TRABAJO
Que sepa coser, que sepa bordar
La Escuela de Capacitación para el Servicio Doméstico brinda un Curso de Limpieza Superior que el Ministerio de Trabajo ayudó a difundir a raíz de una campaña que generó repudio en las redes sociales. Sin embargo, el tema de los cuidados y de en quiénes recae el círculo de las tareas domésticas –siempre precarizadas y siempre en manos de mujeres– es un asunto más complejo y fundamental para pensar en la agenda feminista.

El video se puede rastrear en las redes sociales del Ministerio de Trabajo. Un testimonio en primera persona: Andrea, 39 años, desempleada, está haciendo el curso de limpieza. Se alterna con otros planos de mujeres tomando apuntes o doblando toallas. No se aclara en qué consiste el Curso de Limpieza Superior (¿hay una limpieza inferior?). Cuenta que quiere capacitarse para obtener un empleo en blanco. El video de apenas 30 segundos se viralizó. Hay un contexto: desempleo que trepa, pérdida del poder de compra de los salarios, caída del consumo de leche y una deuda para que la paguen los tataranietos. La precarización de la vida golpea siempre con más intensidad los cuerpos de las mujeres. El video desata una catarata de comentarios. Una indignada manda a la pequeña Antonia Macri a aprender a lavar platos. Otro argumenta que el Estado debería capacitar a la gente para hacer lo que le gusta, perseguir una “vocación más elevada que limpiar”. Alguien toca un punto neurálgico: dice que son los sectores que requieren servicio doméstico los que deberían capacitar a su personal, no el Estado. Otro ironiza: que si hay vacantes en el curso para lxs despedidxs de PepsiCo. Otrxs dicen que es totalmente lógico que hoy más que nunca el Estado enseñe obediencia, resignación y valor para trapear la mugre ajena. 

Pero estos cursos no son producto del macrismo, se dan en la Escuela de Capacitación para el Servicio Doméstico, que existe desde 2006 y funciona en el marco del sindicato (la Unión del personal auxiliar de casas particulares). También hay un contexto dentro del contexto: Andrea, en el video, habla de trabajo registrado, ya que desde 2013 rige la ley 26.844, que equipara en derechos la labor del servicio doméstico a la de trabajadores de otros gremios. 

La duda que repiquetea es si enseñar a limpiar favorece o disminuye las desigualdades de género y de clase, si encierra a las mujeres en ocupaciones precarias y mal pagas en las que ya son mayoría. Y esa pregunta se vuelve aún más difícil de responder si nadie aclara qué se enseña en el curso de limpieza superior. Algo que desde el Ministerio no responden. Pero sí responde una voz del sindicato, Marta Roncoroni, directora de la Escuela de Capacitación para el Servicio Doméstico: “Se enseña la importancia de que no seas una NN, sino una trabajadora con una ley que te protege. Es muy fácil subestimar desde afuera a quienes vienen acá a aprender. Es un trabajo estigmatizado incluso por parte de las mismas personas que lo realizan y eso también se aprende”. Según explica Roncoroni, en los cursos se debate la desvalorización y el carácter sexuado del trabajo doméstico: “Se cuestiona la división sexual del trabajo y la naturalización de los roles. No sólo se ven cuestiones para la limpieza en casa de familia, sino también higiene en hospitales, hotelería, costura. Se enseñan derechos laborales y a negociar mejores condiciones con los empleadores. Vienen hombres y mujeres, en algunos cursos tenemos más hombres que mujeres. En la escuela hay otros cursos, de informática, jardinería, mantenimiento, cocina, con certificado de alcance nacional y gratuitos. Algunos se acercan por el curso de limpieza, como una puerta de entrada, y después hacen otros cursos. También ofrecemos la posibilidad de terminar la primaria y la secundaria”. 

Tomar una posición frente al video en el que Andrea dice que se quiere profesionalizar para conseguir empleo en blanco no parece tan simple a medida que se desgrana todo lo que hay detrás del trabajo doméstico, sin duda, un dilema con sombra clasista irresuelto para el feminismo. Para que las mujeres de los sectores medios se integren al mercado laboral necesitan apoyarse en una cadena de cuidados que recae sobre las mujeres de los sectores populares, que a su vez deben dejar a sus hijxs en manos de eslabones todavía más débiles de esa cadena. Todo empieza y termina en las mujeres.  

“Abordar el trabajo doméstico en profundidad implica poner en cuestión cierta mirada progre, bienpensante” dice Débora Gorban (Doctora en Ciencias Sociales -CONICET/UNGS, especialista en género y trabajo), “por eso el comentario más automático frente a estos cursos puede ser ‘mirá, las estigmatizan’. Eso puede ser verdad, pero tal vez sea más interesante comprender los mundos de sentido de las mujeres que van al curso, que puede ser un lugar desde donde construir posicionamientos positivos, negociar reconocimientos. Hay dos planos: se puede denunciar que estos cursos contribuyen a que a las mujeres de determinados orígenes socioeconómicos se las siga colocando en determinadas ocupaciones. Pero también es interesante ver qué buscan ellas en esas capacitaciones. No hay una pasividad absoluta. Puede ser que estén pensando: hago este curso porque me va a servir para negociar mejor la contratación con mi empleadora. Podés ir a ganar experiencia, pero también ahí circulan saberes entre compañeras y posibilidades de acercarte al sindicato, por ejemplo.” En los últimos años, según relata Gorban, ha habido una mayor visibilidad de los sindicatos que agrupan a estxs trabajadorxs. La Organización Internacional del Trabajo dictó la resolución 181, relativa al trabajo decente, en la que se insta a los países a regularizar o darle un estatuto con protecciones mínimas al trabajo doméstico remunerado. Desde 2013 en Argentina hay una ley que otorga licencias por maternidad, enfermedad, indemnización completa, “derechos que antes no estaban reconocidos para este sector. Si bien la ley no es perfecta, cambia el estatuto legal del trabajo doméstico”. 

Concluido el video brotan más dudas que certezas, en parte tal vez porque, como  sugiere Gorban, este tema para el feminismo continúa siendo un terreno espinoso: “es un asunto incómodo y complejo porque implica reflexionar sobre nosotras mismas, a veces en el lugar de empleadoras. Un asunto que interpela desigualdades de clase en las que una tal vez sin desearlo también participa”.