Los recolectores de curiosidades sostienen que todos los entrepreneurs están un poco locos, y citan como prueba los casos de Howard Hughes y Ray Kroc (alma pater de Mc Donald’s), entre otros. En el de John McAfee, creador del famoso antivirus que lleva su apellido, la aseveración no se cumple. McAfee no está un poco loco... está loco del todo. Además de un adelantado en el campo de la ciberseguridad, el hombre supo ser un gurú del yoga, el dueño de una propiedad supercustodiada en la isla caribeña de Belice, el probable asesino de un vecino en esa isla y, finalmente (finalmente hasta ahora) candidato a presidente de los Estados Unidos en las últimas elecciones, por el Partido Libertario. Todo esto es narrado en el imperdible documental Gringo: The Dangerous Life of John McAfee, que la plataforma Netflix incorporó recientemente, y que como es lógico, dará lugar a una versión de ficción, con Johnny Depp en el papel del megamillonario. El guion estará a cargo de Scott Alexander y Larry Karaszewski (guionistas de Ed Wood y la reciente serie El juicio a O. J. Simpson) y dirige otra pareja, la integrada por Glen Ficarra y John Requa, los de I Love You Philip Morris. Habrá tanto disparate como en la vida real. La vida real de John McAfee, ese personaje de ficción.

Por lo visto, a la directora de Gringo, Nanette Burstein, le gustan las personalidades extravagantes: unos años atrás le dedicó un documental a Robert Evans, productor de El bebé de Rosemary, El padrino y Chinatown, cuya historia de tremendas subas y bajas no es tan distinta a la de McAfee. Con la diferencia de que era un personaje más simpático, en tal caso. Que McAfee es un pionero no hay ninguna duda: a mediados de los 80 el tipo aniquiló el primer virus informático conocido, uno llamado Brain, tan viejo que en esa época todavía ni se los llamaba virus. Tiempos románticos para la industria de la informática, la McAfee Associates operó, en sus comienzos, en la casa de su fundador, a quien en alguna foto se ve sentado en una clásica silla de computación, apretado en un living desordenado. Siete años más tarde renunció a la firma. Probó suerte con un par de emprendimientos de software, le fue mal y entonces decidió dedicarse a otro negocio, ligeramente distinto: el yoga y la meditación. 

Con parte de sus ahorros compró hectáreas y hectáreas de bosques en el estado de Colorado, abrió un impresionante centro de salud, publicó cinco libros sobre el tema y de un soplo el ex gurú de la ciberseguridad ya era un gurú de la New Age. Que al hombre le sobraban los recursos para reinventarse estaba fuera de discusión. Lo que no le sobraba era la paciencia: para fines de esa década McAfee ya había vendido su apabullante propiedad de Colorado y comprado otra en Belice. El New York Times se asombraba de que el tipo hubiera pasado de poseer una fortuna de 100 millones de dólares a tener apenas el 10 por ciento, sin que se le moviera un pelo. Después se supo por qué no se le movía: seguía teniendo lo que siempre tuvo, pero aprovechó para declarar esa pérdida para que no lo jodieran los acreedores. McAfee nunca fue muy fanático de la verdad. 

La selvática, fluvial Belice es el corazón de las tinieblas de este Kurtz sin metafísica. Las fotos lo muestran fibroso, la piel irritada por el sol, posando con un arma sobre la sien o sosteniendo un fusil en medio de la vegetación. El militarismo crece: con una docena de lúmpenes de la zona arma un ejército privado, con uniforme propio. Abre por su cuenta una comisaría y, según algunos rumores, se propone tomar el gobierno. Previamente, recién llegado a la isla, llenó de regalos a la policía y al gobierno del lugar. Muchas armas, sobre todo, y un yate valuado en un millón de dólares. Somos todos amigos, pero llega un punto en que el Primer Ministro afirma que el hombre está totalmente chalado. ¿Qué pasó en el medio? McAfee, dueño de tremenda casa sobre la playa, tenía un vecino que estaba molesto con los perros de ataque del ex gurú de la paz y el amor, que andaban sueltos y, al parecer, asustando al personal. Una noche, uno de los perros apareció envenenado. A la mañana siguiente, el vecino apareció picaneado y asesinado. La policía le mandó a McAfee la Unidad de Supresión de Pandillas, una suerte de brigada Swat, y McAfee terminó huyendo, aunque nunca se lo acusó oficialmente del asesinato. 

El resto –el harén de chicas locales pagadas para acceder a una única práctica sexual no precisamente higiénica, la historia de la bioquímica contratada para investigar con antibióticos y que no terminó bien, la fuga de película a través de Belice y de allí a Guatemala, el insólito disfraz para pasar inadvertido, la simulación de un infarto, las internas del Partido Libertario, las amenazas por mail a la directora del documental– quedan para que el lector lo descubra, tanto como el Rosebud de este Kane de cuarta, tan parecido al de tantos reyes o esclavos de la Era Mediática: todo lo que hace lo hace para llamar la atención.