La muestra Rewind se inauguró en la Sala de las Miradas de Lavardén
Un aleph para el rock de la ciudad
El Museo Rock Rosario se concentró esta vez en la década del 80, reuniendo objetos que permiten hilar los fragmentos de la memoria colectiva. La apertura volvió a evidenciar su capacidad de aunar pasado, presente y futuro.
Rewind permitió reencuentros varios. La remera de Fito, a la derecha, fue de lo más celebrado.Rewind permitió reencuentros varios. La remera de Fito, a la derecha, fue de lo más celebrado.Rewind permitió reencuentros varios. La remera de Fito, a la derecha, fue de lo más celebrado.Rewind permitió reencuentros varios. La remera de Fito, a la derecha, fue de lo más celebrado.Rewind permitió reencuentros varios. La remera de Fito, a la derecha, fue de lo más celebrado.
Rewind permitió reencuentros varios. La remera de Fito, a la derecha, fue de lo más celebrado. 

Como en cada una de sus apariciones públicas, el Museo Rock Rosario volvió a poner en juego la potencia de sus bienes tangibles, esas piezas que (en formato de discos, revistas, afiches, fotografías y etcéteras varios) permiten darle sentido a fragmentos hasta ahora dispersos en la memoria colectiva. Como en cada inauguración de sus exposiciones, el pasado jueves el Museo brilló además con un esencial bien intangible, ése que lo emparenta con el mítico aleph borgeano: el punto donde confluyen todos los puntos, allí donde pasado, presente y futuro se hacen uno.

Esta vez, y en consonancia con las celebraciones por los 90 años del edificio Lavardén, la década del 80 fue el marco temporal seleccionado para que la Sala de las Miradas se transformara en sede de Rewind, exposición que podrá visitarse hasta el 31 de agosto con una programación que sumará actividades especiales el próximo sábado a las 19 (con una feria de libros y vinilos que incluirá la charla "Los libros del rock argentino", coordinada por Juan Cruz Revello) y el sábado 26, con un encuentro sobre "Rock y Cine" a cargo de Leandro Arteaga, crítico especializado de Rosario/12.

 

Iván Tarabelli y José María Blanc tocaron en la apertura.

 

Los años 80, entonces, como marco contenedor de una historia musical y cultural que en ese período profundizó su diversidad. Con la Trova Rosarina convertida en un suceso para la escena porteña y la absurda Guerra de Malvinas abriendo una inesperada banda de aire para el rock en castellano (fruto de la marcial prohibición de difusión de música angloparlante), el cascarón de la escena rosarina terminó de romperse con la llegada de la democracia. Los discos y revistas que se reparten por la Sala de las Miradas relucen como evidencia concreta de una amplitud estética que, desde entonces, continuaría ramificándose hasta hacerse rasgo distintivo de la música rosarina.

Fechado en 1980, el primer número de la revista Rocksario es apenas uno de los tantos registros de ello: a sus 17 años, Fito Páez contesta a las preguntas del cronista sobre su grupo Staff, ése que se completaba con Carlos Nurias, Germán Risemberg y Mario "Pájaro" Gómez, por entonces un percusionista influenciado "por el candombe", que luego formó parte de Identi-kit para en 1990 convertirse en cantante de la exitosa Vilma Palma e Vampiros. A lo largo de la muestra la sorpresa aflora ante cada descubrimiento de olvidadas asociaciones.

El ejemplar inaugural de Rocksario forma parte del segmento "Del 63. La ruta Páez", donde resalta la remera original que Rodolfo utilizara en la portada de su debut solista. Convertida en una de las más celebradas de la muestra, la pieza de colección llegó recientemente a manos de los impulsores del Museo Rock Rosario, ese proyecto que parece enriquecerse a cada instante: mientras la inauguración transita sus primeros minutos, Yerba Gervasi se acerca a Sergio Rébori (alma mater del MRR junto a Pablo Grasso) para donar una musculosa artesanal de Identi-kit, datada en 1987. Convocado como uno de los invitados especiales de la noche, el responsable de haber realizado el trabajo de pintura explica entusiasmado los detalles de su obra: por aquellos años Coki Debernardi era también un requerido artista del pincel.

 

"Ojalá que esto quede fijo en algún lugar. Que la cultura no quede de la boca para afuera", lanzó Coki en la apertura.

 

Frente a cada vitrina de Rewind las historias y recuerdos se multiplican, en una sucesión de reencuentros de los protagonistas de un período histórico marcado por la liberación post dictadura. Una fraternidad que también se torna evidente desde el pequeño escenario montado sobre uno de los extremos de la sala, allí donde el tecladista Iván Tarabelli y el cantante José María Blanc le dan forma a bellas versiones de Páez, Fandermole y Pablo el Enterrador, la histórica banda de rock progresivo liderada por Blanc, cuyo estandarte de mil batallas cuelga como telón de fondo. A su turno, y con Tarabelli como invitado espontáneo, Debernardi se deja llevar por los recuerdos de la noche de 1982 en la que, desde su Cañada natal, llegó a Rosario para presenciar la presentación de Llegamos de los barcos de Litto Nebbia, concierto que abrió con los Pablo y su emblemática bandera. Antes de lanzarse a una versión única de "La lluvia cae lenta" junto a Tarabelli, Coki vuelve al presente para tentar al futuro: "Ojalá que esto quede fijo en algún lugar. Que sepan que se hacen cosas muy lindas. Que la cultura no quede de la boca para afuera".

 

La revista Risario forma parte del patrimonio del Museo.

 

Afuera, las veredas empapadas por los chaparrones del jueves aguardan el final de esa ceremonia de reencuentros. Lo intangible quedará entonces asentado en nuevos recuerdos. Lo tangible seguirá sorprendiendo, hasta fin de agosto, en las paredes de la Sala de las Miradas. Será entonces tiempo de potenciar al Museo Rock Rosario, de avanzar en la concreción de una sede permanente que permitirá darle cobijo a la historia musical de la ciudad. Un espacio que deberá estructurarse con criterios museológicos accesibles, que viabilice la digitalización de esos archivos gráficos y sonoros para su consulta y descarga; que proponga un recorrido que le dé unidad a todos los elementos de ese enorme rompecabezas que no puede, de modo alguno, depender excluvisamente del notable empuje y entusiasmo de Rébori, Grasso y sus ocasionales ayudantes. Un museo que vibre con actividad constante, que habilite ese reencuentro de viejas glorias y sea también receptivo de las nuevas expresiones musicales que, a diferencia de otros tiempos, no encuentran cabida en una ciudad que (en más de una década de post Cromañón) sufrió la extinción del under. Un museo permanente que de ninguna manera debería quedar postergado por mezquindades políticas o empresariales. Un aleph, para el rock de la ciudad.