Uno. Podemos contar a los muertos. Apilarlos. Ponerlos en fila. Codo con codo. Podemos ordenarlos por edades, por escala cromática de piel y pensamiento político. Podemos ordenarlos por simpatía. Por amistades. Podemos pensar en colocar los despojos según el grado de podredumbre. Por porcentaje del cuerpo que se salvó del choque, el golpe, el fuego u otra cosa. Podemos dedicarnos al juego morboso de las estadísticas. Podemos pensar que son nada más que muertos. Cadáveres. Pedazos de carne y de hueso. Nuestro país es un país de muertos. Hay muertos en todos lados. En las rutas, en las calles, en los ríos, en los placares. Por supuesto, en los hospitales y los cementerios. En las iglesias y los ministerios. Por donde miremos vamos a encontrar a los muertos

Podemos contar a los muertos. Clasificarlos por accidentes, negligencia, enfermedades, estupidez, crímenes, vejez; propios, ajenos. Podemos pensar en un día para cada uno. Hacer una montaña con ellos (y escalarla).

Podemos, también, ignorarlos. Especialmente a los que no dejan cadáver. Podemos vestirlos con sus mejores ropas y colocarlos en las fábricas, oficinas, dependencias, cárceles, casas de comercio y de estudio, simulando que no están muertos. Podemos llevarles flores (aunque no a todos).

Podemos colocarlos derechitos, rígidos, incompletos, en un piso de cemente; taparlos con una lona para que no veamos que son muy parecidos a nosotros.

Podemos armar otros muertos usando los pedazos sueltos, las sobras. Podemos inventarles otra muerte, menos trágica, menos dolorosa.

Podemos contar a los muertos. Contarles un cuento, contarles los agujeros, contarles la verdad, podemos contar con ellos

Podemos contar a los muertos.

Está al alcance de cualquiera.

 

Dos. Carnaval toda la vida. Cuaresma y después, pascuas, vía crucis. Fagocitarse la vida y resucitar en un huevo de chocolate.

Primera estación: Todos condenados a muerte. Por desnutrición, abandono, bala perdida, mano dura. Por desaparición progresiva del Ser, indiferencia mediante.

Segunda estación: La herencia pesada. La deuda externa, la oligarquía, las estupidización de las masas, la acumulación de la riqueza, la distribución de la pobreza.

Tercera estación: ¿Te acordás de la Libertadora? ¿De Martínez de Hoz? ¿De Menem? La casa y la cosa está (ahora sí) en orden.

Cuarta estación: Volveré y serán millones.

Quinta estación: Bicicleta financiera (segunda o tercera versión), deuda, importación, desempleo, represión y criminalización. La buena noticia es que todo esto lo van a pagar otros. La mala noticia es que serán nuestros nietos.

Sexta estación: Estamos mal, pero vamos bien. O sea.

Séptima estación: ¿Te acordás de Cabezas? Andaba el asunto del Correo también por ahí.

Octava estación: Todo va mejor con Coca Cola, y Shell, y Clarín y la Nación, y Avianca. No llores por mí, Argentina. Las cebollas de Crimea no irritan las mucosas.

Novena estación: No hay dos sin tres. Las peores pesadillas conviene soñarlas.

Décima estación: Lebacs. Antes: el corralito, el rodrigazo, el peso argentino, al Austral, el peso ley 18.188, el Argentino Oro. Dieciséis ceros.

Undécima estación: La televisión, los eufemismos, la doble moral, el mejor equipo de los últimos cincuenta años. Un clavo saca a otro clavo pero seguimos clavados.

Estaciones décimo segunda, décimo tercera, decimocuarta: Ni una menos. A los docentes no se les pega. ¿Dónde está la plata que nadie se roba?

Decimoquinta estación: Cantemos: "Solamente muero los domingos. Y los lunes, ya me siento bien".

 

Tres. Creo en San Martín y Belgrano, prócer todo poderoso creador de la bandera y la batallas de San Lorenzo.

Creo en la Patria, su hija, que fue concebida por obra y gracias de Diego Armando y de la Mano de Dios.

Cero en la Madre Patria, Europa, y en sus advocaciones: Eva, Isabel, Cristina, Lilita, Margarita y Mirta.

Creo en Juan Domingo, padre putativo, que fue canonizado, electo y deportado. Fue proscripto, negado y mutilado. Descendió a los infiernos en Ezeiza, ascendió a los cielos, juzgó a la izquierda. Yace insepulto en San Vicente.

Creo en la resurrección de Gardel y Le Pera, Olmedo, Fangio, Favaloro y Tato.

Creo en la Difunta Correa, el Gauchito Gil, Sandro, Rodrigo, Gilda, la birome, el colectivo y el dulce de leche. En Luca, Miguel y Pappo.

Creo en el Mundial 78, los seis goles a Perú, la desaparición de los muertos.

Creo en la convertibilidad, la Revolución Productiva, la ídem de la Alegría, el salariazo, la pobreza cero, creo que pasaré, tal vez, este invierno.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Creo en Raúl Ricardo y en Carlos Saúl.

Punto final.