En este mes se cumplirán cuatro años desde que el presidente chino, Xi Jinping, anunció la Nueva Ruta de la Seda, que suele denominarse OBOR en la bibliografía y los medios occidentales por su sigla en inglés One Belt, One Road. Fue en septiembre de 2013 cuando un Xi recién encumbrado a la cima del poder chino citó por primera vez su plan exterior más ambicioso durante una gira por Rusia, Kazajistán y Belarús. Si bien aún faltan muchas inversiones para ir pavimentando caminos y construyendo puertos, bastante se avanzó por ejemplo con vías ferroviarias por donde hay trenes que ya están intercambiando carga de todo tipo entre China y España, Alemania o Gran Bretaña. Ni lerdo ni perezoso, el que en enero de este año llegó a Londres procedente de Yiwu, provincia de Zhejiang, vecina a Shanghai, lo hizo apenas los británicos se habían despedido de la Unión Europea votando el Brexit. Y con resonancia maoísta, la formación se llamaba Viento del Este.

OBOR aggiorna la viaje Ruta de la Seda, que siglos atrás (sin tener ese nombre, inventado por un geógrafo alemán recién en el siglo XIX) conectaba a China con sus vecinos del Asia central para llevar y traer mercaderías entre muchos países de ese continente, Europa y África, partiendo desde Chang’an, hoy llamada Xi’an, una vieja capital imperial famosa, entre otras cosas, por su ejército de soldados de terracota. Si durante todos esos siglos camellos, hombres y carros transportaban seda china de confección secreta y también telas, té, marfiles, porcelanas, especias, etc., el actual proyecto llamado a reformatear el mundo económico global lo hace y hará con bienes y servicios en los cuales China busca tomar la delantera, sabiendo que su gran desafío para dar el salto a país desarrollado es profundizar la innovación en su aparato industrial, tecnológico y de plataformas de servicios. Innovación es un leitmotiv de todos los papers económicos chinos actuales.

OBOR son, en verdad, varios corredores terrestres y marítimos que harán resurgir el concepto de Eurasia como centro mundial, pero inclinado al Asia, e impactará geopolíticamente. Como casi todo lo que hace China, está bien planificado y con visión estratégica. Sin embargo, en este caso y a propósito no hay plazos ni costos específicos, aunque las cifras que se manejan son multimillonarias, porque la tarea no es sencilla ni depende únicamente de las ambiciones de Beijing.

Aun así, casi todos los analistas ven más que factible su avance. “Es un plan insumergible y tendrá éxito, más allá de las tensiones que genera por competencia o por resistencia a una subordinación a intereses chinos”, dijo por ejemplo la especialista Carola Ramón-Berjano, profesora en la Universidad del Salvador e integrante del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, quien ha recorrido Xi’an y estos días lo hace por Xinjiang, al extremo occidental chino.

Objetivos

Desde que el gigante asiático decidió volver a salir al mundo y expandirse sobre todo hacia Occidente, primero en su propio territorio, llevando la modernización de la costa al centro de su país, luego llegando hasta la mencionada provincia de Xinjiang y finalmente adentrándose en Asia central y llegando a Europa y África, lo hizo con varios objetivos. Al menos tres: 1) de integración económica, 2) de abastecimiento de recursos que necesita para satisfacer su desarrollo productivo y la subsistencia de sus casi 1400 millones de habitantes, y 3) de seguridad, sobre lo cual otro experto en el tema, Jorge Malena, suele recordar que China habla de “los tres males” que la retan: terrorismo, separatismo y extremismo religioso en partes fronterizas de su territorio y en países vecinos.

Otro objetivo no necesariamente explicitado es que avanzar por Occidente, si logra superar los escollos mencionados, le ofrece a los chinos una vía alternativa a la habitual salida al Pacífico y a sus rutas para el comercio mundial, esenciales por ejemplo en petróleo, minerales y alimentos, y también para sus exportaciones industriales. Esa zona está en disputa con Estados Unidos, que tiene asentada allí la mayor parte de su flota naval, y con algunos países vecinos aliados a la potencia norteamericana y con reclamos cruzados de soberanías en algunas islas y estrechos muy estratégicos. China ha ido reforzando por su parte la cuestión militar con anuncios de importantes novedades tecnológicas de defensa los últimos años.

OBOR atraviesa países poderosos, con sus propios intereses, entre ellos Rusia, hasta ahora cooperando con China, o India, que ha manifestado la mayor inquietud y con la cual hubo una reciente escalada de tensión militar en el pequeño territorio de Doklam, en la frontera que ambos comparten con Buthan.

