DESOBEDIENCIAS

No sólo caras bonitas

La televisión no abre las puertas al feminismo ni a la diversidad. Pero muchas actrices, vedettes, cantantes, modelos, conductoras y periodistas usan su perfil mediático para rebelarse a la uniformidad estética, al mandato de no poder opinar de economía y política, para contestar a la violencia de género con ironía y ritmos pegadizos o para usar los micrófonos a favor de la legalización del aborto y las trabajadoras o desocupadas. No se trata de heroínas o activistas pero sí de chicas que traspasan la pantalla para hacer espejito rebotín con lo que se espera de ellas y escribir una nueva letra revelada.

Hola, vení, da una vueltita, decinos qué tenés puesto. Si querés podés nombrar a tu estilista y al diseñador del vestido. ¡Qué lookete! ¿Tenés novio? ¿Tenés hijos? ¿Te vas a casar? ¿Vas a tener otro hijo? ¿Cómo hiciste para bajar de peso después del embarazo? ¿Cómo te arreglás para atender el trabajo, la casa y los chicos? ¿Sos apasionada en el amor? Si querés también podés llorar si tenés un drama, podés hablar mal de alguna mujer que tengas de enemiga porque te robó el marido o porque te robó cartel y, de paso, si vas a estrenar una obra o una película, bueno, podés decir el nombre si viniste a eso.  Pero no te olvides de la fórmula para gustar a los 20 o a los 50 y de dar otra vueltita. 

La alfombra roja de los medios de comunicación -la televisión, las radios top, las revistas de personajes y los portales sedientos de links- tratan más o menos así (a veces un poco más zarpado, a veces un poco más sesudo, a veces un poco más embarrado, pero sin muchos matices) a cantantes, modelos, actrices y vedettes invitadas a posar más que a hablar desde sus pantallas. Sin embargo, muchas de las que estaban invitadas a dar su espalda se rebelan a quedarse en el molde y se salen de libreto o de filtro. Ya no aceptan un solo parámetro de belleza, un solo parámetro de amor, un solo parámetro de maternidad o un solo parámetro de ideología política. El silencio de las señoritas ya fue.

Eso sí. Las dejan entrar por lindas y si se escapan de la idea de musas sumisas y calladas las castigan. Si Nancy Dupláa, Sofía Gala, Gloria Carrá, Jorgelina Aruzzi, Dolores Fonzi, Florencia Peña, Griselda Siciliani, Inés Estévez, Julia Mengolini o Carla Conte dicen, opinan, critican o piensan algo distinto a lo que se espera de ellas se las critica con una saña doble: por ser mujeres y por correrse del jarrón de porcelana que no puede romperse ni llamar la atención en una época de blindaje mediático sin disonancias que no sean gritos y peleas en el barro para fogonear la idea de chicas envidiosas y competitivas que se chirusean entre ellas. Sin embargo, Nancy Dupláa homenajea a las mujeres que paran la olla y se pronuncia contra los despidos similares a los de su novela La Leona, que hacía de la heroína a la líder sindical de una fábrica recuperada; Sofía Gala resalta que es difícil llegar a fin de mes y se pronuncia a favor de la legalización del aborto; Jorgelina Aruzzi pide por la producción de ficción nacional; Dolores Fonzi fue una de las voces públicas que reclamó por la libertad de Belén presa por un aborto; Florencia Peña pelea contra la pornovenganza y por una ley de trombofilia pero los médicos le dicen que si no tiene guardapolvo blanco no puede opinar; Griselda Siciliani opinó contra una marcha de militares y fue mandada a solo cantar y bailar o a subir su escote si su sensualidad no pasó por un quirófano push up cuando se calzó un vestido que delataba tetas al natural; Inés Estévez también defendió un cuerpo libre a todas las edades y la tolerancia frente a opiniones diversas y Mirtha Legrand la fustigó porque puso sus dedos en V frente a cámara (en homenaje al símbolo de paz y amor del rock); Julieta Ortega increpó a las que buscan despegarse de la identificación con el feminismo: “Es sólo igualdad de derechos, mis queridas. Si no sos feminista, ¿qué sos?”; Gloria Carrá le contestó a quienes la critican por vieja o flaca como si todo el tiempo se tuviera que poner un termómetro para quienes pueden mostrarse y quienes pasan de ser consideradas bellas a descartables; Julia Mengolini hizo masiva la crítica a la cosificación en la televisión y logró ser invitada a los paneles con más rating para hablar de política, pero fue devorada si pisaba la pantalla de Canal 13 o imputada hasta que le corrieran lágrimas si tenía un discurso sencillamente disidente con el discurso oficial o del establishment del panelismo; Carla Conte se negó a que le cortaran la pollera en Showmatch sin su consentimiento y fue una de las que hizo que Marcelo Tinelli -post Ni Una Menos- se retractara de no respetar el “no es no” de las mujeres, pero cuando volvió a bailar  también la tildaron de incoherente como si las conquistas y los cambios no dieran lugar a llevar el pañuelo verde de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito del Encuentro de Mujeres a las pantallas que multiplican las luchas y las oportunidades. 

