La bajante del río Paraná que se registra desde fines de 2019 no cuenta aún con un panorama de mejora para los próximos dos meses y se proyecta un otoño de aguas bajas. Impacta en el comercio exterior, generando sobrecostos logísticos para la exportación de granos, y también en pequeñas producciones locales, además de la generación hidroeléctrica. 

"La perspectiva al 31 de mayo no permite esperar un rápido retorno a la normalidad, con probabilidad de extenderse durante todo el otoño. Los niveles en el río Paraná en territorio argentino, incluyendo el Delta, se mantendrán en aguas bajas durante marzo, abril y mayo, con eventuales recuperaciones de corto plazo, pero en continuidad con el escenario iniciado en marzo de 2020", señala un informe del Instituto Nacional de Aguas.

El río presenta niveles muy menores al promedio e incluso al "límite de aguas bajas" en todos los puntos en los que se lo mide. En Rosario, punto en el que más bajo se encuentra, llegó a 0,65 metros el 1 de abril, cuando la altura media entre 1995 y 2021 fue de 3,61 metros para el mes. 

Una de las causas de la bajante tiene que ver con el nivel de lluvias río arriba, en los principales puntos que acaudalan el Paraná. "La sequia está ocurriendo en los diferentes territorios de la cuenca. Hay cinco estados de Brasil que llevan más de dos años de emergencia por sequía, mientras que Paraguay también tuvo una sequía extrema. Todas esas lluvias en territorio escurren por arroyos y riachos hacia el Paraná y como la situación de falta de precipitaciones todavía no se revirtió en esos territorios, tampoco sucedió con la situación del río", aseguró en diálogo con Télam el director del Centro de Investigación de Recursos Naturales del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), Pablo Mercuri.

Impactos

Los bajos niveles del río tienen múltiples impactos económicos y sociales. El más cuantificable tiene que ver con el sobrecosto logístico que genera en la exportación de granos. Por la dificultad en la navegabilidad del río los buques deben cargar menos productos por la escasa profundidad del canal de navegación y, en muchos casos, completar sus bodegas en puertos del sur de la provincia de Buenos Aires, como Quequén y Bahía Blanca, o hasta en el exterior, en Montevideo o Brasil.

Esta menor ocupación de las bodegas se denomina “falso flete”, ya que el costo del embarque se prorratea en una menor cantidad de toneladas transportadas. Además, la ralentización del ritmo de embarques genera otros inconvenientes operativos que vuelven a aumentar los costos. La Bolsa de Comercio de Rosario estimó pérdidas a la cadena de valor granaria argentina del orden de los 315 millones de dólares para el primer semestre del 2021. En 2020 los sobrecostos habían sido de 245 millones de dólares.

"Estamos en un promedio de carga 30 por ciento menor a lo normal y eso genera necesidad de envíos a los puertos de Bahía Blanca y Quequén, con más de 800 kilómetros de logística terrestre cuyo costo tiene que soportar el exportador. O también está la posibilidad de la pérdida directa de exportaciones, ya que se terminan haciendo en Brasil", explicó el presidente de la Cámara de la Industria Aceitera y del Centro de Exportadores de Cereales (Ciara-CEC), Gustavo Idígoras..

Dentro de las economías regionales, la bajante afectó la fauna íctica al dejar seco el valle de inundación donde los peces se refugian, alimentan, reproducen y crecen y produjo inconvenientes en el riego de cultivos y complicó las producciones industriales que necesitan captar agua. También acrecentó los problemas de incendios en las islas y los de contaminación del agua, ya que se redujo la capacidad del río de dilución de los afluentes crudos o industriales.

El secretario de Agricultura y Ganadería de Entre Ríos, Lucio Amavet, afirmó que la bajante "impactó fuertemente en acopiadores, fileteadores, transportistas y más de 3.000 familias de pescadores".