Desde París

Nada los disuadió. Ni el ya lejano y tórrido verano, ni la lluvia helada que siembra sobre París un halo de lejanía y misterio. Allí estaban el 30 de diciembre haciendo la cola en la puerta de la librería. Decenas de paraguas obedientes y ansiosos de entrar esperan en la vereda de la Rue de la Bûcherie. El 31 de diciembre no llovía, pero hubo mucho viento. En cambio, el 2 de enero de 2023, un afable sol invernal los mantuvo en la vereda esperando más de dos horas para entrar. En el mundo de hoy, la fila, en el caso de una librería, es un hecho tan contracultural como los casi ciento un años que se cumplieron entre lluvias y soles de la publicación del libro cuya fama, sin dudas, sigue atrayendo a miles de lectores del mundo hasta este espacio sobreviviente del tecnodigitalismo. La fiebre serial anticultural de los imperios no pudo con la librería que hace ciento un años publicó la novela del escritor irlandés James Joyce (Dublín, 2 de febrero de 1882-13 de enero de 1941-Zurich), Ulises. La gente viene a comprar un libro y a que le pongan el famoso sello de la librería Shakespeare and Company. Es como una gratificación memoriosa que aumenta considerablemente el valor del libro adquirido. Y si el libro es Ulises, entonces la obra editada, papelizada, se vuelve trascendente y coincidente con su historia y la de este lugar: dos mujeres, Silvya Beach y Adrienne Monnier, se abrieron paso entre la maleza de la idiotez humana para rescatar de la censura y publicar la novela Ulises. Fue editada en París y en inglés el 2 de febrero de 1922, el mismo día en que el autor irlandés cumplía años. Para recuerdos y homenajes, un siglo y un año más sueña-suena más joyceano que un siglo solito.

Por su trama, sus invenciones, el lenguaje, su estructura, sus rupturas, por el encono, la admiración, las burlas, las criticas acervas, la incomprensión, la docta pedantería de los expertos o el respeto que despierta aún, el Ulises de Joyce es un libro mágico. Desde que apareció en Paris en 1922 publicado en Shakespeare and Company, la novela se confrontó a su época y a todas las siguientes, sobre todo a esta donde Ulises, después de haber sido el peldaño más alto de la cultura, ocupa hoy el trono de la contracultura: la diversión y el entretenimiento han desplazado a la cultura; la novela contemporánea se ha vuelto un objeto insípido e hibrido adaptado al mercado internacional. No está escrita para lectores sino para la industria. Ulises no entretiene ni divierte, sino que complica y exige. Toda una epopeya homérica: a quién se le ocurre seguir publicando una novela encantadora e intraducible de más de mil páginas, una novela que se autoconstruye y se deconstruye, laberíntica, con reputación de “ilegible”, llena de tonos, sonidos y ritmos combinados, juegos de palabras, una novela que transcurre a lo largo de un sólo día, el 16 junio de 1904 (Bloomsday), y en un sólo lugar, Dublin, y, encima, pedirle a un ser humano que se divierta y entienda cuando, a decir verdad, con prender su teléfono móvil ya tiene un entretenimiento que le adormecerá las neuronas hasta finales del año. La obra de Joyce no manifiesta, no grita. Su silencio redentor la ubica en otra galaxia que la de la cultura actual.