Las Leonas no callan

El 18 de junio, en la entrega de los Martín Fierro, Nancy Dupláa dedicó su premio como protagonista de la novela La Leona, escrita por Susana Cardozo y Pablo Lago (que tenía como protagonista a una obrera textil que se convierte en líder sindical de una fábrica recuperada) a “todas esas leonas que salen a parar la olla todas las mañanas y que son las primeras víctimas de este año y medio de una nueva Argentina”. Nancy repasa para Las12 los nervios de una noche en donde su preocupación estaba puesta en tener voz para ser la voz de muchas. “Pasé un momento de muchos nervios. No estaba en mí irme de ese lugar sin decir lo que pensaba. No me siento parte de la ostentación y el lujo, no me siento cómoda, pero acepto el código y le doy para adelante para poder diferenciarme. Siempre me acompañó eso por cómo me criaron las mujeres y los hombres de mi vida que son gente de barrio y de trabajo, incluso los que vinieron de Italia y Francia. Mis abuelas salieron a trabajar desde muy pendejas y `parar la olla` fue una frase muy dicha en casa”, cuenta Nancy. Para ella La Leona fue un antes y un después en la carrera y en la vida. “La Leona me subió la vara de lo que deseo contar. Ya no podría ser superficial. Una de las cosas por las que queríamos hacer la productora con Pablo (Echarri) era para poder contar historias de trabajadores que es con lo que nos sentimos más identificados. Y ahora ya no puedo bajar.” 

La actriz Jorgelina Aruzzi tuiteó “Basta de latas en la tv  ficción por favor” y solo por eso la (mal) trataron de hueca o la juzgaron como si se hubiera comparado con los padecimientos de los jubilados. “No somos dueñas de nuestras palabras”, señala. Y remarca: “Hoy el show es la polémica. Por eso sacan de contexto todo y opinan”. Ella aclara que no se comparó con sectores más vulnerables y destaca que ama a Telefé desde donde hizo reír en distintas comedias. Pero defender el trabajo del gremio de la televisión, la industria nacional o la identidad cultural no es un pecado. Tal vez la diferencia es que en épocas de bozales se ladra contra las mujeres (que por popularidad en cámara o en redes sociales) tienen más llegada para ridiculizar sus palabras, bombardearlas con agresiones o asustarlas con dedos levantados para intentar intimidarlas. 

“Tengo tres trabajos y no llego a fin de mes”, dijo Sofía Gala el 28 de marzo de este año. Igual que ella, con más o menos trabajos y recursos, muchas madres o jefas de hogar saben lo que es malabarear entre inflación, peores condiciones laborales, más desempleo y suba del dólar (entre otras lluvias de chanes económicos de la actual coyuntura), pero la mayoría de las mujeres no tienen voz y las que la tienen quedan jaqueadas como quejosas ridículas, gastadoras o ignorantes verborrágicas. O de locas si hacen, como ella, una tapa a favor del derecho al aborto mientras estaba embarazada. “El yeite con el medio es que la mujer mediática termina siendo mediática. No importa lo que estás diciendo o el problema al que te estas refiriendo sino que una dice algo que se sale de la norma. Por momentos siento que no hay otra manera de expresar una idea que a través del arte”, subraya Sofía, que está haciendo Confesiones de mujeres de 30 y el 5 de agosto estrena la obra La empresa siempre perdona.. Sofía pertenece a una generación que conoce las trampas de los micrófonos. Pero que no va a quedarse muda para esquivar los riesgos. “Es fundamental expresar nuevas ideas para este país que es tan pacato y conservador y estructurado. No hay tiempo para esperar a que a la gente se le abra la cabeza”, resalta. 

No son tiempos de invitación a ser escuchadas. Los medios empujan la puerta de su caja boba para que las mujeres no entren también a democratizar su cancha de pantalones con decorados. Pero en el país de un feminismo popular que suma todos los 3 de junio y todos los Encuentros de Mujeres miles de mujeres en la calle, la voz y la cámara no pueden ser despreciadas sino tomarse, aunque sea, tomarse por asalto. “La voz de las trabajadoras es multiplicada en un espacio en el que no suelen llegar, no se la suele escuchar, sino desprestigiar. En la calle las trabajadoras te dicen “gracias”, con emoción e identificación. Ya no te podés hacer el boludo y dar marcha atrás”, resalta Nancy. 