Win win

Empujada por el éxito de su propio desarrollo económico que la llevó a secundar a Estados Unidos como país más poderoso en términos de PIB, y con metas muy ambiciosas y de muy posible alcance en cuanto a dar a su pueblo ingresos similares a los de países ricos de aquí a un par de décadas, China no puede evitar más ocultar su poder, pese a la constante prédica de sus autoridades en pos de una reemergencia pacífica y que no debería asustar, más bien con un discurso donde siempre la cooperación y el win win ocupan un lugar central. 

En cualquier caso, hay un mundo de diferencia entre la clásica postura del líder del proceso de reforma y apertura de los ‘70 y ‘80, Deng Xiaoping, en cuanto al camino silencioso del desarrollo y una política exterior prácticamente inexistente (también antes, con Mao Zedong, con un país cerrado y autárquico, y donde asimismo prevalecía la idea de “no interferencia” en asuntos de otros países que militaba el estratega primer ministro Zhou Enlai) y la diplomacia proactiva del actual líder Xi. China fue por milenios la mayor civilización mundial. Y está regresando. A Asia en primer lugar. Fue Xi quien usó frases no sólo como Sueño Chino (y el Sueño Asiático, bien descripto en un libro de reciente edición no traducido al español, de Tom Miller, China’s Asian Dream), sino “comunidad de destino compartido”, por Asia, o “la diplomacia como un gran poder”.

Junto con la Nueva Ruta de la Seda, China lanzó un Fondo multimillonario para ese proyecto, también el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII) y la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por su sigla en inglés, que caída la iniciativa TPP que impulsaba Estados Unidos y dejaba afuera a Beijing, cobra nuevos bríos en liderazgo mundial sobre el comercio global). Es además el principal socio externo de la ASEAN (las naciones del sudeste asiático) y de la Organización de Cooperación de Shanghai, así como miembro clave de APEC (el Foro de desarrollo económico del Asia Pacífico). 

Liderazgo

China sigue marcando el pulso a la economía global. Incluso su menor tasa de crecimiento relativo de estos años, dos a tres puntos menos que el 9 o 10 por ciento promedio de las décadas anteriores, agrega mucho más valor absoluto en producción y capital que antes, dado el crecimiento del PIB chino, que con más de 11 billones de dólares suma la mitad de todo el del resto de Asia.

El liderazgo chino asumió finalmente el status que le corresponde y salió a jugar al mundo. Busca e invierte muchos recursos en ganar confianza y mostrar buenas intenciones frente a los temores de sino-centrismo de sus vecinos asiáticos en primer lugar. Y OBOR, con sus obras de infraestructura para conectividad, es su principal herramienta.

El presidente Xi, dentro de dos meses, buscará legitimar y profundizar su poder interno en el XIX Congreso del Partido Comunista chino, y revalidar su política exterior, la de mayor activismo desde que Mao proclamó la República Popular el primero de octubre de 1949. Se cree que pese a disputas internas con otros sectores, como la Liga de la Juventud, a la que estaba vinculada su antecesor Hu Jintao, o la camarilla de Shanghai, del también ex presidente Jiang Zemin, Xi prevalecerá. Muy popular, nacionalista, llevando a fondo una campaña anticorrupción y de reformas en el Estado y sus empresas, ocupando muchos cargos en forma simultánea, los analistas de la política doméstica china adelantan un fortalecimiento de su estrategia interna y externa.

¿Puede América Latina aprovechar la Nueva Ruta de la Seda?

Aunque hay otros sueños a más largo plazo (un tren bioceánico que pase por el estrecho de Bering y conecte Asia con América, otro canal en Centroamérica, o corredores viales o ferroviarios del Atlántico al Pacífico que luego articulen con puertos al Asia, todas ambiciones en las cuales China está involucrada), el proceso hoy se ve distante sobre todo por la interrupción de los propios procesos integracionistas que habían empezado a encarar, aun con sus déficit e inconsistencias, muchos gobiernos latinoamericanos desalojados del poder en los últimos años. Varios países de la región, entre ellos la Argentina, pidieron sumarse al BAII y Brasil, aun con su gobierno ilegítimo y su profunda crisis a cuesta, sigue siendo parte del BRICS. China y la CELAC tienen además un mecanismo de diálogo. Pero la conectividad con la Eurasia repotenciada es todavía difícil de imaginar.

Por otro lado, varios de los países que recibirán las inversiones de la Nueva Ruta de la Seda compiten con América latina en materia de suministro a China de energía, minerales y alimentos, es decir los principales insumos por los cuales China ha estado y sigue estando interesada en nuestra región.