Le ocurrió lo mismo cuando se publicó. James Joyce la terminó de escribir en París, en la Rue Cardinal Lemoine. Primero intentó publicar el libro en inglés, pero fue prohibido en Inglaterra por “obsceno” mientras que en Estados Unidos las editoras fueron arrestadas y juzgadas por haber editado Ulises. Allí aparecieron, en París, las milagrosas Silvya Beach y Adrienne Monnier. La primera era una estadounidense que residía en París y propietaria de la librería Shakespeare and Company y la segunda una francesa que dirigía La Maison des amis des livres. A principios del Siglo XX, ningún hombre osó publicar la obra maestra del genial y tierno irlandés. En Estados Unidos fueron las fundadoras de la revista Little Review, Margaret Anderson y Jane Heap, quienes, entre marzo de 1918 y febrero de 1920, publicaron cuatro capítulos de la novela. Los juicios por “obscenidad” la proscribieron hasta que Silvya Beach y Adrienne Monnier la rescataron en París para que apareciera bajo el sello de Shakespeare and Company. Joyce solía visitar con frecuencia esta librería parisina de idioma inglés. Sylvia Beach contó: “Cuando decidí publicar Ulises, Joyce me decía que jamás vendería ni un sólo ejemplar de ese libro aburrido”. En cuanto Adrienne Monnier, la mujer confesó que no entendía “gran cosa del libro”. Ulises salió en inglés el primero de febrero de 1922 y en 1929 apareció la versión francesa. Se cumplió un extraño viaje: el libro fue publicado fuera de su territorio y de su idioma. Joyce vivió en Trieste, Zurich y París: ”dear, dirty Dublin”, escribió.

Ese libro inventó un mundo literario y formal fuera de lo común. Algo tan imaginativo e insolente como el famoso cuadro de Marcel Duchamp “Desnudo bajando una escalera”. Haga un esfuerzo jovial, hermano lector, e imagine no a una persona desnuda bajando una escalera sino a un desnudo. Un poco así es Ulises. Los surrealistas lo rechazaron, Virginia Wolf lo juzgó “grosero” y escrito por “un obrero autodidacta” (luego cambiaría un poco de opinión). Nuestro Borges anotó: “Más que la obra de un solo hombre, el Ulises parece la labor de muchas generaciones”. La novela escondía una ambición que nadie, hasta ahora, logró entender del todo ni agotar: Ulises tiene dos personajes y una sola escala de tiempo: el vendedor de anuncios publicitarios Leopold Bloom, el escritor Stephen Dedalus y el 16 de junio de 1904 (Bloomsday). Audaz, extraña, la obra hizo volar la idea de intriga, de literatura, de estilo, de narración y de construcción. Ulises mezcla referencias homéricas y shakespearianas con canciones populares, borracheras, relatos sobre malestares gástricos, sueños y publicidades en las vidrieras. Un infinito de infinitos. En Ulises, el autor irlandés modela una suerte de héroe moderno, sin acentos épicos, limitado en su interpretación del mundo, es decir, imposibilitado de explicar cualquier cosa desde un solo punto de vista. Por eso la novela está hecha de muchas voces y de visiones cambiantes a lo largo, lo ancho, lo alto y lo bajo y lo profundo de sus 18 capítulos y tres partes. Joyce se propuso estrujar las posibilidades de la narrativa, todas. Por ello, en cada uno de sus 18 capítulos, utilizó una técnica distinta para dar cuenta de que todos vivimos en los otros y estamos entrelazados. El Ulises no te tranquiliza porque justamente no divierte. Al contrario, te despierta, te excita, y hasta te asusta.

101 años después de su primera publicación en París, hay tantas razones para no leer Ulises como para leerlo. Detestado, amado, criticado, alabado, incendiado o atesorado, la novela de James Joyce volverá entre nosotros. No será un “clásico” sino un “re-clásico” salvado del olvido por la misma cultura actual que lo amordazó. Algún día estaremos tan aburridos de divertirnos, de entretenernos con la pesadez de las series de las plataformas y los superhéroes sin espesura ni gracia, con las novelas formateadas, que correremos sedientos a abrazar un poco de complejidad y de aburrimiento. Ulises no es ni compleja ni aburrida. Solo una novela distinta precedida por un mal chimento que inventó esa leyenda. Como en la vida misma, hay pasajes aburridos y arduos. Otros, en cambio, son como contemplación de la belleza. Cada año, el 16 de junio, se celebra, en el mundo entero, el día en que transcurre la novela, el Bloomsday. Se celebra no en el sentido ceremonial con conferencias y esas cosas. Es una celebración festiva, en la calle, en los bares, cantando o leyendo en voz alta párrafos de esa obra cuyo mito mantiene bajo la lluvia a decenas de lectores y lectoras en la puerta de la librería donde se publicó. Un siglo y un año de fiesta con el lenguaje y la lealtad.

 

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