El amor en sus distintas formas... ¿es siempre amor? En realidad, esa es una pregunta que tuvo respuesta hace mucho tiempo. En 1956, Erich Fromm escribió El arte de amar y en ese libro exponía los distintos tipos de amor: desde el amor de padres a hijos, pasando por el amor a uno mismo, hasta el de la pareja. El amor no es un flash. Ante todo, es una construcción: el hombre y la mujer son los arquitectos de los cimientos que llevan a convertirlos en una fortaleza o en un castillo de naipes. Pascal decía que el corazón tiene razones que la razón desconoce. Y del amor genuino que sale del corazón reflexiona Empieza el baile, largometraje de la directora Marina Seresesky, con los protagónicos de Mercedes Morán, Darío Grandinetti y Jorge Marrale, que se estrena el jueves 20 de abril. La propia cineasta definió su ficción como una historia de amor profundo que no conoce distancias, fronteras y mucho menos el paso del tiempo. “Pero no solo del amor a otra persona, sino de ese amor que se profesa por los lugares y por los momentos en los que fuimos felices”, señaló.

En la ficción, Carlos (Grandinetti) y Margarita (Morán) fueron la pareja de tango más famosa y reconocida de su época. Hoy, poco y nada queda de ese esplendor, de esa pasión que los llevó a compartir escenarios, viajes y vida. Carlos vive en Madrid, disfrutando de la segunda oportunidad que le ha dado la vida, y Margarita vive en Buenos Aires inmersa en la pobreza y el olvido, pero con ese humor socarrón que siempre la ha caracterizado. Junto a su inseparable amigo Pichuquito (Marrale), inicia un viaje en busca de respuestas, que enfrentará a ambos a sus recuerdos, a sus miedos, pero sobre todo a sus verdaderos deseos. En este disparatado viaje se reencontrarán con el pasado que tanto han evadido, pero también con la vida en estado puro.

“Todo me interesó de la historia porque abarca la vida pasada de estas tres personas, toda la vida que había tenido juntos los personajes”, señala Marrale en la entrevista con Página/12. “Y eso me parecía que era un sustento maravilloso para la historia. Todo lo que había sido el éxito de esa pareja y Pichuquito con el bandoneón siguiéndolos a todos lados me parecía una cosa muy cercana también a los actores, las giras… Con lo cual, haciéndolo con Darío y con Mecha estaba servido para que fuera una gran historia”. El actor también considera que el guión “resumía muy bien cómo tres personas de cierta edad pueden tener la energía necesaria para emprender algo muy potente”. “Mi personaje, Pichuquito, me parecía encantador. Cuando leí el personaje dije ‘Es amoroso este tipo’", completa Marrale.

-La directora de la película se preguntó cómo se vive si tu amor verdadero es ya solo un recuerdo lejano. ¿Vos qué pensás?

-Lo que pasa es que el amor verdadero depende en el tiempo si tienen deudas, si hay algo para concretar todavía. Por ahí el concretar no es la continuidad de ese amor sino algo que ha quedado que, a veces, se soluciona en una charla o en algo mucho más profundo. Los amores siempre dejan huellas. Uno puede decir "Me separé de esta persona", pero hay algo de lo que sucedió que es difícil que se borre. Hay algo que se sostiene. Y esta historia habla mucho de eso y cómo en el tiempo eso que había sido toda una efervescencia, llega un momento que eso se apaga, pero todo lo que sucedió fue un volcán. No se puede olvidar eso.

-Los personajes de Morán y Grandinetti tuvieron mucho renombre en su juventud. ¿Crees que el público olvida a los grandes artistas o en realidad el cariño permanece intacto?

-Depende. Son cosas maravillosas las que pasan con los artistas y la conexión. La conexión del público con sus artistas queridos es indeleble. Por ahí no te acordás bien de algún pasaje de una película que viste y que dijiste "¡Qué maravilloso!", pero te acordás de la sensación que te provocó. Lo que provoca el artista, sobre todo desde el punto de vista de lo plástico, genera en el espectador algo que siempre está vinculado a su esencia personal. Por eso, determinados artistas pegan en la gente de una manera particular porque hay algo de la conexión entre esa mujer, ese hombre, que el que recibe se conmueve. Y eso lo hace inolvidable. Yo puedo hablar por mí de las cosas que son inolvidables. Hay artistas que son inolvidables para mí. Y no es porque yo haya visto mil películas de ellos, pero veía una y ya me quedaba algo. Artistas inolvidables que uno ha tenido desde la infancia, de ver películas de piratas, por ejemplo, cuando tenía 8 o 9 años, y que me acuerdo. Hay algo que queda en la gente y que es muy amoroso. El vínculo del artista con el público en el tiempo es un vínculo afectivo casi familiar.

