Nemoroso canta a Elisa y Garcilaso a doña Isabel Freire. También Salicio canta a Galatea repitiendo los rencores del poeta. Las viejas églogas rememoran los amores y acrecientan los celos. La muerte se enreda en las palabras del poeta que descansa de sus quejas mirando unos cabellos. Antes ha dicho:


¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,

cuando en aqueste valle al fresco viento

andábamos cogiendo tiernas flores,

que había de ver con largo apartamiento

venir el triste y solitario día

que diese amargo fin a mis amores?

Y este tema se repite en verso y en imagen en la película de Saura Elisa, vida mía, obsesionado por la muerte y por el pelo de una mujer, la misma, Geraldine Chaplin, la única que no asistiese a otros funerales, los de su padre. Ana Geraldine es asesinada a balazos o a cuchilladas -o con unas tijeras- y es despojada de su pelo por los lobos. El suave tacto de los cabellos que caen cuando las novicias toman el velo o el de las muñecas a quienes despoja de sus cabellos el lobo anacoreta de la otra película de Saura.

Los cabellos que encanecen no se guardan, solo las trenzas frescas de una mujer joven o doncella. El viejo escucha las palabras de amor, cede, y se enamora de una niña y es zaherido por su tentador en la obra de Rodrigo Cota:


¡Oh, viejo triste, liviano!

¿Cuál error pudo bastar?

que te había de tornar

rubio tu cabello cano?

Pero si el cabello cano es la primera muestra del envejecimiento, el cabello guardado en un estuche es siempre joven. Las trenzas de María sobreviven a su muerte y las de Elisa consuelan al enamorado:


Tengo una parte aquí de tus cabellos,

Elisa, envueltos en un blanco paño,

que nunca de mi seno se me apartan:

descójolos, y de un dolor tamaño

enternecerme siento, que sobre ellos

nunca mis ojos de llorar se hartan.

Sin que de allí se partan,

con suspiros calientes,

más que la llama ardientes.

los enjugo de llanto y de consuno,

casi los paso y los cuento uno a uno,

juntándolos y con un cordón los ato.

Tras esto el importuno

dolor me deja descansar un rato.

Celebrando un ritual, Garcilaso, vestido de pastor, resucita a la amada y vence a la muerte detenida en un blanco paño que sirve de guardapelo. La juventud se retiene y la vida vuelve a su contacto sensualizando el dolor vuelto placer en la eternidad de unos cabellos que nunca envejecieron, conservando su color y su textura. Los cabellos de Elisa, separados de la cabeza de quien estuviera viva, reviven en las otras ninfas que la lloran:


Todas con el cabello desparcido lloraban una ninfa delicada

cuya vida mostraba que había sido

antes de tiempo y casi en flor cortada.


Era muy pálida así como las mujeres

que tienen la cabellera muy larga  

Este fragmento pertenece al libro La cabellera andante de Margo Glantz, que bajo el título De la amorosa inclinación a enredarse en cabellos fue publicado originalmente en 1984 y que ahora reedita El cuenco de plata.