El Abuelo Isaac estrenó El Blues de la Primera Fecha durante una noche de mitad de los setenta de la que no paró de hablar hasta su última hora. Podemos dar fe de eso mis primos, mi hermana y yo, que lo escuchamos relatar esa circunstancia de gloria a través de cien tardes en el norte santafesino, donde el Abuelo Isaac ejecutaba el arte mayor con el que había garantizado el alimento y la sonrisa de sus hijos: era ferretero.

“Lo recuerdo como si fuera ahora”, largaba siempre mientras el calor irrompible de ese norte y de esa Santa Fe en la que veraneábamos entre sudores y felicidades imponía que el resto de la humanidad se permitiera una siesta. “Lo recuerdo como si fuera ahora -repetía- porque estábamos en Manhattan y en Manhattan la gente sabe mucho de blues. No importaba que no supieran mucho de otras cuestiones. Sabían de blues y, luego de escucharme con un silencio que también recuerdo como si fuera ahora, me aplaudieron, me aplaudieron y me aplaudieron. Todos me aplaudieron, incluído B.B. King, blusero como ninguno, que estaba acodado medio de incógnito en un costado del salón”.

Nosotros no teníamos la menor idea de quién era B.B. King porque en ninguna infancia ni B.B. King puede ser más rey de nada que un abuelo. Sin embargo, oíamos fascinados cómo retumbaba la garganta gruesa del Abuelo Isaac -”los bluseros somos personas de garganta gruesa”, nos detallaba- en el momento de explicarnos por qué El Blues de la Primera Fecha despabilaba aplausos, aplausos y aplausos lejos del norte santafesino. “Es que mi blues cuenta la vida”, sintetizaba. Y así era o así nos parecía que era.

El Blues de la Primera Fecha desplegaba la historia de un hincha de Boca y de un hincha de River. El de Boca le confesaba al de River que había viajado del abismo al éxtasis y del éxtasis al abismo en el curso del domingo en el que, por la primera fecha del Nacional del 72, River le ganó a Boca 5 a 4 en el estadio de Vélez después de estar 2 a 0 en ventaja, 4 a 2 abajo y, finalmente, 5 a 4 arriba. El de River, a su vez, le confidenciaba que había ido de abismo en abismo, sin ocasión de fugaces éxtasis intermedios, en el 5 a 2 con el que Boca goleó a River en la primera fecha del Metropolitano de 1974, con cuatro -cuatro: uno, dos, tres, cuatro- goles de García Cambón. Después de compartir esas desdichas, se revelaban que lo mejor de una primera fecha era que eso implicaba que luego habría una segunda fecha, o sea que la existencia continuaría a la existencia, o sea que a la derrota la sobrevendría algo que quizás no fuera derrota, y cada uno lloraba sobre el hombro del otro.

“B.B. King y los demás se dieron cuenta enseguida”, nos enfatizaba, en las cien tardes, el Abuelo Isaac. A veces le preguntábamos de qué se daban cuenta enseguida, aunque dominábamos de memoria la respuesta. “De que mi blues cuenta la vida”, reiteraba. Y miraba hacia el sol incandescente de los veranos como si ese sol también se tuviera que enterar.

Lo mejor de ser pibe y no sólo de ser pibe es ejercer la curiosidad. Y mis primos, mi hermana y yo desparramábamos curiosidades sobre El Blues de la Primera Fecha. Una de las mayores emociones se nos vino encima cuando le consultamos al Abuelo Isaac por qué El Blues de la Primera Fecha nunca tronaba en la radio o por qué ni uno de nuestros amigos canturreaba al menos dos sílabas del tema. Contra cualquier prejuicio, al Abuelo Isaac esos interrogantes no lo desanimaban sino que lo hacían subir aún más en la escalera de su orgullo. “El Blues de la Primera Fecha impactó muy rápido -afirmaba- y, entonces, la historia de esos dos hombres se transformó en la historia de más personas. Siempre ocurre con las buenas canciones: cuando llegan al corazón, el compositor original es lo de menos y el público, que hasta modifica esas canciones, se convierte en el verdadero dueño”.