Duelo de estilos

Las invitan a programas para ocupar el personaje de chica hot y no decir lo que piensan o tararearlo como Andrea Rincón que, frente a la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal (famosa por decir que quería escuchar más que hablar) cantó “Vamos a volver” cuando le preguntaron por Cristina Kirchner en el programa de Andy Kusnetzoff. El ciclo se llama Podemos hablar. Pero Andrea dijo que no podía decir lo que pensaba de Mauricio Macri en la primera pregunta de un ping pong que daba amplía mayoría a favor del machismo y, ya atragantada, cantó su opinión sobre Cristina Fernández de Kirchner para que no quedaran dudas. Andrea, alguna vez, fue carnada de revistas designadas para hombres,  donde le preguntaron: “Para tocar el saxo como Clinton hay que usar bien la lengua, ¿vos que tal?” a lo que ella contestó “Qué hijo de puta” (y al periodista le pareció una gracia). Sin reparos la acorralaba sin tacto ni metáforas: “¿Autopista o colectora?” a lo que ella también contestaba “He tenido malas experiencias” y se publicaba como si no importara su respuesta sino solo la pregunta. Andrea no tiene (ni debe) ponerse una sotana o dejar su sensualidad de lado para postear ahora, en su Twitter, una foto escrachando a los policías que reprimieron en Pepsi Co llevándose snacks y gaseosas o un homenaje a Evita. También está Tita Merello y Se dice de mi. Andrea puede mostrar piel, carne, deseo, sexo y pasión. Pero se rebela, también a su manera, a ocupar el lugar de la calladita. 

Los tiempos políticos corrieron a las mujeres de la centralidad del poder en Latinoamérica (solo queda Michelle Bachelet que está a punto de dejar la Casa de gobierno en Chile) y la oda mediática es al “duelo de estilos” entre primeras damas, reinas o princesas a ver quién gana con sus vestidetes la copa de la mejor perchita. Se cambió el poder por el porte, las damas al poder por las damas de compañía y el calor de las ideas por el calor del hogar como paradigma de mujeres que son empujadas a retroceder en los pasos de la historia y volver a ser las que están un paso atrás de los protagonistas varones. A contramano, sin embargo, las mujeres toman la calle colectiva y masivamente, y el movimiento de mujeres impone otras varas mediáticas con el grito de Ni Una Menos. Ni todas las mediáticas se volvieron rebeldes con causas, ni todas las que tienen destellos rebeldes son activistas, feministas o alumnas impolutas de la incorrección machista. Sin embargo, forman parte de una marea de mujeres que no quiere entrar en un solo uniforme, ni salir a escena solo durante el climax estético que se espera de ellas. 

Por ejemplo, Natalia Oreiro protagonizó la tapa de Caras, del 18 de julio último, sin photoshop y sin maquillaje, como una opción de belleza natural a los 40 años. Eso no quita que cuente con bronca que cargó con el peso de que no la consideraran buena actriz por ser linda y que también le gusta jugar el juego de la alfombra roja y calzarse zapatos, vestidos, peinados y maquillajes que elige y que también forman parte de sus gustos y tramas. Mientras que Gloria Carrá criticó a las mujeres que critican sus fotos en Instagram hablando de anorexia, fealdad y vejez. “Tengo 46 años y me siento muy bien conmigo y con mi edad. Si creen que una persona de 40 no puede bailar, cantar, usar bikini en la playa, están fritas amigas. Y si les parece que estoy flaca es cierto, por más que coma no engordo y, por eso, disfruto cada día de comer. No quiero que me comenten lo linda o lo fea que estoy”, publicó en sus redes sociales. Gloria encarna a mujeres que no quieren entrar a la pantalla cuando ser rubias de ojos claros es un pasaporte a la popularidad, y cuando el rostro tiene más vericuetos que la primera lozanía son expulsadas del paraíso de la masividad. 

