La Argentina es un país que tiene todos los climas políticos en cuestión de horas. Da para pasteurizarse, en sentido figurado. El sábado, saltó la térmica por la renuncia de Martín Guzmán mientras hablaba (y lo demolía) la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Escena digna de una serie de Netflix. Quizá rechazable por los guionistas de Borgen: demasiado tono de parodia, demasiada aceleración.

El domingo, mientras la gente común vivía su día normal, el micro mundo político-mediático (una subcultura que integramos pocos) estaba pendiente de rumores, operaciones, auto instalaciones, esfuerzos por llenar el aire en radios y en la tele.

La clave de la jornada: el presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner tenían que conversar, después de meses de silencio. Dejar de lado la intransigencia ante la magnitud de la crisis financiera-económica-política. Demostrar que están cooperando para enfrentarla. 

El silencio resonante traducía, para el momento, un problema congénito de la coalición oficial: la ausencia de diálogo, de instancias orgánicas, de mecanismos de consulta y decisión de sus referentes. Un mecanismo nocivo que (contra lo que se dice a menudo) no afecta a otras coaliciones del planeta. La incomunicación se fue acentuando conforme pasaba el tiempo. Los dos protagonistas se alejaron, se mandaban mensajes por vía privadas o a través de discursos o reportajes. Ayer se puso en llaga que el sistema no sirve. Era forzoso concertar un gesto político motivado por la necesidad de reestructurar el Gabinete, de reemplazar a Guzmán, de sugerir que el Gobierno conserva el timón, de amortiguar un “lunes negro” en los mercados.

La llamada se demoraba. Desde Olivos o desde el kirchnerismo se imputaba a la otra parte la falta de palique. Varias personalidades mediaron La titular de Abuelas de Plaza de Mayo Estela de Carlotto intervino, le habló a su modo (cordial, dulce, con autoridad) al presidente, le cargó las pilas… el momento de la charla llegó cuando caía la noche. Carlotto venía mereciendo el Premio Nobel de la Paz por razones profundas, desde hace décadas. Habría que inventarle otro galardón criollo para su constructiva acción de estas horas.

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Con el correr de los días se irán conociendo versiones disímiles sobre esa charla para romper el hielo. Es prematuro imaginar si continuará. Sería un error no intentarlo. La coalición nació con un formato exótico: un binomio desparejo. El poder en una mano es arquetípico.

Triunviratos hubo pocos en Roma, en el siglo XIX por acá, en la CGT. Son inestables, parece, pero al menos se puede armar una mayoría de dos, desempatar. Las diarquías propenden a no existir; son altos los riesgos del empate o del aislamiento. Más enrevesada aún una diarquía compuesta con la líder como vice y el presidente como candidato, elegido por ella primero y luego por la ciudadanía.

La supresión de instancias o mecanismos que figuran en cualquier manual de política o gestión es una falla que costó mucho. Discutir qué protagonista o qué sector tuvo más responsabilidad es lógico, inevitable pero no acuciante hoy. Notar que el funcionamiento perjudica a los representados, un dato que conserva vigencia.

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Como fuera, en un momento límite ambos comprendieron que debían concertar una movida. Que ninguna nueva autoridad merecería el nombre de tal sin contar con espaldarazo de la cúpula del Frente de Todos. La fumata blanca para Silvina Batakis como nueva ministra de Economía surge auspiciosa en ese aspecto. El diputado Javier Milei grita que la designada carece de saber técnico: otro espaldarazo, la descalificación de un obtuso, de ultraderecha por añadidura. Desde las distintas facciones del peronismo la recepción fue muy buena. La funcionaria lo merece. 

Lleva una larga carrera, en carteras difíciles, en la provincia de Buenos Aires y en la Nación. Hasta ahora revistaba en esta gestión, como secretaria de Provincias en el ministerio del Interior. Se lleva bien con Eduardo “Wado” de Pedro, con sus compañeros del Gabinete nacional. También con Daniel Scioli, a quien acompañó en la gobernación y de quien hubiera sido ministra nacional si se ganaban las elecciones de 2015. Desembarca en ese lugar años después en circunstancias desmesuradamente más graves. Tiene experiencia, conoce bien la Argentina.

Parece muy buena opción dentro de las que se barajaban. Ser mujer suma puntos

. A partir de ahí conviene señalar que le toca una etapa complejísima.

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La torpe salida de Guzmán acentuó el daño, debilitó al presidente, desmereció su labor como ministro durante más de la mitad del mandato.

Como es regla en los debates públicos y deporte nacional se patea al caído. Se lo acusa de todas las plagas que azotan a la Patria. Más de cuatro opinadores o dirigentes dan por sentado que su partida será una panacea, que todo se ordenará. Que un rumbo distinto, con otra funcionaria mejor encaminada, corregirá todas las anomalías, bajará la inflación. Nada de eso sucederá, si alguien lo sabe es Batakis.

Sobreviven problemas estructurales y también polémicas respecto de cómo asumirlas. El clásico argumento “los problemas son prioritariamente políticos” es imperfecto. Claro que sin poder público, sin lapicera, manejo del Estado y decisiones no hay política económica exitosa. O más aún: no hay política económica solo simulacros.

Pero, parafraseando algo de archivo: sin política no hay plan, programa, o modelo económico que funcione. Con solo la política, no alcanza.

Siguen en pie los enérgicos y polarizados debates acerca de qué hacer con los precios, las regulaciones, los mercados cambiarios, los sueldos, la inflación, los planes sociales, el Salario Básico Universal y un pilón de etcéteras.

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El oficialismo tabicó ministerios y reparticiones, lo parceló según pertenencias. No funcionó.

Es moroso en las decisiones y en varias carteras, lento en la ejecución presupuestaria.

Cuando Batakis asuma, cuando se complete el nuevo diseño del Gabinete, cuando se defina cuánto poder acumulan los ministros entrantes se verá.

Los adversarios acechan, disfrutan de los traspiés oficiales o los provocan con buenas o malas artes. El país y su gente que labura mucho por baja paga merecen un salto de calidad que abarca un manejo profesional y comprometido del gobierno y de la coalición oficialista.

Las anteriores crisis de Gabinete (post PASO, post renuncia de Matías Kulfas) no obraron milagros. Ni siquiera mejoraron mucho la gestión salvo en áreas específicas. No hay motivos para desbordes voluntaristas pero sí para laburar mucho y mejor. El mayor incentivo, valga la paradoja, son las dificultades a vencer.

El diseño total del Gabinete, el reparto interno del poder y los primeros resultados son hechos esenciales pendientes cuando se escribe esta nota en la medianoche de un domingo raro para los argentinos politizados. Quizá normal para el resto de la gente, cada vez menos interesada en la política. Esa distancia es una cuestión crucial que trasciende la economía y que impacta sobre el sistema democrático.

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