacunas y asistencia con criterio federal. Sin negar el dolor y las restricciones a la actividad económica y a libertades ciudadanas, interpreta que la campaña de vacunación fue y es exitosa, comparada con otros países. AF recorrió de nuevo dicha narrativa que este cronista comparte en grandes trazos.

Se equivocó el Gobierno, en cambio, cuando supuso que ese desempeño bastaría para ganar las elecciones de medio término. El veredicto ciudadano, con toda lógica, procesó otras variables, económicas en especial.

Alberto F destinó los primeros párrafos a la política sanitaria, la consideró base para la recuperación económica del año pasado. Considera que dicho legado merece subrayarse, que será más valorado a medida que transcurran los años.

El legado del ex presidente Mauricio Macri, muy otro cantar, dominó los minutos siguientes. Una deuda impagable, por cifras récord. Con un calendario de pagos absurdo. Contraída sin consultar al Congreso ni informarle después. Destinada a la fuga de divisas en gran proporción . Los legisladores cambiemitas fingieron enfurecerse con estas acusaciones aunque no están en condiciones de refutar ninguna.

AF incursionó en la auto cita para evocar que ya en sus primeros discursos ante las Cámaras habló de pagar la deuda. La remembranza enfila hacia el frente interno.

El Acuerdo en cocción es el mejor posible, adujo el Presidente, retomando el tono de cuando lo anunció incluyendo la mención a “la espada de Damocles” reemplazada por “un sendero de crecimiento posible”. Esa lectura y las proyecciones económicas constituyen el corazón optimista del mensaje presidencial en el que se reiteran palabras clave como “etapa bisagra” y “recuperación“.

AF refutó críticas al acuerdo diseminadas por la opo y los medios hegemónicos. Ensalzó su principal virtud: la ausencia de condicionalidades, de políticas impuestas. Las enumeró, para aventar dudas: no habrá reforma laboral, ni previsional. No se subirá la edad jubilatoria. No habrá tarifazos, los subsidios para consumo de energía se eliminarán para los ciudadanos que componen el primer decil por ingresos. “Probablemente”, glosó luego lo que deja una hendija para colar, acaso, a los del segundo decil, empezando desde arriba.

El gasto social se elevará. “Moderadamente”, precisó un minuto después. Posiblemente el esquema consista en sostenerlo pero por debajo del incremento constante del PBI.

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El corazón optimista: Las perspectivas contemplan continuidad de los principales indicadores económicos de 2021. Crecimiento récord, despliegue industrial, obra pública. El sostenimiento en el mediano plazo es la clave del optimismo que suscitaba dudas en la coalición oficialista aun antes de que Rusia invadiera Ucrania.

Hay polémicas sobre la sustentabilidad del crecimiento. Y mucho más respecto de la redistribución del ingreso, la disminución de desigualdad y la baja de la inflación. La deuda interna que el oficialismo todavía no reparó. Imposible explayar las observaciones en esta crónica general, esta columna las viene comentando desde hace meses.

El Presidente confía en que sobrevendrán tiempos mejores con el Acuerdo aprobado, con el mantenimiento de las políticas económicas, con el fin (o el acotamiento) de la pandemia.

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Rapapolvo a sus Señorías: El cuestionamiento al Poder Judicial es, valga la expresión, justo. Severas las palabras elegidas por el orador superando cualquier precedente. Reproches a las demoras, frizando expedientes “en algún armario”. Y a la “complicidad judicial con el poder económico real”.

Los Supremos pusieron cara de circunstancias, lo que para Carlos Rosenkrantz equivale al gesto de oler algo fétido. Fernández despotricó asimismo contra la oposición que le frenó la Reforma Judicial en Diputados.

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Continuidades y rupturas: Queda un dilema, a esta altura de la gestión: es si el Gobierno capacita para transformar sus denuncias y críticas en acciones concretas, en revertir correlaciones de fuerzas. La aritmética parlamentaria no lo ayuda. Su capacidad para construir poder político es otra incógnita por descifrar.

El oficialismo afronta uno de sus momentos más difíciles, con acechanzas a la unidad, a la reparación económica y a la gobernabilidad, claves de sus promesas. La situación mundial empeoró en cuestión de días, un aporte al pesimismo.

La apuesta al Acuerdo con el FMI es la mejor (o la menos peor) posible. El señalamiento de los adversarios, correcto.

Alberto Fernández se expresó con calma, evitó desbordarse: su mejor registro. Habló de un porvenir accesible y promisorio, difícil de percibir entre tanta malaria. La visión del equipo económico y de Alberto, supone uno, es diferente a la de muchos argentinos que atraviesan un presente muy arduo y avizoran un horizonte gris. La bisagra que el presidente Alberto pronostica y promete está más ligada a continuidades que a rupturas respecto del año pasado. Este cronista piensa que el Gobierno necesita relanzarse, renovar su elenco, innovar en el área laboral y social. 

El debate que sigue en pie, que recorre al propio Frente de Todos, es si el camino está básicamente trazado o si es imprescindible innovar más, reconstruir al programa de Gobierno y al propio liderazgo presidencial. Revolverse para ser mejores.

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