-¿Y vos cómo te llevás con el paso del tiempo?

-Y… Lo dejo pasar (risas). No me resisto demasiado. Trato de acompañarlo. Una cosa es cuando uno sueña "Uh, cuando llegue a tal edad, ¿cómo va a ser?". Y otra cosa es cuando el tiempo empieza a tener un valor verdadero. Ya tenés lo transcurrido, proyectás un poco lo que va a venir, dónde estás, si estás bien físicamente o no, cómo te estás llevando con el entorno, con la vida, los hijos, el trabajo y demás. Entonces, el tiempo es para nosotros un factor ineludible. Estamos hechos de tiempo. Nacemos ya con la idea del tiempo. Entonces, uno tiene que tratar de llevarse lo mejor posible y que los acontecimientos que suceden en el tiempo, sobre todo los afectivos, los amorosos, los dolorosos puedan ser también capitalizados como para poder seguir sosteniéndolos, pero no tirando nunca la toalla.

-¿Y extrañas particularmente algo de tu juventud?

-No, extrañar nada, porque no tengo remembranza de eso. Tengo como los elementos históricos: ¿Qué me pasó? ¿Qué hice? Y viste que el recuerdo siempre es un poco falso, también. Uno recuerda cosas y piensa que era de esa manera. Y si hay un testigo de lo que pasó, por ahí te tira un centro: "Ah, pero vos lo viste de esa forma. A mí me impactó de esta manera". O sea que la cabeza también va armando una construcción como para que eso que pasó haya sido bueno, haya sido agradable. Y lo que es duro, a veces es más duro de lo que uno cree o de lo que uno recuerda. El tiempo es medio mágico, medio raro.

-La música juega un papel importante en la historia. ¿Te gusta el tango?

-Sí, claro. Me gusta. Soy de una generación que nació con el tango allá arriba. Y tuve padres muy tangueros. Era la época en que tus viejos iban a bailar para carnavales al Club Comunicaciones porque estaba Pugliese. Y la radio era el elemento más cercano en la cotidianidad. No te tenías que parar a mirar nada. Pasabas, escuchabas y la radio siempre estaba conectada con el tango, también el folklore. Fue una época en que se escuchaba mucho folklore y tango, con lo cual mi infancia estuvo muy vinculada a eso. Y a la música americana, el foxtrot que escuchaba mi vieja, el swing. Estuve muy cercano al tango. Mi viejo cantaba, se afeitaba cantando tangos. Mi vieja cantaba muy bien el tango. Había algo muy consustanciado con la poética nacional. Y yo viví en ese entorno porque Barracas era un barrio de tango. Hasta los 15 años que viví en Barracas, era así. Después, a los 15, 16, empecé a escuchar a los Beatles. 

-La historia de la película tiene una estructura de road movie, donde lo que les va sucediendo a los personajes son todas cosas muy fuertes. ¿Cómo se trabajan los secretos de los personajes?

-Viste que los secretos son secretos a voces, o son secretos que se mantienen para uno solo y uno hace el proceso con su secreto como quiera. En el caso del personaje de Mecha, hay como algo sabido entre ella y mi personaje. Y jugamos un poco. Es un secreto que es muy expectante en la película porque uno se pregunta: ¿de qué están hablando estos dos? Yo creo que los secretos se mantienen si uno desea conservarlos sin que salgan a la luz. Lo que pasa es que un secreto es muy difícil de conservar, sobre todo cuando son secretos vinculados a lo amoroso, a lo entrañable. Se pueden sostener un tiempo, se puede callar uno hasta que explota y se dice. Es interesante todo el asunto de los secretos, cómo se negocian los secretos, cómo negocia uno adentro con el secreto: a ver si lo tira o no lo tira, si lo dice, si tira una punta para que el otro entienda.

Grandinetti, Morán y Marrale en una escena de la película.

-Y cuál será la consecuencia…

-Esta película habla de eso de una manera muy tierna.

-Y, a la vez, es una historia donde reflotan los recuerdos, pero no exentos de reproches, ¿no?

