Abogada vs. Matemático

La que sigue es una historia que pretende poner en evidencia lo que llamamos “sentido común”. El ejemplo es obviamente ficticio pero creo que vale la pena enfatizarlo. De todas formas, así como lo voy a plantear termina siendo gracioso, aunque nos exhibe (a los matemáticos) con algunas deficiencias en nuestra capacidad para juzgar. Aún así y antes de sacar alguna conclusión, le propongo que no solo lea el texto, sino que, si tiene un instante, lo dedique a reflexionar para saber cuál es su segunda reacción, no necesariamente la primera. Acá voy.

Un señor invita a su oficina a dos graduados universitarios: una abogada y un matemático. Les dice que les presentará un par de problemas y que quiere escucharlos razonar para ver cómo hilvanan sus pensamientos teniendo en cuenta las diferentes procedencias y áreas de interés. Ambos acceden.

Encima de una mesa les ofrece estos elementos que revisa junto con ellos:

a) un calentador
b) una pava con agua
c) una caja de fósforos
d) una taza
e) un “saquito” de té
f) una cucharita

Una vez que se pusieron de acuerdo, el señor está en condiciones de plantearles el primer problema. Les advierte que ambos podrán escuchar la respuesta del otro, pero el matemático, por una cuestión de cortesía, le cede el lugar a su compañera para que sea ella quien tenga la primera oportunidad de contestar.

Cuando todo está aclarado, el señor les dice que espera de ellos respuestas tan detalladas como les sea posible... y les pregunta:  

“Con los elementos que están arriba de la mesa, ¿cómo haría usted para obtener un té?”

Los dos se miran un tanto sorprendidos porque suponían otro tipo de dificultad. De todas formas, la abogada se acomoda en la silla y contesta:

“Primero, pongo la pava con agua arriba del calentador. Saco un fósforo de la caja. Lo enciendo. Abro la llave de gas que tiene el calentador. Cuando confirmo que efectivamente está saliendo gas, acerco el fósforo hasta que aparece el fuego. Mientras espero que hierva el agua, ubico el ‘saquito de té’ adentro de la taza. Cuando estoy segura de que el agua ya hirvió, vierto una parte dentro de la taza. Revuelvo con la cucharita que usted nos ofreció... ¡y tengo el té!”

El matemático no sabe bien qué decir o, por lo menos, no sabe bien qué otro detalle podría agregar. Sin embargo, mira a su interlocutor y como confundido, repite palabra por palabra lo que acaba de escuchar:

“Primero, pongo la pava con agua arriba del calentador. Saco un fósforo de la caja. Lo enciendo. Abro la llave de gas que tiene el calentador. Cuando confirmo que efectivamente está saliendo gas, acerco el fósforo hasta que aparece el fuego. Mientras espero que hierva el agua, ubico el ‘saquito de té’ adentro de la taza. Cuando estoy seguro de que el agua ya hirvió, vierto una parte dentro de la taza. Revuelvo con la cucharita que usted nos ofreció... ¡y tengo el té!”

Una vez más, esperan la próxima pregunta expectantes de que algo diferente tendrá que preguntarles. El señor que hacía preguntas, casi como si no hubiera advertido los gestos cómplices que ambos intercambiaban, sigue, impertérrito, y les dice:

“Bien. Segundo problema. Supongamos que arriba de la mesa están los mismos elementos que les ofrecí antes, pero con la diferencia de que ahora –y esto es muy importante– el agua ya está hervida. ¿Cómo obtendrían el té?”

Como ya advirtió que el tenor de las preguntas no cambiaría, la abogada dice:

“En ese caso, ubico el ‘saquito’ de té dentro de la taza, tomo la pava con el agua ya hervida, y vierto parte de ella dentro de la taza. Revuelvo con la cucharita igual que hice antes, y una vez más...¡tengo el té!”

El matemático los mira a los dos, y confiado contesta:

“No, yo no. Yo hago algo diferente. Yo espero a que el agua se enfríe... y después.... paso al caso anterior.”

Yo me imagino su cara y quizás no le falte razón. Sin embargo, permítame hacer una observación para que no quede(mos) en una posición que parece “ridícula”. Es que una vez que está resuelto el peor de los casos, en donde está todo por hacer, cualquier “mejora” será bienvenida pero nosotros ya no tenemos que pensar más. El caso que hemos resuelto originalmente, garantiza que podemos invertir el tiempo en pensar otro problema: este... ¡ya está!

No sabe cómo me gustaría estar en este momento junto a usted, escuchando sus reflexiones. Como no puedo, y posiblemente no haya nadie cerca suyo para defender la decisión del matemático, le sugiero que antes de ser lapidario con él, piense que en algún lugar... le asiste la razón. ¿No es interesante la vida así también?