El Abuelo Isaac no era un individuo que esquivaba fundamentos. Por lo tanto, nos pormenorizó cómo un hincha de Huracán había tomado El Blues de la Primera Fecha para ponerlo a disposición de la mejor primera fecha de sus días, que fue la del Metropolitano de 1973, cuando el Huracán de Menotti le metió seis goles a Argentinos Juniors y sólo a los que se vendaban los ojos para el fútbol se les escapó que ahí nacía un campeón. Nos hubiera resultado argumento suficiente, pero el Abuelo Isaac agregó que, en esa adaptación de El Blues de la Primera Fecha, aquel hincha de Huracán intercambiaba sensaciones sobre los horizontes que abre una primera fecha con uno de Argentinos Juniors, que también ascendía del suelo al cielo por la reivindicación que representó el 8 a 0 con el que su equipo apabulló en la primera fecha del Nacional del 85 a Central Norte de Salta, con cinco -cinco: uno, dos, tres, cuatro, cinco- goles de Pedrito Pasculli, en otro nacimiento de un campeón. El cierre era idéntico: cada uno terminaba llorando sobre el hombro del otro.

“Nunca me interesó pedirle derechos de autor a nadie”, aseguraba el Abuelo Isaac, con la misma certeza con la que clasificaba subespecies de bulones, tornillos de veinte anchos y clavos al por mayor. Fue en el desarrollo de esa labor experta que, en una tarde particularmente calurosa, necesitó ofrendarnos algo más sobre eso que nos llamaba la atención y nos musitó su hipótesis más profunda sobre El Blues de la Primera Fecha. Imposible olvidarlo: se sinceró como si presintiera que el futuro, ese adversario que iba a mandar al embudo del olvido casi todo su tránsito por la Tierra, le regalara una oportunidad de perpetuarse en alguna víscera de sus nietos. Y dijo:

-La primera fecha tiene que ver con la esperanza. Y la esperanza no es una palabra: la esperanza es la esperanza. A los que no quieren que tengamos esperanzas les jode que unos cuantos nos empecinemos en fabricar primeras fechas para empezar de nuevo, para saber que pueden quitarnos mucho o poco, pero no nos pueden dejar sin la esperanza.

Mis primos, mi hermana y yo nos quedamos mudos. Más sudorosos por lo que acabábamos de recibir que por el calor. Es probable que el Abuelo Isaac lo percibiera porque muy rápido sumó otro dato que nos cambió el clima: “En realidad, puede ser que B.B. King y los que aplaudieron, aplaudieron y aplaudieron en aquella noche de Manhattan no volvieran a buscar El Blues de la Primera Fecha porque leyeron mi biografía. ¿Y qué dice mi biografía? Que soy ferretero. Por ahí interpretaron que ferretero significa metalero. Y ellos metaleros no son: son bluseros. Ahí está: por eso no me buscaron más... Los bluseros son así”.

Me moví entre la nostalgia y la risa con ese recuerdo durante la tarde de calor en la que el Abuelo Isaac se murió. Aquella vez perseguí a bluseros que conocieran la partitura de El Blues de la Primera Fecha para despedirlo como correspondía. Fue en vano. No había registro ni siquiera de un compás.

A pesar de esa frustración, nunca dejé de prestarle mi oído al blues. Tanto es así que sonaba blues desde mi auto, hace unos poquitos días, en una tarde no de calor en la que avanzaba por un ruta ignorada de algún rincón de Argentina y decidí frenar en un boliche desangelado.

“B.B. King”, gritó alguien que no andaba ante mi vista y yo, medio obsesivo, quise corregirlo y avisarle que el que cantaba y tocaba era John Lee Hooker, otro crack.

Cuando giré la cabeza para detectar de dónde salía esa voz, me topé con un gordo grandote, de bigotes mínimos y simpatía inmediata. “¿Qué le traigo, señor?”, me consultó.

“B.B. King”, le gritó, de nuevo, una dama casi tan ancha como él que no había reparado en mi presencia. Me quedé mudo, igual de mudo que esa vez en la que el Abuelo Isaac nos entregó su sinceridad más alta en una tarde de calor santafesino, pero ahora de cara a ese hombre que, de puro gentil, me aclaraba: “Acá me llaman B.B. King, dicen que me parezco a un músico”. Mudo como estaba, no pude replicarle nada mientras él se esmeraba:

-Pida tranquilo. Tenemos buenos precios. La cosa está difícil en este país, pero ahora, por lo menos, vuelve el fútbol. Se nos viene la primera fecha y, diga la verdad, quién nos quita la esperanza.

Miré a la distancia el nombre del boliche con la conmoción de los que encuentran una llave que sirve para abrir las puertas del paraíso.

Desde luego: Manhattan.