-Absolutamente. ¿Y por qué no? Siempre dejamos algo sin cerrar en algún lugar. Hay algo que quedó en el tiempo, colgado. No se pudo decir en su momento. Hay algo que no se dice en su momento. Es una película que tiene secretos interesantes para trabajar.

-Tu personaje es veterano pero tiene cosas de niño, juega un poco como un niño. ¿Crees que el hombre nunca pierde del todo el espíritu infantil?

-Es que uno construye al gigante sobre el chiquito. Pichuquito es como si hubiera crecido en el tiempo, se lo ve grande y demás, pero todavía tiene adentro una dinámica personal como si fuera eterno. Tiene también una idea infantil respecto del tiempo. Y le gusta sostenerla ahí.

-Es que, generalmente, cuando uno es chico se cree inmortal, pero cuando crece se da cuenta de que no es así.

-Claro. Pero cuando vos tenés algo delante tuyo y esperás que llegue, esperas que llegue; eso es una esperanza, también. Y tiene que ver con el tiempo y lo sostenés: en algún momento va a ser, "en algún momento lo voy a conseguir, eso puede llegar a ser”, decís. Y eso se sostiene porque hay algo infantil adentro.

-¿Sos de proyectar en los personajes aspectos tuyos o es una construcción cien por ciento abstracta?

-No, abstracto no hay nada. Los seres humanos que actuamos trabajamos con lo que tenemos. Por supuesto, al servicio del personaje, pero no hay nada que sea una abstracción. ¿Qué es la abstracción? Nosotros trabajamos con la emocionalidad. Y la emocionalidad no es abstracta. La podés conectar para que el rol cumpla determinados procesos que tengan que ver con ese lineamiento emocional que, por ahí, no es directamente el tuyo, pero lo estás construyendo con tu emocionalidad. No se la pedís prestada a nadie. Y no es una abstracción. Es una serie de elementos que uno tiene en su caja emotiva y los va sacando como los hilos, que los vas enredando, los vas estirando, pero siguen siendo tuyos "al servicio de".

-¿Es cierto que encontraste tu vocación cuando viste a Vittorio Gassman en El hombre de la flor en la boca?

-No es que la encontré, pero sí me despertó una emocionante admiración y una proyección. A ese cuento de Pirandello lo vi transitar de una manera tan tranquila y, al mismo tiempo, trascendente, para decir lo que le pasaba con todo ese drama… Y dije: "Si se puede comunicar eso de esa manera, promoviendo una emocionalidad tan alta y diciendo una verdad tan profunda, tan trascedente, vale la pena transitar por ahí, le da sentido a la vida hacer eso". El arte le da un sentido a la vida, nos pone en un lugar que nos trasciende. Hay momentos en que con determinada obra que te toca hacer, decís: "Qué suerte que pude pasar mi organismo por ahí, que no quedé igual. Y que lo que transmití tuvo sentido de ser". Y después lo ves en la mirada de la gente, a veces en el silencio, a veces en la admiración, pero en ese reconocimiento de que las almas se confunden. Decís "Estamos viviendo un acontecimiento y una historia que nos embarga a todos. No quedamos iguales después. Nos emocionamos. Algo nos cambia adentro para comprendernos un poco más". El misterio de la vida. El arte se ocupa del misterio de la vida. Es tan misteriosa la vida.

-¿Notas una buena recuperación del cine y del teatro argentinos tras dos años muy duros por la pandemia?

 

-Bueno, la gente está respondiendo muy bien al teatro. Afortunadamente, el público teatrero argentino está respondiendo. A los argentinos nos encanta a mirar la representación. Tenemos algo fantástico en cuanto a la conexión con lo que se representa, con el imaginario corrido, a veces, de esa realidad tan dura, y estar expectantes a que nos cuenten una historia. En ese sentido, es maravilloso nuestro público. Lo veo que se está recuperando. El cine por ahí necesitará, tal vez, un poco más de apoyo como para que se desarrolle más en salas, que tengamos la posibilidad de que las películas se sostengan un poco más de tiempo. Pero hay fenómenos que son interesantes, porque el público argentino quiere el cine nacional. Y te doy un dato que lo sé muy bien por SAGAI: la gente mira mucho el canal Volver porque quiere ver cosas nuestras. No importan los tiempos. Quiere ver a sus artistas. Es interesante ese dato, lo cual informa que es necesario vernos más a nosotros mismos representando en el cine, en el teatro y en la televisión. La televisión necesita más ficción argentina. Es una pena que se haya disgregado esa posibilidad.