El huevo y la gallina

En uno de los capítulos que repite Universal, Dr. House mantiene una conversación con su alter ego. Está soñando y en esa ensoñación escucha que este le dice que las ideas y la información no son buenas ni malas, porque lo que hace posible que la relación con su mundo interior o exterior cambie son las acciones. Las ideas o la información que leemos, escuchamos o podemos apreciar en una secuencia de imágenes pueden fluctuar en nuestra mente y representar las acciones que conllevan. Esa división suele ser primaria y en alguna medida también confusa, pero puede ser válida cuando nos preguntamos si existen buenas o malas ideas. Una persona que, por ejemplo, antes de salir de su casa piensa recurrentemente que la canilla puede perder un hilo de agua y debe cerciorarse si realmente gotea realiza una acción accesible y consecuente a su idea. ¿Es buena o mala esa idea? ¿Qué hace de esa idea una buena o mala idea? En primer lugar el malestar que despierta si no se realiza la acción que la ponga a prueba, pero antes que el malestar está la creencia que implica representar esa idea. De alguna manera, las ideas buenas o malas no existirían si antes no le diéramos una cierta aquiescencia.

Los terapeutas suelen encontrar los límites sutiles de esta diferenciación y ser mucho más precavidos al proclamar algunas certezas, porque el lenguaje, las palabras que recogen en su consultorio e intercambian con sus pacientes, nunca producen un cambio a la medida de lo esperado. Las ideas y la información van y vienen y corrigen lo ignorado, despiertan una comprensión súbita o mucho más demorada, pero generalmente lo que esa persona busca y espera no se traduce en una modificación inmediata de su vida diaria. La información y las ideas aparejadas a ella pueden no cambiar nada, no ser buenas ni malas, pero generan en quienes las leen o escuchan una inevitable responsabilidad. Ya no pueden decir que no saben. Lo único que pueden hacer es ocultarlas, negar y negarse la realidad que se les presenta.

Sin embargo, en los ejemplos anteriores tenemos la impresión de que pueden existir personas que se encuentran más implicadas que otras. Dos razones elementales, pero seguramente no las únicas: la diferencia entre un niño y un adulto, y las esferas en donde se expresan o manifiestan esas ideas, esto es, una esfera pública y otra privada. Los límites de estas últimas también pueden parecernos difusos si los observamos con cuidado, pero en un primer principio nos sirven para ordenarlas y darles la implicancia que merecen. Espacios y contenidos no deberían ser lo mismo, ni uno determinar la existencia de otro o las posibilidades de que otro exista si para ello debe haber un acuerdo explícito o tácito entre ambos. Así, por ejemplo, en un restaurante una pareja puede estar hablando de cosas que solo ellos conocen y también de aquellas que son de conocimiento público. Lo curioso es que esta diferenciación de los espacios democráticos o de la libertad del hombre fueron establecidos por los filósofos griegos, y la psicología adquirió su estatuto como ciencia recién a finales del siglo XIX, una de las últimas disciplinas dedicadas a ese espacio privado‑privado que nunca es ajeno porque redunda en la existencia de los otros.

Sí, de alguna manera las ideas buenas o malas no existirían si antes no le diéramos una cierta aquiescencia. ¿Pero qué quiere decir esto? ¿Qué quiere decir que algo pueda ser malo o bueno? ¿Qué significa malo o bueno? Hace muchos años un caso resultó ser un ejemplo paradigmático para la psiquiatría y la jurisprudencia. Sucintamente un niño mató con un cuchillo a su madre después de que ésta le practicara sexo oral. Después de estudiar el caso detenidamente los psiquiatras pudieron determinar que el niño no podía ser considerado culpable porque sus conceptos de qué estaba bien y qué mal, es decir, su moralidad, aún estaba en proceso de desarrollo y por consiguiente no los había incorporado como un valor que le permitiera respetarse a sí mismo teniendo presente la existencia de los demás. ¿Pero cómo pensar que sus valores del bien y del mal no los tenía asimilados si reaccionó a la conducta de su madre y la mató? ¿La acción y el acto de agarrar un cuchillo y clavárselo a alguien no implican un conocimiento previo de aquello que está bien o mal? ¿Para qué hizo lo que hizo? Todas estas preguntas pueden cambiar sus probables respuestas si modificamos el verbo y por ende la acción consecuente. ¿Las ideas y la información tienen un fundamento moral, jurídico, ético, religioso, económico, político? ¿Qué determina el valor que le conferimos en una sociedad? ¿Qué está primero? Para que las ideas existan alguien debe poder expresarlas. Si nadie las expresa o carece de esa posibilidad no existirían o solo existirían en la individualidad insondable de la mente de una persona y en la redundancia frustrante que ese deambular genera. La existencia de la ley es consustancial a la existencia de las ideas. Aún cuando debieron pasar muchos años para que la primera las reconozca como tales. De la misma manera que en las relaciones entre los hombres surge una ética implícita o explícita que les permite respetar su alteridad y elegir aquellas ideas económicas, políticas, morales y religiosas para vivir en sociedad.

Dr. House está inmerso en un océano de ideas y en una marea de información y conocimiento tan constante como su habilidad para discriminar qué acción es más oportuna en esa o en otras circunstancias. Sabe que en un extremo se encuentran aquellas ideas que se presentan como irreductibles aunque sean erróneas. Sabe que la información y las ideas pueden ser falsas o erróneas, y que esa naturaleza lo primero que hace es entorpecer el aprendizaje o la asimilación de conocimientos. Sabe, también, que puede responderles a sus colegas que cree en lo que dicen pero no cree que sea cierto, y sabe, en igual medida, que ese umbral del conocimiento es semejante a la diferenciación que establece entre las buenas y las malas ideas, porque cuando lee, escucha o ve no necesita imperiosamente rechazar lo que está viendo, escuchando o leyendo. Sabe que ese aprendizaje es posterior. Cree en sus intuiciones pero las mantiene en un estado de alerta para que cuando se presente otro momento le recuerden su valor. Es esencialmente un lector, pero también sabe que los oyentes y televidentes eligen escuchar y ver ciertas ideas e información. El conocimiento, para él, es un proceso de asimilación activo muy semejante a la dirección que persigue su conciencia, porque en ese mismo acto sabe que si quiere es porque quiere algo o a alguien. Tal vez haya leído la pequeña historia que una vez contó Max Brod cuando se juntaban con su amigo Franz Kafka para observar lo que tenían delante de sus ojos y más tarde escribir sus impresiones en un papel. Veían lo mismo y sin embargo cuando lo llevaban al papel cada uno reflejaba cosas que el otro no había entrevisto. ¿Qué es la realidad? ¿Una experiencia subjetiva? ¿Una simulación? ¿La construcción de una opinión? ¿Un hecho y la idea de ese hecho tienen un lugar reservado para la comprensión? ¿O todas estas preguntas se nos presentan como una construcción posterior en donde el mundo precisa de nuestra voluntad y representación? Real o imaginaria, siempre existirá una interacción entre los lectores, los televidentes y la información, las ideas y quienes las expresan en cualquier soporte o estructura que sirva de mediador.