Sin dudas, la televisión y las nuevas pantallas necesitan reimpulsar una estética de la diversidad, menos expulsiva y cruenta y donde no haya fronteras que dejen afuera del reino de lxs muchxs a las más carnosas, anchas, grandes, flacas, lisas, voluptuosas, morochas, morenas, bajas o caderonas. No hay pluralidad si la cámara no mira a todas las que miran o solo hablan las jóvenes con medidas estándar como si se tratara de muñecas. En las exigencias televisivas actuales para ser actriz, conductora, periodista, dar el tiempo, decir los goles, bailar, posar, opinar de judiciales o de política hay que ser linda, más que linda, atractiva. El filtro deja afuera a muchas mujeres que pesan más o menos, tienen las tetas más pesadas o caídas, son más grandes o más chicas, más planas o más enruladas, más morochas o anchas, menos femme fatal o demasiado fatales. La televisión no busca resaltar ni mostrar un arco iris de belleza posible. Busca moldes que uniformen el deseo en una talla, en una edad, en un estilo, en un gusto, en un mix que espeja que ser mujer no es una pluralidad de opciones sino un formato en el que se encaja o se desencaja.

Pero aun las que logran -con pasión, disciplinamiento, talento, perseverancia o suerte- encajar y entrar a una pantalla mucho más autoritaria con el cuerpo de las mujeres que con el de los varones -que en la televisión están Carlos Pagni, Nelson Castro y Jorge Lanata, no es cierto que la pluralidad de varones con la posibilidad de pesar más, tener menos pelo, ser grandes o bizcos sea igualitaria- sería una magia concedida también para conductoras maduras, bizcas, gordas, no depiladas o afines. La presión se puede estar democratizando en el peor de los sentidos: hacer de la estética corporal una pulsión cada vez mayor para todas y todos. Pero, el colmo de la exclusión, es la fecha de vencimiento cuando empiezan las primeras arrugas, la celulitis o la panza sin embarazos a dieta. 

Los medios no ven ni muestran una revolución de mujeres que clama por más derechos. Pero hay gritos, susurros, canciones, posteos, respuestas, tapas como destellos, a veces mínimos y otras de peso, pero significativos de mujeres rebeladas a sonreír para la foto y salirse cuando ya no las invitan a posar con la boca acurrucada para gustar a cámara.  Las que llegan son menos, las que no llegan son muchas, las que son expulsadas son demasiadas. Y aun las que se vuelven aguja en el pajar son desterradas si crecen, si no se operan, si no se ponen botox, no van al gimnasio o si cantan, hablan o -incluso- hacen gestos que no solo decoren las mesas que ya están servidas. 

Rebelión de las tontas

“A todas las chicas, nenas, mujeres, madres, que nadie nunca jamás les diga que son grandes, que están viejas, que son feas, gordas, que no tienen talento, y sobre todo, que son tontas”, dijo Jimena Barón, redefinida como una girl power, cuando terminó de cantar su tema “La tonta”, con la estrategia de dar vuelta la sumisión y contar su intento de ama de casa aplacada, esposa que espera con la comida servida mirando el reloj del hombre que no llega y botinera que cuelga recetas por Instagram mientras se levanta a preparar un café que no asegura ni amor ni gracias. Jimena denunció violencia de género (que no es solo física, sino también psicológica aunque la mayoría de los medios lo olviden) de parte de su ex pareja y padre de su hijo, el futbolista Daniel Osvaldo. Los medios la criticaron por denunciarlo y también por volver con él cuando en realidad es parte del engranaje exacto de los ciclos de la violencia el perdón y el reintento. Ahora se separó y convirtió en música su irónica tonta que termina con una aspiradora que barre con la corbata masculina y con una casa que vuela en llamas mientras ella se aleja de ese modelo de sumisión y sufrimiento con la cena lista. “Vuelvo a ser la tonta que se amolda a tu rutina, la que te espera mientras espera te cocina, que se pone contenta si te ve, y sino también. Y sin querer todo lo que juré no volver a ser, lo vuelvo y lo repito una y otra vez, pedazos de ilusión que rescaté vuelvo a romper”, dice en un pop sin concesiones, aunque en Showmatch le griten desde un micrófono “Es el padre”, como una forma de reto por no cerrar la boca al pater familia con un pop irónico y pegadizo. Jimena también hace arenga de poder mostrar y mover el culo contra miradas inquisidoras y no gambetea, con botas rojas, malla y guantes, la palabra feminista desde la tapa de la última revista Gente: “Hoy en día es imposible no ser feminista. Y pujar por igualdad de derechos y obligaciones: una mujer que decide y un hombre que lo valora. `La tonta` es un guiño a la mina de los 40, 50 o 60, que aparecía en publicidades diciendo: `Ahora que engordé puedo conseguir marido`. La del chip muy asumido de buena madre, buena esposa y buena limpiadora”.

 Nada tontas del mundo, uníos. 

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